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	<description>Divulgar cuestiones relativas a la psicología</description>
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	<title>Psicología</title>
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		<title>Sobre el miedo… apuntes</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Oct 2023 14:51:29 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[&#160; Como nos lo recuerda el filósofo Bernat Castany Prado en su libro Una filosofía del miedo, se trata de un concepto ambivalente pues “designa tanto un sistema de conocimiento y motivación como su desarreglo generalizado”. El uno se refiere al miedo normal y el otro al miedo patológico o phobos (de donde viene la &#8230; <a href="https://blogs.canarias7.es/psicologia/2023/10/sobre-el-miedo-apuntes/" class="more-link">Continuar leyendo<span class="screen-reader-text"> "Sobre el miedo… apuntes"</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Como nos lo recuerda el filósofo Bernat Castany Prado en su libro <em>Una filosofía del miedo</em>, se trata de un concepto ambivalente pues “<em>designa tanto un sistema de conocimiento y motivación como su desarreglo generalizado</em>”. El uno se refiere al miedo normal y el otro al miedo patológico o phobos (de donde viene la palabra fobia). Resulta tan desagradable que queremos dejar de sentirlo de una vez por todas, al igual que el dolor o la tristeza, sin comprender que todas estas emociones y sensaciones constituyen un sistema de conocimiento, puesto que nos informa de un peligro o de un problema, así como de motivación porque nos mueve a solucionar y remediar aquello que nos perjudica.</p>
<p>No podemos eliminar todas estas emociones y sensaciones de nuestras vidas, como promulga la filosofía estoica y la teología cristiana, entre otras orientaciones, porque simplemente estaríamos poniendo en peligro nuestra vida y nuestra supervivencia. El miedo, al igual que el dolor y la tristeza, nos permite ubicar nuestras heridas y ponerles remedio, cambiando nuestra vida y nuestra sociedad ya que “<em>buena parte de nuestra tristeza, tiene un origen político</em>”.</p>
<p>Ahora bien, la desmesura en el miedo puede volverse tan intensa que no permite ni conocer ni motivarnos para poner remedio. El miedo exacerbado, en unos casos, nos hace descarrilar, impidiendo evaluar la situación y tomar decisiones adecuadas. En otros, a pesar de haber cumplido su función informativa, se resiste a transformarse en acción y bloquea, generando ansiedad, angustia, frustración, vergüenza o depresión. El miedo nos saca fisiológicamente de nuestra ventana de tolerancia, dando un cariz traumático a una situación. El miedo nos avisa también de peligros existenciales; es realmente un aviso de que “<em>nuestra vida ha adoptado una dirección equivocada que deberíamos abandonar</em>”. El miedo nos intenta alejar de ese “eterno retorno” de Nietzsche; no queremos repetir esquemas; queremos alejarnos de aquello que nos hace daño.</p>
<p>El miedo así mismo no solo nos informa de la situación, sino que nos informa sobre quienes somos, puesto que nos quita la máscara, dejando al desnudo la realidad. También nos informa sobre las personas de nuestro entorno, sobre la pasta de la cual están hechas</p>
<p>La clásica reacción ante el miedo suele ser la huida. Hay varias formas de concretarse dicha reacción entre las cuales se encuentra la sumisión, la autocensura, las adicciones, las compulsiones e incluso el suicidio.</p>
