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	<title>El Método Ácidoinstagram &#8211; El Método Ácido</title>
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	<description>Historias y ficciones sobre Internet</description>
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		<title>Una influencer en el espacio</title>
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		<pubDate>Sat, 10 Apr 2021 20:06:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alejandroramosmelian</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Influencer]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Prólogo: &#160; Todos tenemos algún amigo o conocido que es influencer, ¿verdad? Una persona que, por alguna razón, influye en la opinión de los demás a través de las redes sociales, usando textos y fotos para ello. He contratado a esta figura en muchas ocasiones para desarrollar acciones de marketing, con resultados sorprendentes. Esta &#8230; <a href="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/2021/04/10/una-influencer-en-el-espacio/" class="more-link">Continuar leyendo<span class="screen-reader-text"> "Una influencer en el espacio"</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Prólogo:</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Todos tenemos algún amigo o conocido que es </span><i><span style="font-weight: 400;">influencer, </span></i><span style="font-weight: 400;">¿verdad? Una persona que, por alguna razón, influye en la opinión de los demás a través de las redes sociales, usando textos y fotos para ello. He contratado a esta figura en muchas ocasiones para desarrollar acciones de marketing, con resultados sorprendentes. Esta historia está inspirada en su actividad. Disfrútala, u olvídala.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span id="more-166"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>Una influencer en el espacio</h2>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Las gotas de sudor rodaban en otra dirección. Nacían de los poros de mi frente, como siempre pero, en vez de visitar mis sienes y empapar mis cejas, peinaron mi cabello y cayeron en el casco. Siguiendo el guión del astronauta timorato, contuve la respiración, cerré los ojos, sujeté lo más fuerte que pude los apoyabrazos, agarrándolos como si los amara, y repetí mentalmente la cuenta hacia atrás que escuchábamos a través de los altavoces de la cabina. Mientras, mi compañero Ryan, tarareaba en voz alta la tamborilera melodía de </span><a href="https://youtu.be/vFuIYyXiD5w?t=37" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><i><span style="font-weight: 400;">The Battle Of Epping Forest</span></i></a><i><span style="font-weight: 400;">.</span></i><span style="font-weight: 400;"> En cuestión de segundos, nuestra nave, y el transbordador que nos acompañaría durante un buen rato, atravesaron la nube de humo y polvo que había producido la combustión del propulsor. El toro dio una patada en el suelo y corrió a embestir al cielo. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Supe que todo había salido bien cuando escuchamos los aplausos de los técnicos de la NASA, -Perfecto </span><i><span style="font-weight: 400;">Challenger 2</span></i><span style="font-weight: 400;">, enhorabuena-, dijeron. En ese instante, entendí que podía liberar una de mis manos, era el momento perfecto para contar a mis seguidores, unos veinte millones, que todo iba como la seda. Abrí mi perfil de Instagram y, recordando una de las recomendaciones de </span><i><span style="font-weight: 400;">George Orwell</span></i><span style="font-weight: 400;"> para escribir correctamente y de forma persuasiva, </span><i><span style="font-weight: 400;">“Si es posible acortar una oración, hazlo”</span></i><span style="font-weight: 400;">, publiqué un <em>«amigos, ya estoy fuera de la Tierra»</em>, sin adornos ni </span><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Emoji" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><i><span style="font-weight: 400;">emojis</span></i></a><span style="font-weight: 400;">. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">La nave dejó de abrazar al transbordador, sólo era un tirachinas efímero, ya no nos serviría para nada. Abrió sus brazos y lo soltó. Vimos, a través de las pequeñas ventanas circulares de los costados de la nave, cómo caía y se convertía en una bola de fuego mientras atravesaba la atmósfera; prefirió la inmolación que unirse al denso cementerio de metal que orbita alrededor de nuestro planeta. