No quiero un steak tartar a domicilio

La ilusión de abrir las puertas por primera vez, recibir a los primeros clientes, coleccionar buenas críticas, consolidarse, ser un referente, y por último ser una institución. Es un proceso soñado por cualquier emprendedor que decida aventurarse a la valiente labor de abrir un bar, un restaurante, una tasca, un guachinche o un comercio especializado, por poner algunos ejemplos.

Es un ciclo que van a volver a sentir, y no porque así lo deseen. Hasta el más grande de los tiburones en este océano de negocios de restauración y ocio va a tener que someterse a un nuevo proceso clasificatorio a medida que las fases sigan avanzando, y con ello el levantamiento de ciertas restricciones. Aquellos que antes tenían un nutrido grupo de empleados, ahora tienen que volver a ponerse detrás de la barra, rememorando los comienzos, y sacar adelante el negocio por el que tanto han luchado.

Ya da igual si eras uno de los emblemas en el sector. O si eras un discreto negocio al que le estaba costando arrancar. El boom de las ventas a domicilio ha propuesto nuevas reglas de juego que ni el analista más certero puede descifrar en qué acabarán. Y si algún gurú le da las claves de ello desconfíe de inmediato. Porque con este virus también se ha acabado la era de los expertos, de los todólogos, afortunadamente. 

¿Quién saldrá antes de la crisis? ¿Los restaurantes de perfil alto, las tascas tradicionales o los bares de ciudad? Lo del reparto a domicilio no es algo que me preocupe demasiado. La apertura de las terrazas ha demostrado que la gente no va a dejar de asistir a los locales para consumir. Por otro lado, muchos buenos restaurantes que se han lanzado deprisa y corriendo al delivery han decepcionado con estrépito. Si no tiene la capacidad de hacerlo, que no lo haga. Porque el buen trabajo de tantos años se ve afectado por una estrategia errónea de lanzarse a la piscina sin tener claro que haya agua.

A domicilio es mejor una pizza que un tartar de atún, por favor. Los que aventuran el final de los restaurantes viven en una realidad paralela. En mi casa no puedo sentir el calor de un buen restaurante, o la vida de un bar. Me niego a pensar que el delivery le ganará la partida a la magia del local. La comida no me sabe igual, llega tarde, algunos platos fuera de temperatura, completamente destrozados por el viaje, muchos llegan tarde y mal. ¿Cómo me voy a comer un Steak Tartar que viene en un recipiente de plástico? Si precisamente la magia de ese plato es comerlo justo cuando su elaborador lo realiza en tus narices? ¿Y lo próximo qué será, que el repartidor te abra la botella de vino en la puerta de casa? Lo siento mucho, pero así no.

2 opiniones en “No quiero un steak tartar a domicilio”

  1. El gran desconocimiento de la entrega a domicilio es la misma que la de llevarte los menús en un recipiente de plastico. Que desconoces que contiene, cantidad y calidad. Ahora si hay mejoras porque hay verdadera competencia. Un salpicón de pulpo, cuantas horas lleva envasado y ha absorbido el vinagre. Unas albóndigas cuanto grasa lleva, unas croquetas cuanto aceite contiene.

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