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Incendio en una sombrerería

Tener una sombrerería en Las Palmas en los años 20 del siglo pasado debió ser un excelente negocio, a tenor de las fotografías antiguas en las que la gran mayoría de caballeros, por no decir todos, aparecen con la cabeza cubierta con un sombrero. Aunque si queremos datos, podemos consultar las cifras recogidas en el Anuario General de las Islas Canarias de 1927.

El anuario revela que en 1925 se importaron 26.495 sombreros, y durante los primeros seis meses de 1926, 14.004 unidades. Unas cifras nada despreciables si tenemos en cuenta que en 1927 la ciudad de Las Palmas contaba con tan solo siete sombrererías. Cinco de ellas en la orilla norte del Guiniguada.

En ese lado estaba la de Juan Cabrera Moreno, en la calle San Pedro, 2. La de Antonio Medina, en Triana, 49. Cerca, en Triana 55, se encontraba la de Juan J. Dos Santos, compitiendo con la de Prudencio García Pérez, en el número 82 de la misma calle, y con la de Juan Sánchez de la Coba.

En la orilla opuesta estaba la sexta, concretamente en la calle Pelota número 7, allí vendía toda clase de sombreros Juan Hernández Padrón. Y en el puerto, alejada del resto, encontramos la única sombrerería en este extremo de la ciudad, ubicada en el 164 de la calle Albareda y regentada por Bonifacio Cabrera Pérez.

Ubicadas todas las sombrererías, volvamos a las cifras y hagamos números para ver cuan rentable eran estos negocios. Partiendo de los datos recogidos en el anuario, basta dividir el número de sombreros vendidos en 1925 entre los siete comercios. El resultado indica que cada sombrerería vendió ese año 3.785 sombreros importados, o lo que es lo mismo, unos 11 sombreros al día. Y eso que no estamos teniendo en consideración las ventas de sombreros confeccionados aquí, por carecer de datos. Una lástima que el anuario no recoja las cifras de sombreros fabricados en Las Palmas.

Porque en Las Palmas se fabricaban sombreros. Cómo si no se iba a prender fuego la sombrerería de don Bonifacio, la única sombrerería en el puerto.

El lunes, 17 de octubre de 1927, no debería haber abierto. O no debió confiarle la plancha eléctrica al aprendiz, que la olvidó sobre un sombrero de fieltro. El descuido devino en un espeso humo que no tardó en oscurecer la calle, y cuando el servicio de bomberos hizo acto de presencia ya era demasiado tarde. El fuego se propagó al material almacenado, y pronto ardió el techo de riga y de tea. Poco pudieron hacer los bomberos, que vieron cómo las llamas devoraban el edificio de planta baja. Multitud de curiosos se acercaron al lugar del incendio, y el servicio del tranvía, que pasaba justo delante del establecimiento, fue interrumpido.

Por suerte, la sombrerería y su contenido estaban asegurados en la Compañía inglesa The Liverpool London Globe Insurance, representada por los señores Elder Dempster, con una póliza que ascendía a 76.000 pesetas.

Don Bonifacio cobró la indemnización y supongo que como el ave fénix, resurgió de sus cenizas, lo que más me intriga de esta historia es saber qué ocurrió con el aprendiz, tras ese pequeño despiste ¿lo volverían a contratar en otra sombrerería? Permítanme que lo dude.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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