<p>El verdadero antídoto ante el miedo es el actuar. Además de la información que éste nos da, nos exhorta a emprender una acción. Y mientras no la hagamos, el miedo permanecerá. “<em>La acción es el único remedio contra el miedo</em>”. Cuando el miedo es excesivo, nos confunde y nos bloquea, entrando en el terreno patológico de las fobias, de la ansiedad, de la angustia y del pánico. Se convierte en irracional; no atiende a razones. Nos distrae distorsionando la percepción. Se apodera de nuestros sentidos y así las cosas se deforman; el miedo hace “<em>que las cosas no parezcan lo que son”.</em> Exageramos, nos imaginamos e incluso inventamos peligros y percepciones inexistentes, disminuyendo nuestras fuerzas, convenciéndonos de que no las tenemos. Nos impide ver las relaciones causales, los fenómenos se desconectan de sus verdaderas causas, y los asociamos a causas irreales. Además, el peligro se extiende (ansiedad generalizada) progresivamente a todas las demás esferas de la vida, estrechándola, haciéndola angosta (de ahí la angustia), convirtiendo la visión en un sentido maniqueo. La atención se deforma porque además de mirar y no mirar al mismo tiempo, se vuelve hipervigilante. Se vuelve tan angosta que el mundo exterior desaparece para, en forma de bucle melancólico, tornarse hacía sí, centrándose solo en lo negativo. Toda la atención y esfuerzo queda relegada a prevenir y protegerse de aquello que da miedo. Las amenazas aumentan mientras disminuye nuestras fuerzas.</p>
<p>Salir de esa angostura requiere así pues “<em>revertir la distorsión de los sentidos y recuperar el control de la atención</em>”. Y nada mejor para ello que la acción, que nos permite fijar la atención. La acción nos baja a tierra porque “<em>es una modalidad fundamental del conocimiento</em>”. La acción es como una verificación empírica de nuestros sentidos, de nuestras capacidades y realidades. A través de la acción nos conocemos y conocemos a las demás personas; conocemos la realidad. “<em>Saltar es un modo de medir la altura. Enfrentarse, la mejor técnica para calcular el impulso y la resistencia</em>”. Si no actuamos, el miedo toma el control. “<em>La acción, en cambio, nos pone en contacto directo con la realidad</em>”.</p>
<p>El temor nos sumerge en un mar de confusiones, en un “atropello mental” que no es sino otra forma de huida. Somos incapaces de razonar de manera clara y concluyente. Desaparece la lucidez para girar obsesivamente en torno a ideas y pensamientos encadenados de manera incoherente. Así se desarrollan los pensamientos obsesivos tan inútiles como inhabilitantes.</p>
<p>El miedo paraliza de tal manera que no hay nunca una buena razón para salir. Cuanto más se informan las personas sobre el objeto del miedo o el miedo mismo, mayor es la indecisión. La razón asustada gira sobre si misma; entra en bucle que se retroalimenta, desembocando en el pánico. Tras semejante esfuerzo, la persona cae en esa especie de nihilismo en el que todo vale; nada tiene ni sentido ni valor y entonces “<em>lo temo, luego existe</em>”. Ningún fundamento, ninguna razón; la persona con miedo renuncia a saber: “<em>se ha resignado a las razones del miedo que la razón prefiere no contemplar</em>”. Lo irracional, fantasea y especula arrinconando la subjetividad.</p>
<p>Por ello en el trabajo terapéutico con el miedo, a la acción debe acompañarle la razón, que, aunque no nace de ella, si se nutre de ella (o de su falla más bien).</p>
<p>Otra capacidad que se ve mermada es la memoria, “<em>sistema digestivo del conocimiento</em>”. En este sentido, debido al temor a que algo amenazante vuelva a suceder o se vuelva a repetir, la memoria se vuelve incapaz de descomponer las percepciones y los pensamientos para así poder generalizar y extraer patrones de comportamiento. Al mismo tiempo, tampoco puede olvidar “<em>aquellos componentes inútiles y tóxicos que podrían contaminar el espíritu. La melancolía es el reflujo del alma</em>”. El miedo hace que en la memoria permanezcan pensamientos ofuscados. Imposible olvidar, imposible procesar lo traumático, esa herida constantemente abierta sin cicatrizar. Paradójicamente, la memoria que no olvida ciertas cosas, olvida otras en una amnesia selectiva, obviando así aspectos que sí serían necesarios y que nos permitirían extraer conocimientos, patrones con los que actuar. Falso olvido o recuerdo reprimido en el inconsciente que habrá que hacerlo consciente y por lo tanto habrá que recordar, si queremos transformarlo. Porque en el caso del temor, la memoria no solo hace referencia al pasado sino al futuro: la profecía autorrealizadora. En este caso, el miedo hace actuar a la persona como si ya ha sucedido aquello que teme. Se anticipa al futuro en términos proféticos y adivinatorios. “<em>La memoria asustada establece asociaciones extrañas y falaces que acaban formando una tela de araña extremadamente compleja y sensible</em>”.</p>