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Los cinturones de seguridad hicieron </span><i><span style="font-weight: 400;">clic</span></i><span style="font-weight: 400;"> al unísono y fuimos a chocar nuestros puños para celebrar tan grande gesta. El despegue había sido todo un éxito y ya estábamos en velocidad de crucero. Unos cuantos </span><a href="https://about.instagram.com/es-la/blog/announcements/introducing-instagram-reels-announcement" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><i><span style="font-weight: 400;">reels</span></i></a><span style="font-weight: 400;"> de los doce tripulantes sirvieron de antesala para nuestra última cena antes de la criogenización. Ulle, el capitán, un alemán de casi dos metros, había elegido el menú, un extraño plato lleno de ingredientes que no supe describir, condimentados con varias especias que preferí olvidar para siempre. Abrió el táper y sólo el hedor que emanaba de él hizo que vomitásemos en cadena, primero uno, y luego el otro, en el sentido opuesto a las agujas de reloj. Todos coincidimos en que no era la comida casera que esperábamos. -Vaya, parece que la cocina no es el fuerte de los germanos-, comentó un tal @</span><i><span style="font-weight: 400;">Moreno25</span></i><span style="font-weight: 400;"> en mi transmisión síncrona de Instagram.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Durante la velada, contamos anécdotas para conocernos un poco mejor, sólo habíamos coincidido en los entrenamientos y en algunas clases de vuelo. El primero en intervenir fue Marcelo, el piloto; nos reveló que tenía un tabique nasal de titanio, y no por consumir cocaína, como todo el mundo pensaba cuando escuchaba el tono de su reverberada voz, sino por la cantidad de PCR que le habían practicado durante la pandemia de dos mil veintiuno. Después de ese relato tan incómodo, preferimos no seguir profundizando en nuestras vidas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Nos levantamos de la mesa e hicimos los protocolos necesarios para introducirnos en las máquinas criónicas. Besé la pantalla de mi </span><i><span style="font-weight: 400;">smartphone</span></i><span style="font-weight: 400;">, persigné mis cuatro puntos cardinales y me desnudé, no necesariamente en ese orden, eso sí, en unos quince segundos, el tiempo ideal para un </span><i><span style="font-weight: 400;">story</span></i><span style="font-weight: 400;"> impactante. -En nuestro horizonte, un largo viaje-, dije lo más rápido que pude a mis </span><i><span style="font-weight: 400;">followers</span></i><span style="font-weight: 400;"> antes de cerrar las compuertas de mi cabina.  </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Los aparatos donde dormíamos rompieron aguas. Abrieron y, mediante una breve pero intensa cascada, vaciaron el líquido en el que permanecíamos sumergidos. Caí de rodillas al perder la ingravidez, con mi móvil al cuello y su funda estanca como únicos atuendos. Una vez en el suelo, miré con detenimiento el reflejo proyectado de mi cuerpo desnudo, </span><a href="https://www.brokenjoysticks.net/wp-content/uploads/2016/01/final-fantasy-the-spirits-within-underwater-view-600x338.jpg" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">era un plano parecido a ese que tanto nos impactó de la película de Final Fantasy</span></a><span style="font-weight: 400;">; supe perfectamente que era la clase de contenido que esperaban mis adeptos de </span><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/OnlyFans" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><i><span style="font-weight: 400;">Only Fans</span></i></a><span style="font-weight: 400;"> pero seguía aún convaleciente, incapaz de fotografiarme. Ellos, mis más exclusivos acólitos, tendrían que esperar, al igual que sus rollos de papel higiénico. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Haber salido de nuestras cunas espaciales sólo podía significar una cosa, que habíamos llegado al planeta que íbamos a empezar a </span><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Terraformaci%C3%B3n" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">terraformar</span></a><span style="font-weight: 400;">.  Me incorporé, alcé la vista y empecé a pestañear sin parar y no porque coqueteara con mi compañero, sino porque estaba aún desorientada. Cada vez que abría y cerraba los ojos, mi visión era más nítida. Aquella masa amorfa que tenía delante iba, poco a poco, recobrando su aspecto original, esculpiéndose frente a mi mirada, como si ésta fuera un láser que cincelara su silueta. Se trataba de Fred, el ingeniero. Al igual que ocurrió con mi visión, mi habla fue recuperándose, hasta que pude articular mis primeras palabras, -¿Llegamos a </span><a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Kepler-22b" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">Kepler-22b</span></a><span style="font-weight: 400;">?