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Triana en 1892

00000292_0001.jpgViajar al pasado y deambular por la calle Mayor de Triana de finales del siglo XIX es posible. Basta con escudriñar la serie de fotografías que tomó el fotógrafo palmero Miguel Brito Rodríguez para dejarse llevar y retroceder en el tiempo. La serie se encuentra disponible, para deleite de curiosos e investigadores, en el valioso Fondo de Fotografía Histórica de la Fedac.
La luz que Brito atrapó en su cámara oscura hace más de un siglo deslumbra hoy en nuestras pantallas, y nos ofrece un pintoresco recorrido por los establecimientos de una Triana que vista a través del ojo del fotógrafo se torna desconocida.
Comenzamos el itinerario y aparece ante nosotros la sombrerería de Batista; el escaparate de la óptica-relojería Al Cronómetro; la ferretería de Schamann. Entre otros. Pero ahí no queda todo. ¿Imaginan poder atravesar el umbral de alguno de esos comercios y ver cómo eran por dentro? Se puede. Porque Brito desafió a su cámara inmortalizando algunos de los interiores, en un momento en el que la ciudad de Las Palmas aún no contaba con electricidad y los locales se iluminaban con la trémula llama de una lámpara de petróleo. Gracias a ese dominio de la técnica fotográfica podemos ir un paso más allá y ver los mostradores; los carteles publicitarios; las mercancías en el interior de las vitrinas.
Es en los vidrios de esas vitrinas donde quedaron atrapados ad eternum algunos de los protagonistas del comercio de aquella época. Hoy unos perfectos desconocidos. Los más desafortunados hacen acto de presencia como sombras espectrales, víctimas de las largas exposiciones, en los reflejos de los cristales. Otros, con más suerte, posan como pálidas apariciones que nos miran fijamente a través de esa fisura en tono sepia que Brito abrió a través de su lente. Pálidos por el destello del polvo explosivo del flash. Serios por la importancia del momento, conocedores de que iban a pasar a la posteridad.
La Fedac no especifica la fecha en la que Brito realizó las fotografías. Sí las ubica entre 1890 y 1895. Pero si analizamos algunas de las imágenes a través de una lente de aumento podremos precisar el momento en el que la cámara de Brito recorrió nuestra querida Triana. La respuesta se haya en los almanaques que aparecen colgados en las paredes de algunas de las tiendas. En la imagen titulada “Comestibles” hay un calendario de una marca de chocolates que indica que es 2 de mayo. En la del interior de la sombrerería de Batista aparece un precioso calendario en el que puede leerse 3 de mayo. Hasta aquí bien, pero ¿y el año? La clave la encontramos en la fotografía titulada “La oficina”, en ella hay un calendario que corresponde al mes de mayo, y el día 1 cae en domingo. Pues bien, esta combinación solamente se da en dos ocasiones en la década de 1890: una en 1892, y otra en 1898. Por tanto, teniendo en cuenta la horquilla establecida por la Fedac y los datos que arrojan las propias imágenes, me inclino a pensar que Brito visitó Las Palmas a comienzos de mayo de 1892.
Pero, ¿por qué vino Brito a Las Palmas en ese periodo? ¿Fue una fecha elegida al azar? Yo creo que no. Resulta que en ese año de 1892 se celebró en Las Palmas, entre el 28 de abril y el 8 de mayo, la Fiesta de las Flores. La ciudad se llenó de pabellones en los que se mostraron las virtudes de cada municipio: plantas, frutos, animales, aves, productos agrícolas, industriales y artísticos. Una fiesta que quedó inmortalizada en otra interesantísima serie de fotografías realizada por el fotógrafo Luis Ojeda Pérez (disponible también en la web de la Fedac). De él es la estampa que encabeza este artículo. Parece que Brito estuvo en Las Palmas esos días, y retrató las fachadas e interiores de los comercios de Triana, evitando así pisar la tupida tela de la cámara de cajón de su colega grancanario, que se movía de pabellón en pabellón inmortalizando aquel evento tan importante para la isla de Gran Canaria.