<p>La imaginación, esa facultad cognitiva específicamente humana, de crear imágenes o escenas que no están en el campo perceptivo en el momento, también se ve seriamente afectada por el miedo. Como el filósofo griego Aristóteles lo subraya, “<em>el miedo es una aflicción o desbarajuste de la imaginación que se produce cuando está a punto de sobrevenir un mal destructivo o aflictivo</em>”. La imaginación inventa y crea nuevos miedos, formándose así el miedo a tener miedo, lo que nos llevará directamente al pánico. Mas sin embargo, al utilizar la técnica de exasperar el miedo hasta el absurdo, restauramos el daño generado a nuestra facultad creativa, sabiendo a ciencia cierta que la mayoría de los peligros imaginados nunca sucederán. Así pues, la imaginación, bajo el hechizo mágico del miedo, se volverá catastrofista, confundiendo así la posibilidad con la probabilidad. Pero una cosa es ponerse en lo peor y otra muy distinta confundir lo imaginado con la realidad o suplantarla. La imaginación en este caso parece anticiparse en ese falaz intento de controlar el futuro, prediciendo así un sinfín de situaciones que nunca sucederán. La realidad se sobreinterpreta, hasta malinterpretarse. Especula generando cosmovisiones alucinatorias que hacen del mundo un lugar tan hostil como impredecible, inseguro, peligroso, indefenso, cruel, absurdo o indigno. No obstante, mientras estas cosmovisiones se forjan en la mente de la persona aterrorizada, la salud mental y física se deteriora rápidamente, segregando toda una serie de hormonas para hacer frente a tanto estrés. “<em>creamos y creemos nuestras propias sugestiones (…) nadie nos devolverá lo que sufrimos en vano</em>”.  Males imaginarios como el miedo, la ansiedad y la angustia enferman nuestro imaginario, generando sentimientos de impotencia, indefensión y descontrol.</p>
<p>Estos malestares son tan individuales como sociales. Así se forman y conforman toda una serie de dogmas, infligiendo en vida una serie de sufrimientos infernales para no saber qué es la muerte. Inventa así conspiraciones que ignoran la razón, la lógica y el contexto de los desastres. Concretará la ansiedad, transformándola en miedos concretos, inventando enemigos y fomentando el odio (“<em>primogénito del miedo</em>”). Y todo ello para dar sensación de seguridad, orden y poder. Magia, hechizo y brujería posmoderna.</p>
<p>La retórica del miedo está hecha de un discurso interior enfermo, en tanto que dominado “<em>por la obsesión, la irracionalidad y la tristeza</em>”. A este discurso le gustan “<em>las repeticiones, las interrupciones, las exclamaciones, las generalizaciones y la vaguedad</em>”. La mente asustada entra así en un trance hipnótico, hecho de rumiaciones con voz “<em>balbuceante y asincopada</em>”. De manera atropellada, el miedo habla rápido con la urgencia de encontrar una solución, pero sin llegar a nada concreto, por lo que lo que será sustituida la acción por cogitaciones. Agobio, aceleración y desestructuración caracterizan el discurso del miedo. El lenguaje asustado hiperboliza, exagera, histrioniza el peligro, minimizando y ninguneando el potencial y la potencia de la acción. Evita igualmente el presente que es el tiempo de la acción para privilegiar tiempos pasados (tenía la intención de, yo quería…), futuros (pienso, algún día…) o condicionales (si todo fuese diferente, si las cosas no fueran así, si no hubiera, si pudiese…), “<em>que son los tiempos de la rendición, la pasividad y el fatalismo</em>”. Al hablar del futuro lo hace en tiempo presente: seguro que fallo, no lo consigo, no puedo… El condicional de una posible acción futura, quisiera hacer, me gustaría intentarlo… no son sino formas negativas de una acción al igual que una balan en la recamara.</p>