-, dije. -No, Cleo. Algo ha salido mal. Sólo hemos dormido unas horas, estamos muy cerca del Sol. Su fuerza nos atrae. Vamos directos hacia él. Haremos todo lo posible por salir de ésta, tranquilos-, respondió. Estábamos en esa clase de momentos en los que algunas personas quedan petrificadas ante una noticia de tal envergadura y, otras, por el contrario, son poseídas por un extraño nerviosismo incontrolable. Sin embargo, yo estaba en un estadio distinto. Para mí era un auténtico regalo despedirme de aquella manera, devorada por el mismísimo Sol. Era muy poético, y una gran oportunidad para inmortalizarme ante mis adeptos. No iba a permitir que nadie obstaculizara esa posibilidad. Ningún piloto con nariz de titanio podría evitar la colisión. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">El escáner ocular me permitió entrar en la sala de control y cerré la puerta tras de mí, bloqueándola posteriormente para que nadie pudiese acceder. Sólo necesité el hacha del compartimento de incendio para noquear</span><span style="font-weight: 400;"> a</span><span style="font-weight: 400;"> Marcelo, la única persona que podía manejar el timón del barco. Hundí el acero en su cráneo, como ese niño que, torpemente, mete el dedo en la tarta de su cumpleaños. El golpe que asesté fue tan violento que incluso noté quebrar la prótesis de su napia. Mientras la sangre cubría el suelo, adherí un poco de cinta de doble cara en la parte trasera de mi móvil, lo coloqué en un lugar estratégico y empecé a emitir en directo a través de mi red social preferida: Instagram. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><i><span style="font-weight: 400;">&#8211; Queridos amigos, parece que algo ha salido mal, vamos a quemarnos vivos. ¿Ven eso tan luminoso? Es el Sol. Os quiero, no me olviden jamás… ¡Compartan! Que todo el mundo se entere de lo que pasó -.</span></i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignnone size-full wp-image-170" src="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2021/04/WhatsApp-Image-2021-01-09-at-12.33.22-1.jpeg" alt="" width="1131" height="1600" srcset="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2021/04/WhatsApp-Image-2021-01-09-at-12.33.22-1.jpeg 1131w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2021/04/WhatsApp-Image-2021-01-09-at-12.33.22-1-212x300.jpeg 212w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2021/04/WhatsApp-Image-2021-01-09-at-12.33.22-1-724x1024.jpeg 724w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2021/04/WhatsApp-Image-2021-01-09-at-12.33.22-1-768x1086.jpeg 768w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2021/04/WhatsApp-Image-2021-01-09-at-12.33.22-1-1086x1536.jpeg 1086w" sizes="(max-width: 709px) 85vw, (max-width: 909px) 67vw, (max-width: 1362px) 62vw, 840px" /></p>
<p><span style="font-weight: 100; font-size: 10px;">Ilustración: Elena Massidda</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<hr />
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Sobre la ilustración: En esta ocasión, la imagen que acompaña a esta publicación es obra de Elena Massidda, una artista italiana que vivió un breve tiempo en Gran Canaria. Ecléctica, elegante y detallista. Puedes ver su obra a través del siguiente enlace: </span><a href="https://linktr.ee/elenamassidda_art" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">https://linktr.ee/elenamassidda_art</span></a></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Covid-25: Desesperanza de rebaño</title>
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		<pubDate>Sun, 13 Dec 2020 11:53:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alejandroramosmelian</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[distopía]]></category>
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		<description><![CDATA[&#160; Prólogo Dicen que la realidad supera a la ficción y este año lo hemos comprobado. Sólo espero que, este relato distópico que vas a leer a continuación, sea precisamente eso, una distopía, un acontecimiento imaginario inspirado en un futuro irreal. Lo opuesto a una utopía. Ajusta el brillo de tu pantalla, ponte cómodo y &#8230; <a href="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/2020/12/13/covid-25-desesperanza-de-rebano/" class="more-link">Continuar leyendo<span class="screen-reader-text"> "Covid-25: Desesperanza de rebaño"</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Prólogo</strong></p>