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La chimenea Swanston

swanston.jpgAgosto. Una tarde cualquiera. El sol luce radiante y hace un calor insoportable. La línea 1 me ha traído hasta el barrio de Arenales, y ahora camino por la calle Aguadulce siguiendo el sinuoso y estrecho sendero que me marca la sombra. Me dirijo a un local situado a un par de calles con la intención de visitar a una amiga, que como yo, tiene alma de brocante. Hace tiempo que no la veo y quiero curiosear las novedades que ha añadido a su particular gabinete de antigüedades.
Entonces me percato de la presencia del gigante, y cambio de acera. Detengo mis pasos un poco más adelante, frente al colegio, y uso mi mano a modo de visera para observar al monstruo. Ya lo había visto en otras ocasiones, pero nunca desde este ángulo. Se trata de una chimenea de ladrillo rojo a la que todo el mundo conoce como chimenea Swanston. Desde aquí solo es posible verla parcialmente ya que ha quedado atrapada en el interior de una manzana de casas. Mientras la miro detenidamente aparece un hombre en bicicleta que se para frente a la puerta metálica del patio del colegio. Va a entrar. Sin pensarlo dos veces me acerco y le pregunto por la chimenea. El hombre sonríe. Me invita a pasar y a verla de cerca. Mientras caminamos hacia ella me cuenta que a su alrededor crece un huerto urbano. Yo no tenía ni idea. Deja la bicicleta junto a una valla y nos adentramos en el cercado.
Desde aquí puede verse la construcción en todo su esplendor. Tiene unas dimensiones impresionantes: 37,5 metros de altura y 2 metros y ochenta centímetros de diámetro en su base, que se reducen en lo alto hasta el metro sesenta. Fue construida por el arquitecto Fernando Navarro en el año 1900, y formaba parte de una factoría que pertenecía a la antigua Sociedad Canaria de Molinería y Panificación. Más tarde fue una fundición mecánica. Luego, en 1962, pasó a ser la fábrica de jabones “Dos Llaves”, fundada por Manuel Quevedo Alemán, y que funcionó a pleno rendimiento hasta 1980, año en el que se destruyó el complejo.
El hecho de que se llame “Swanston” es un error que por alguna razón se consolidó con el tiempo, porque no existe vínculo alguno que relacione esta fábrica con los Swanston que construyeron el puerto. Probablemente sea por asociar la fábrica de jabón con el conocido jabón fabricado por esta familia inglesa y que toda la ciudad conocía como jabón “suasto”.
IMG_1973 copia.jpgJose Luis, que así se llama mi cicerone, me enseña todo lo que tienen cultivado. Él es un agricultor a tiempo parcial, yo un urbanita a tiempo completo, y aunque me suena a chino todo lo que me cuenta del compost y las lombrices, le presto toda mi atención porque es algo que siempre ha llamado mi atención. Me dice que trabajar en ese pedacito de terreno es volver a nuestras raíces, es poner los pies en la tierra. Cuánta razón. Claro que no es el único que trabaja en ella. Forma parte de un heterogéneo grupo. Mientras me muestra todo lo que tienen plantado parece que la chimenea me observa desde lo alto. Soy un extraño que ha invadido sus dominios y que de repente planea escribir sobre ella. Yo no puedo evitar mirarla de vez en cuando, mientras a mi alrededor crecen tomates, higos, aguacates, frutas tropicales, plantas medicinales… siempre con el beneplácito de ese gigante, que languidece olvidado entre los edificios del barrio como el último testimonio del pasado industrial de Las Palmas de Gran Canaria.