<p>Esta misma retórica genera tabús expresados de forma de “<em>perífrasis eufemística</em>” o con “<em>sobrenombres</em>” hasta rozar lo ridículo, absurdo y esperpéntico. “<em>No es improbable que el alto grado de ansiedad que caracteriza nuestro momento histórico esté en la base tanto del puritanismo mágico de lo políticamente correcto, propio de ciertas formas del “progresismo” como de esa especie de feísmo o cruelismo político, propio de los populismos de derechas en particular y de las redes sociales en general</em>”.</p>
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		<title>La estafa emocional: el abuso emocional en las relaciones y vínculos traumáticos</title>
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		<pubDate>Sat, 06 May 2023 18:10:41 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>Cada vez es mayor el número de personas víctima de una relación abusiva que acuden a terapia. Este tipo de relación se caracteriza por la existencia de una víctima y una persona que abusa. Se diferencia de la relación tóxica porque en ésta, cada una de las personas que conforma la relación tiene su grado de toxicidad, es decir una relación tóxica lo es porque “la toxicidad viene de ambas partes” (Tarnowsky, 2022). Cada miembro tiene su parte de culpa y de responsabilidad. Y en este sentido, no hay ni víctimas ni victimarias. Se alternan e intercambian los roles. Como tampoco hay premeditación ni estafa emocional, en el sentido de que no hay intención de hacer daño. Se trata de una relación en donde las partes carecen de madurez, presentan fallas en el desarrollo personal y los traumas de sus componentes se aúnan, afectando al vínculo.</p>
<p>En las relaciones abusivas, en cambio, hay uno de los miembros que tiene la intención de obtener el poder, explotar, dominar, someter y generar dolor. Se trata de una relación en donde uno exhibe la ilusión de jerarquía sobre el otro miembro. Por supuesto los roles en este tipo de relación son rígidos y están bien diferenciados: tenemos el de víctima que es la persona que además de ser estafada emocionalmente, es abusada, explotada, y parasitada con una firme y clara intención de ser anulada, generando un trauma severo debido al condicionamiento operante, a la disonancia cognitiva, a la indefensión y al trauma de traición. Luego, tenemos la persona victimaria, que con alevosía y premeditación, oculta sus intenciones, presentándose con un falso yo, personaje, para así hacerla bajar la guardia y las defensas. Su intención es parasitarla, para extraer sus recursos ya sean éstos emocionales, económicos, sexuales o todos a la vez. El resultado es la creación de un vínculo traumático y las secuelas son devastadoras.</p>
<p>Las personas victimarias presentan una estructura de personalidad narcisista y psicópata, con las cuales resulta imposible cualquier tipo de trabajo terapéutico, “<em>ya que estos ponen en juego sus estrategias de manipulación y de control mental para continuar confundiendo y enloqueciendo a la víctima, llegando incluso a reclutar al terapeuta como aliado</em>” (Ibid). La única solución es el contacto cero. El núcleo de este tipo de relaciones suele ser la violencia psicológica, una mezcla de manipulación y coerción. El psicoanalista francés Jean Charles Bouchoux habla en su excelente libro Les violences invisibles, de violencias invisibles propias de lo que él denomina los perversos narcisistas. Por eso son tan difíciles de detectar, incluso para las profesionales de la salud mental. Es terrible el desconocimiento general que hay sobre la psicopatía y el narcisismo, además de la negación, convenientemente difundida y hasta cierto punto ridiculizada y banalizada, acerca de la existencia de este tipo de maldad y sus secuelas.</p>
<p>Lo que ocurre con las personas con personalidad psicopática y narcisista es que saben bien cómo camuflarse en personajes acordes con las víctimas. Mimetizan. La estafa reside justamente en evitar mostrarse tal cual son y camaleonizarse con la víctima y su entorno. Suelen ser personas seductoras y astutas (que no inteligentes).</p>