<p>Dicen que la realidad supera a la ficción y este año lo hemos comprobado. Sólo espero que, este relato distópico que vas a leer a continuación, sea precisamente eso, una distopía, un acontecimiento imaginario inspirado en un futuro irreal. Lo opuesto a una utopía. Ajusta el brillo de tu pantalla, ponte cómodo y no olvides pulsar los enlaces que aparecerán a lo largo y ancho de los párrafos, ayudarán a sumergirte en la lectura. ¿Listo?<br />
<span id="more-125"></span></p>
<p>&nbsp;</p>
<h2>Covid-25: Desesperanza de rebaño</h2>
<p><span style="font-weight: 400;">-Creo que no hay nadie al otro lado del barranco- dije. Ninguno se atrevió a dar el primer paso así que, cogí la mochila con mi caza, unos nueve hurones, y caminé, atravesando la inhóspita y oscura pendiente escarpada que había frente a nosotros, teniendo muchísimo cuidado de no resbalar con la gravilla que había espolvoreada sobre la tierra infértil. Cuando llegué a la otra parte, giré sobre mí mismo, saqué mi pistola de señalización y <a href="https://youtu.be/GRL55ZTasy8?t=20" target="_blank" rel="noopener noreferrer">disparé una bengala</a> que surcó los aires a toda velocidad hasta llegar a cierta altura. Poco a poco, fue desacelerando hasta que, por la magia de la gravedad, frenó y empezó a caer. Mientras bajaba, su luz anaranjada pintó el terreno en el que nos encontrábamos y la oscuridad desapareció mostrando, a unos metros de mi izquierda, un sendero bastante franco, nada que ver con el que yo había escogido a ciegas. Mis compañeros, al verlo transitable, cargaron sus equipos y corrieron a mi encuentro. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Aproximándonos a la zona habitada, </span><a href="https://youtu.be/j18y12VDGLc" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">sonó una sirena</span></a><span style="font-weight: 400;">, amplificada por el eco que emanaba de todos esos locales vacíos que en su momento fueron restaurantes, bares y bazares, adornada con un carrusel parpadeante de luces rojas y azules que, más que acojonar, delataba la posición del farolero. Era la señal inequívoca de que se aproximaba un coche de la Policía Asintomática, un cuerpo creado por el Estado con agentes inmunes, generalmente orientales, con el único cometido de despejar las calles cuando </span><i><span style="font-weight: 400;">Google-Drone</span></i><span style="font-weight: 400;"> detecta a grupos de personas con más de cuatro individuos. Cogímos nuestra cena, nos dispersamos y huímos para escondernos en nuestras respectivas casas, selladas a cal y a canto con precisamente eso, con cal, atrincherándonos tras las persianas de plomo que servían, además de como inhibidores del sistema de vigilancia antes mencionado, como escudo para todos los insectos que anidaban en los cadáveres infectados por SARS-COV4 que, amontonados en barrancos y acequias, rodeaban nuestro pueblo. Siendo lo suficientemente rápidos y con un poco de suerte, podíamos evitar las redadas de los defensores de la ley que, a base de porrazos y altanería, disuelven las aglomeraciones callejeras y vacunan en caliente a aquellas personas que carecen del brazalete granate, un distintivo con el que nos adornan cuando nos suministran esa vacuna desconocida, creada en no se sabe dónde con no se sabe qué. Pude escapar, una vez más. El vehículo duotono pasó de largo, </span><i><span style="font-weight: 400;">gracias a Sol.</span></i></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><img class="alignnone wp-image-128 size-full" src="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-scaled.jpg" alt="" width="2560" height="1978" srcset="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-scaled.jpg 2560w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-300x232.jpg 300w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-1024x791.jpg 1024w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-768x593.jpg 768w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-1536x1187.jpg 1536w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-2048x1583.jpg 2048w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2020/12/imagen_covid25-1200x927.jpg 1200w" sizes="(max-width: 709px) 85vw, (max-width: 909px) 67vw, (max-width: 1362px) 62vw, 840px" /></p>