Antes de irme le pido a Jose Luis que me deje tomar algunas fotografías. El amable agricultor desaparece unos instantes y regresa con un obsequio: un manojo de hierbabuena recién cortado y que huele de maravilla. Le doy las gracias y me acompaña hasta la puerta. Dejo atrás la tapia del colegio y mis pensamientos fluyen por el interior de la chimenea. Ya he olvidado a dónde iba… ¡ah sí! a ver a mi amiga, la que tiene alma de brocante. Continúo calle arriba y cuando llego a su local le digo:”Mira lo que te traje”. Ella sonríe, ¡Un ramillete de hierbabuena!

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La flor Isleña

cumbre01.jpgEntre los libros que componen mi biblioteca hay dos que llaman la atención por su pequeño formato. Están encuadernados en piel, y tienen los lomos nervados. Para que el lector se haga una idea de su tamaño, piense en un cromo de cuatro centímetros por seis de alto, porque eso es lo que contienen: una colección de 84 cromos coleccionables de Banderas, editada en los años cincuenta y que venían como obsequio en el interior de las cajetillas de cigarrillos CUMBRE. Estas cigarettes cards fueron muy populares a mediados del siglo XX y abarcaron temas de lo más variopinto: Actores, actrices, atletas, aeroplanos, automóviles, fauna, flora, etc… Alguien completó la colección y mandó a encuadernarla. A costa de su salud, supongo.
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Pero dejemos a un lado las suposiciones y todo lo que el humo del tabaco conlleva y centrémonos en la marca: CUMBRE, ¿no le dice nada? Si vive en Las Palmas de Gran Canaria seguro que ha paseado más de una vez bajo la sombra del precioso edificio donde estuvo esta antigua fábrica de tabacos. Se encuentra situado en la calle Luis Antúnez, esquina Pi y Margall, en el barrio de Alcaravaneras. Este inmueble, o lo que queda de él, es uno de los más relevantes del patrimonio industrial de Las Palmas. Los más mayores sin duda lo conocerán. Yo reparé en él hace tan solo unos años.
cumbre02.jpgCuando llamó mi atención, el edificio ya había sido derribado en su mayor parte para construir aparcamientos y locales. Una lástima. Tan solo quedó en pie la preciosa fachada, diseñada por el arquitecto racionalista Miguel Martín Fernández de la Torre en 1922, y las dependecias donde estuvieron los despachos y oficinas de la tabaquera. Admiren las vidrieras. Son una maravilla.
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Santiago Gutiérrez Martín fue un importante tabaquero grancanario, pionero de esta industria en la isla de Gran Canaria. En 1905 abrió una pequeña fábrica de cigarros que llamó La flor Isleña. Los primeros años fueron difíciles, pero gracias a su esfuerzo logró exportar sus productos a Sudamérica, con gran aceptación en países como Uruguay y Argentina. Pronto modernizó y mecanizó su fábrica para poder hacer frente a la demanda. En 1922, Santiago Gutiérrez levantó este edificio que contaba con una superficie de 1.269 metros cuadrados. En Arenales, una de las zonas de expansión de la ciudad. Contaba con un patio central cubierto y dos alturas. En 1937 decide bajar la producción de cigarros puros y centra la producción en la fabricación de cigarrillos, para lo cual crea la marca Cumbre.
recorte caja.jpgEs fácil imaginar el ajetreo en esas estancias de la primera planta, ahora mudas y vacías. El que escribe ha tenido acceso al edificio. Lo único que queda es la invulnerable caja de caudales, que según delata el dial, fue fabricada en Barcelona. También sobreviven los pisos hidráulicos. Poco más.
Siempre podremos cerrar los ojos y recurrir a la imaginación. Entonces podremos ver los escritorios de caoba, las máquina de escribir, los tinteros, los archivadores, los enormes libros de contabilidad y el perchero junto a la escalera para los abrigos y sombreros de los empleados. Oiremos el ajetreo que viene de la fábrica, en la planta de abajo. Notaremos el tacto suave y cálido de la brillante barandilla de madera, mientras descendemos la escalera. Y nos embriagaremos con el aromático olor de la hoja de tabaco, que lo impregna todo. Una bonita forma de engañar a nuestros sentidos, para recordar lo que fue La Flor Isleña.