<p>Para poder abordar este tipo de problemáticas, debemos entender y aceptar que existen relaciones basadas en el abuso, la coerción y la manipulación; que hay personas que buscan conscientemente ejercer la dominación y el control total sobre otras personas. La psicoanalista Alice Miller habla en este sentido de “abuso narcisista” en referencia a un tipo de maltrato emocional concreto entre personas adultas con personalidad narcisista y su progenitura. Otro gran psicoanalista, Ferenczi, habló de aspectos traumáticos del abuso como el silencio, la mentira y la hipocresía.</p>
<p>Ahora bien, este tipo de maltrato o abuso emocional no es consustancial a las relaciones familiares, sino que se pueden (y de hecho se dan) dar en cualquier ámbito. Maltrato, abuso o violencia psicológica son los términos que describen la estafa emocional de aquellas víctimas que la sufren. Y, sin embargo, la sociedad tiende no solo a acallar estas situaciones, sino a revictimizar a las víctimas culpándolas y haciéndoles cómplices de las personas que abusan, justificando, racionalizando y negando la realidad de dicha estafa. En el mejor de los casos se medicaliza y se psiquiatriza.</p>
<p>El abuso narcisista al que las víctimas son sometidas destruye integralmente a la persona, comenzando por un ataque mental que luego se trasladará a lo emocional para finalmente, reflejarse en el cuerpo y el ama de quien lo sufre. En la víctima se produce una pérdida de identidad, de autonomía, de libertad y de dignidad. Debemos entender que en las personas que lo sufren hay un total desconocimiento de las intenciones que se ocultan tras las personas estafadoras.</p>
<p>Las consecuencias de este tipo de estafa o abuso son bastante graves en las víctimas, además de silenciadas socialmente y tienen una base traumática que se manifiesta en síntomas como la adicción al perpetrador, la disonancia cognitiva, la indefensión, el trastorno de estrés postraumático, la ideación suicida, así como los trastornos comórbidos como trastornos alimenticios, depresivos y de ansiedad, entre los más frecuentes. Constituyen todo un problema de salud pública con tintes de epidemia en nuestros días.</p>
<p>En la base de este tipo de relaciones se encuentra la construcción del vínculo traumático (Dutton y Painter, 1981). La comprensión de este tipo de vínculo nos permite entender realmente el sufrimiento de las víctimas, el cual demanda un abordaje especializado que vaya más allá de la simple voluntad. Este tipo de vinculación resulta especial porque dicho apego se realiza a través del trauma, generando un cuadro psicológico muy similar al famoso y conocido síndrome de Estocolmo: un vínculo de sometimiento, sumisión y (abuso de) poder. Se trata del establecimiento de lazos emocionales entre una persona abusadora y «su» víctima. En este tipo de relación se confunde y pervierte amor con dominación. Dicho vínculo debe componerse de: un desequilibrio de poder entre las partes y un condicionamiento operante, es decir una intermitencia en el maltrato (Ibid). El psicólogo Iñaqui Piñuel habla de vínculo traumático de traición cuando se producen tres fenómenos: una lealtad ajena a la lógica y el sentido común, una adicción al abusador y una negación de la realidad. La psicóloga estadounidense Jennifer Freyd (1994) define el trauma de traición como aquel perpetrado por una persona o institución de quien la víctima depende para su supervivencia. Se trata de una violación de confianza por parte de personas o instituciones de las que una persona depende para su protección, recursos y supervivencia. En definitiva, situaciones en las que la víctima depende de la o las personas que abusan y violentan. Hay un abuso de confianza, de ahí la noción de estafa emocional. No se trata de la ingenuidad de la víctima (la culpa nunca es ni puede ser de ésta), sino que lo que está en juego es la confianza básica que nace del mecanismo biológico de apego. Las víctimas se adentran en la relación ya engañadas y estafadas. Por supuesto que hace falta todo un proceso que va por etapas, que conforma un ciclo abusivo interminable. Y cada etapa con sus propios mecanismos. La primera etapa es de captación y seducción con las técnicas del espejo y el bombardeo amoroso, basicamente. Una segunda etapa de devaluación