<p><span style="font-size: 10px;">Ilustración: Marta Aguiar Santana.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Tras recuperarme del susto y una vez acomodado en el sofá, sentí que aquella noche era distinta a las demás. Todo sucedía como de costumbre a mi alrededor pero percibía que iba a ocurrir algo. Milo, mi pareja, en la azotea, mirando con sus prismáticos hacia el marcador electrónico del pueblo, absorto, contemplando el recuento diario de muertos producidos por esa nueva variante del virus que, desde su aparición allá por el dos mil veintitrés, ha ido adaptándose a cada una de las medidas tomadas. Clavaba sus ojos en aquel monolito, haciendo gala de un semblante muy similar al que teníamos al comienzo de </span><i><span style="font-weight: 400;">Internet</span></i><span style="font-weight: 400;">, cuando mirábamos durante horas la barra de progreso de descarga de alguna de esas películas noventeras que ansiábamos volver a ver. Así pasaba todas sus tardes, enajenado, </span><a href="https://www.youtube.com/watch?v=_Hfq6P9RDWk" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">con alguna canción </span><i><span style="font-weight: 400;">cibermetal</span></i><span style="font-weight: 400;"> de fondo</span></a><span style="font-weight: 400;">, acechando cómo cambiaban aquellos números digitales, como otros tantos vecinos en sus terrazas. El gobierno había conseguido la ansiada “desesperanza de rebaño” que tanto buscó; durante años, lo intentó con la prensa y la televisión pero fue aquel artefacto, situado en medio de cada población, con el que la consiguió. Yo, leyendo algún libro de esas maravillas que escribían en antaño, de Dolores Redondo principalmente, o estudiando chino mandarín, la lengua oficial que tanto se me resistía, a pesar de que toda la señalética del país estuviera serigrafiada en ese idioma. Y así llegaban todos nuestros crepúsculos, salvo en aquel día. </span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Eran las ocho de la tarde. Mientras leía, escuchaba los pasos de Milo. Interrumpía mi lectura continuamente. Resultaba curioso que, aquella persona que tanta indiferencia me producía, hubiera sido el amor de mi adolescencia. Recuerdo cómo solía lanzarle pequeñas bolitas de papel que nacían de las esquinas de mis libretas. Las moldeaba entre el índice y el pulgar, ambos dedos impregnados en saliva, con la ayuda de ese movimiento centrípeto tan característico que ocasionan los dedos cuando existe algo esférico entre ellos. Y las proyectaba desde mi cerbatana, o mejor dicho, desde aquel <a href="https://youtu.be/QvABm3Jkras" target="_blank" rel="noopener noreferrer">bolígrafo </a></span><i><span style="font-weight: 400;">BIC</span></i><span style="font-weight: 400;"> que había descorazonado de su tinta. Disparar aquella munición era mi forma de llamar su atención. Me acuerdo perfectamente de aquel tres de abril, en clase de historia, posiblemente la asignatura más aburrida jamás creada aunque, ese día en concreto, me resultó bastante estimulante porque sobrevolamos los derechos de los ciudadanos, esos que ahora no teníamos. A mitad de la lección, disparé hacia su nuca uno de mis perdigones inofensivos, produciéndole un espasmo muy leve pero lo suficientemente molesto como para incordiarle. Se dio la vuelta, sentado en una de aquellas pequeñas sillas de madera verdosa que había en todos los institutos de la época y, aquella mirada enfadada tornó a tierna cuando se alineó con la mía. En ese momento supe que nos casaríamos. Durante los primeros años de noviazgo, hicimos el amor por encima de nuestras posibilidades, no había hielo que nos aliviara, ni bromuro que nos contuviera. La intensidad fue disminuyendo a medida que pasaba el tiempo y aquellas noches en las que faltaban lugares de la casa donde poder reptar, se convirtieron en veladas de sofá, con </span><i><span style="font-weight: 400;">Netflix</span></i><span style="font-weight: 400;"> como telón de fondo, algunas de esas series mediocres que veíamos porque nos las vendían como buenas, y unas cuantas pizzas congeladas como únicos espectadores de tan deprimente panorama. Los temas de conversación acabaron, lo supe cuando terceras personas aparecieron como protagonistas, indicadoras del principio del fin. Decidimos separarnos pero la pandemia de dos mil veinte frustró todos nuestros planes… Qué cosas.</span></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><span style="font-weight: 400;">Bajó de la azotea, dejó los prismáticos en la repisa y se sentó frente a mí, con una parsimonia un tanto exagerada, delatando la fragilidad del momento que íbamos a presenciar. Encorvado sobre la silla, con sus codos apuntalados sobre las rodillas, llevó sus manos al </span><i><span style="font-weight: 400;">des-covid-alizador</span></i><span style="font-weight: 400;"> de aire, ese casco de cristal que nos proporcionaba el oxígeno necesario para vivir, procedente de la botella </span><a href="https://www.mi.com/es" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><i><span style="font-weight: 400;">Xiaomi</span></i></a><span style="font-weight: 400;"> que siempre llevábamos a cuestas, y lo desenroscó sin dudarlo ni un momento. Cuando notó la última rosca de seguridad y como si de un samurai que sujeta la daga del </span><i><span style="font-weight: 