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Un hombre y un pez

Aquella casa no era una casa, era lo que quedaba de una gigantesca ballena varada en la orilla sur del Guiniguada. Su osamenta lucía siniestra bajo el halo de la llama trémula de mi lámpara, dibujando a mi paso huidizas siluetas que buscaban refugio en los vanos vacíos de puertas y ventanas. Me sentí como Jonás en el vientre de la ballena, atrapado en las entrañas ruinosas de aquella misteriosa mansión abandonada. Un náufrago tragado por aquel enorme pez, encallado en el extremo sur del Guiniguada…

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