con toda clase de técnicas de manipulación como luz de gas, agresión verbal y/o física, chantaje emocional, triangulación, sabotaje, aislamiento, cosificación, mentiras, negligencia, invasión de la privacidad, intimidación, tratamiento de silencio, difamación, maltrato pasivo-agresivo, reinversión de roles, doble vínculo (comunicación distorsionada o “donde dije digo, digo diego”), técnica del (maltrato por) goteo, provocación, acoso, falso futuro (sembrar esperanza en un futuro mejor y de cambio), humillación, utilización del sexo y descarte. Por supuesto en esta etapa se combinan estas técnicas con el juego del rescatador que básicamente consiste en crear escenarios traumáticos dolorosos y caóticos para correr al rescate de la víctima. De esta forma se genera un sentido de deuda además de un tipo muy resistente de aprendizaje basado en el condicionamiento operante o intermitente: una de cal y otra de arena. Y, por último, la etapa del descarte cuando ya no hay más que extraer. Se trata de un proceso que puede durar años de muchas idas y venidas o recaídas, en las cuáles las víctimas terminan exhaustas y agotadas. Las personas victimarias permanecen en la sombra, acechando, acosando y espiando. El descarte es realmente una forma de castigo porque o bien la persona manipuladora ya no consigue “combustible” narcisista para inflar el Ego como lo hacía antes, o bien ya hay una o varias próximas víctimas a la vista, o bien hay temor de ser desenmascarada y quedar expuesta.</p>
<p>Como conclusión destacaré la gran complejidad que supone el trabajo terapéutico en este tipo de relaciones, en gran parte como lo subraya el psicólogo criminalista Vicente Garrido, por la resistencia a creer que este tipo de personas malas exista y el consecuente e ingenuo empeño en cambiarlas. Por otro lado, el favorecimiento, ensalzamiento y normalización de trazos psicopáticos y narcisistas en la población en general y, como consecuencia, en la culpabilización de la víctima, revictimización. No ayuda en absoluto la total impunidad que este tipo de estafa goza; no hay consecuencias penales. Ni tan siquiera está tipificado como delito. No obstante, las secuelas y consecuencias de este tipo cada vez más generalizado de modo de relacionarse, la pagamos toda la población.</p>
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		<title>Psicología de la maldad</title>
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		<pubDate>Wed, 06 Jan 2021 13:45:29 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p>El estudio de conductas que causan daño y sufrimiento tiene una larga tradición en la psicología social. Destacan los experimentos de la prisión de Stanford llevados a cabo por Zimbargo, Haney y Jaffe en 1973 y el de Milgran en 1964. Ambos experimentos se circunscribían dentro del estudio de la agresión. A finales de la década de los ochenta surge una línea de trabajo centrada en la maldad, entendida ésta como un conjunto de conductas que causan daño severo y persistente, manifestándose en escenarios diversos. La maldad pues es definida genéricamente, tal como señalan Baumeister, Darley, Miller, Staub, Waller y Zimbardo como “el daño intencional, planeado y moralmente injustificado que se causa a otras personas, de tal modo que denigra, deshumaniza, daña, destruye o mata a persona inocentes”.</p>
<p>Está bastante extendido el mito de que la maldad es una forma de locura. Pero la realidad es que la mayoría de personas que actúan malignamente están cuerdas. Si bien la maldad no está diagnosticada como enfermedad mental, se han hallado factores de personalidad que correlacionan con ésta. En este sentido, un estudio reciente llevado a cabo por Zettler, Hilbig y Moshagen ha mostrado un origen común de la maldad llamado “Factor D”. Este “Factor D” es la tendencia a maximizar el interés individual sin tener en cuenta, de manera malintencionada, el daño que el comportamiento pueda tener sobre la otredad ni la inutilidad del comportamiento.</p>
<p>Los rasgos oscuros de personalidad subyacentes en este factor D que emergieron en la investigación fueron:</p>
