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Un café con vistas

notas.jpgEscribo desde una pequeña y encantadora cafetería. Hace esquina entre Juan de Quesada y Obispo Codina. Dos de mis calles favoritas. La primera por sus mansiones y jardines; la segunda por su prestancia y sus elegantes edificios. El local tiene apenas cuatro mesas, y hay una muy concurrida que es mi preferida. Hoy tuve suerte y la encontré vacía. La razón de que sea siempre la elegida por los clientes está al otro lado de la ventana; porque este lugar es una excelente atalaya donde sentarse a disfrutar de un buen café acompañado de una rosquilla, y contemplar lo que hay al otro lado del cristal. La escena, a mis ojos, representa una preciosa estampa donde en primer plano encontramos una centenaria estatua de mármol de Carrara casi oculta bajo un Laurel de Indias. En la contemplación de la imagen recomiendo ignorar las modernidades, que no voy a enumerar porque saltan a la vista. Volviendo a la romántica estampa enmarcada en madera, descubrimos tres esculturas más lejanas, que como sabrán, en conjunto representan a las cuatro estaciones, y antes de la construcción de la carretera, custodiaban las esquinas de un puente que conectaba las dos orillas de Las Palmas. Adornan la escena los curiosos tejados verdes de los quioscos de la Plaza Hurtado de Mendoza, y contemplando la ciudad desde el cielo, un par de miradores. Mientras dejo secar la tinta de mi pluma sobre el cuaderno, disfruto del café y de la rosquilla recién hecha y me viene a la mente un recuerdo lejano, sobre el antiguo edificio que hay al otro lado. Me refiero a la casona de la calle Muro esquina a Fuente.

En 1981, cuando yo contaba tan solo cuatro años, salía de la mano de mi madre de una tienda de calzados ya desaparecida, situada en esta misma calle, para descubrir cómo las llamas devoraban la farmacia más antigua de la ciudad de Las Palmas.

Las llamas quedaron grabadas en mi retina, y recuerdo perfectamente como salían con virulencia por las ventanas, rebasando incluso la cornisa. El incendio obligó a desalojar la Librería Selecciones y la Horchatería Beltrá. En el momento de la catástrofe la farmacia pertenecía a don Castor Molina, pero las estanterías y tarros conservados en su interior procedían de la primera botica de Las Palmas, instalada en 1780, por Luis Vernetta. Todo el contenido y el continente desapareció para siempre, porque lo que hoy vemos es solo la cáscara de ese antiguo caserón que ya aparecía inmortalizado en uno de los dibujos que realizó James J. Williams allá por la década de 1830.

Claro que todo esto lo averigüé más tarde. Cuando sucedió la catástrofe solo tenía cuatro años, cogía a mi madre de la mano… y mientras las llamas quedaban grabadas en mi retina, recuerdo a un señor mayor, con sombrero y bastón, que exclamó: ¡arde la botica!

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