<p>1.- El egoísmo sería el primero de ellos y se define como la preocupación excesiva por el beneficio propio a expensas de las demás.</p>
<p>2.- Como segundo rasgo, está el maquiavelismo entendido como una actitud manipuladora e insensible hacia las demás personas y la firme convicción de que el fin justifica los medios.</p>
<p>3.- La desconexión moral es el tercero de estos rasgos oscuros, y es definido como un estilo de procesamiento cognitivo que permite comportarse de manera amoral sin sentir remordimiento alguno.</p>
<p>4.- El narcisismo, cuarto rasgo, es definido como una autoadmiración excesiva, acompañada de un sentimiento de superioridad y una necesidad extrema de ser el centro de atención.</p>
<p>5.- El derecho psicológico, quinto rasgo oscuro, se refiere a la creencia de que una persona es mejor que las demás y, en consecuencia, merece ser tratada mejor.</p>
<p>6.- La psicopatía es el sexto rasgo, entendida ésta como falta de empatía, autrocontrol y comportamiento impulsivo.</p>
<p>7.- El sadismo es el séptimo rasgo y significa el deseo de infligir daño a otras por placer.</p>
<p>8.- Luego está el interés propio entendido como el deseo de promover y destacar el propio estatus social.</p>
<p>9.- Y por último, el noveno rasgo, el rencor, entendido como la destructividad y disposición a causar daño.</p>
<p>Todos estos rasgos oscuros tienen su fundamento en esa tendencia psicológica a anteponer los intereses personales a cualquier otro interés.</p>
<p>Las preguntas nos asaltan: ¿Es posible tanta maldad? ¿La maldad está tan extendida? ¿La maldad cobra forma de epidemia? ¿Cómo es que la maldad está tan normalizada?</p>
<p>Hanna Arendt acuña el término <em>banalidad del mal</em> para expresar que algunos individuos actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar ni preocuparse por las consecuencias de sus actos; simplemente cumpliendo órdenes.</p>
<p>Estas situaciones, por otro lado tan frecuentes, se dan cuando la maldad se normaliza y, por ende, se transforman en una ética del actuar. Y es que tal y como han mostrado diversos autores -Lasch, Bauman, Lowen…- un narcisismo patológico está proliferando socialmente cimentado en un individualismo asocial, hasta el punto de convertirse en la enfermedad de nuestro tiempo -afirmará Lypovetsky-; Kristeva dirá que el individuo moderno es un narcisista sin remordimientos. Parece pues que las personas con este tipo de rasgos están bien adaptadas a la sociedad neoliberal de nuestro tiempo. Una sociedad cada vez más imbuida de maldad porque el recién hallado “Factor D” parece estar así impregnando los valores sociales, culturales, políticos y económicos, gracias a procesos facilitadores como la obediencia, la exclusión moral, la deslegitimación, la percepción diferencial de valores, la naturalización de rasgos culturales y la deshumanización, entre otros.</p>
<p>Y es que locura y razón, como han demostrado ampliamente las barbaries acaecidas en el siglo XX, no solo no son excluyentes, sino que pueden ir perfectamente de la mano. Porque la maldad convertida en razón instrumental vehiculada socialmente, no muestra signo alguno de delirio, aunque sí de manía, nombre que tradicionalmente se le daba a la locura. No parece loca porque cada vez nos parece más normal que el fin justifique los medios, que los intereses privados primen sobre el bienestar común, que la violencia sea una forma banal de proceder, que la otredad desaparezca en pos de una identidad narcisista&#8230; Formas de actuar egocéntricas, ombliguistas, sin remordimientos, mercantilistas, utilitaristas, violentas, criminales se van imponiendo como normales, es decir, como formas de actuar legítimas y legitimizadas por discursos ideológicos neoliberales, lo que en sí forma parte del espectro patológico de la perversión.</p>
<p>En connivencia con el pensamiento de Adolfo Jarne, concluiremos afirmando que la maldad sí tiene una dimensión de enfermedad, tiene una base patológica.</p>
<p>Y si es así, habrá que volver a la nosografía clásica y empezar a distinguir la maldad de la bondad.</p>
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