400;">harakiri </span></i><span style="font-weight: 400;">se tratase, dio un golpe seco y lo apartó de sí; inhaló profundamente, despacio,  y espetó en castellano, nuestro dialecto: </span><i><span style="font-weight: 400;">No soporto más vivir así</span></i><span style="font-weight: 400;">. Disfrutó de cada bocanada de aire, como ese fumador que da su primera calada tras varios meses evadiendo al humo. En cuestión de segundos, cayó fulminado por el </span><i><span style="font-weight: 400;">covid25</span></i><span style="font-weight: 400;">. Su cuerpo, convertido en un amasijo de cenizas y ropa, se derrumbó ante mí como un castillo de naipes. No pude contener mi sonrisa de satisfacción al ver cómo se desmoronaba, ni mi erección. Por fin había conseguido mi ansiada soledad. </span></p>
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<hr />
<p><span style="font-weight: 400;">Sobre la ilustración: Un día, puse en un </span><i><span style="font-weight: 400;">story</span></i><span style="font-weight: 400;"> de </span><a href="https://www.instagram.com/alejandroramosmelian/" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">mi perfil de Instagram</span></a><span style="font-weight: 400;"> algo así como “¿quién se anima a ilustrar mi próximo post?”. En cuestión de minutos, contactó Marta Aguiar. Eché un vistazo a su trabajo y quedé sorprendido. Esta joven de diecinueve años es una apasionada de la cultura oriental y su técnica venía que ni pintada para esta nueva publicación. </span><a href="https://www.instagram.com/_pollo.pera_/" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><span style="font-weight: 400;">¡Echa un vistazo a su perfil!</span></a><span style="font-weight: 400;"> y disfruta de su obra.</span></p>
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		<title>Amores digitales</title>
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		<pubDate>Tue, 20 Aug 2019 20:39:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>alejandroramosmelian</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cómo Internet y las redes sociales han cambiado nuestra forma de relacionarnos &#160; Carolina. Así se llama mi primer amor, o llamaba, no sé si habrá muerto. Espero que no. &#160; La conocí en el colegio y me dejó totalmente prendado desde un principio. Por aquel entonces, pedía a mis compañeros de clase que tiraran &#8230; <a href="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/2019/08/20/amores-digitales/" class="more-link">Continuar leyendo<span class="screen-reader-text"> "Amores digitales"</span></a>]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2><i><span style="font-weight: 400;">Cómo Internet y las redes sociales han cambiado nuestra forma de relacionarnos</span></i></h2>
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<p>Carolina. Así se llama mi primer amor, o llamaba, no sé si habrá muerto. Espero que no.</p>
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<p>La conocí en el colegio y me dejó totalmente prendado desde un principio. Por aquel entonces, pedía a mis compañeros de clase que tiraran un lápiz a su alrededor para poder acercarme y sonreírle (a esa edad no tenía muchos más recursos), o hablaba con su mejor amiga, una tal Grimanesa, buscando crear algún tipo de conexión que nunca se dio o para llamar su atención, algo que sí ocurrió con una tal Guacimara que demostraba su interés pellizcándome todo lo fuerte que sus dedos permitían. Por lo visto, a esas edades, ese comportamiento es habitual.<span id="more-50"></span></p>
<p>No existían los <em>smartphones</em> y, por lo tanto, no habían fotos en un perfil de <em>Facebook</em> a las que poner <em>likes</em> para dar a entender algo, ni cuentas de <em>WhatsApp</em> para allanar el terreno desde casa, ni siquiera estados efímeros en <em>Instagram</em> -de esos que duran veinticuatro horas- donde plasmar algún mensaje velado a ver si respondía aunque, la mayoría de las veces, en esos casos, lo hace otra persona que no viene a cuento o algún <em>ex</em> sobreestimulado por pensar que quieres retomar algo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cada tarde de aquel entonces, después de llegar a casa, mi mayor ilusión era que se esfumara el resto de la jornada, que apareciera la noche cuanto antes, la antesala del regreso a la escuela; recuerdo cómo sonreía con ilusión mientras preparaba la mochila, tarareando cualquier canción <em>AOR</em>, tipo <a href="https://www.youtube.com/watch?v=1k8craCGpgs" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><em>Don&#8217;t Stop Believin&#8217;</em></a> de <em>Journey</em>, un estilo que generacionalmente no correspondía a aquellos momentos pero que me facilitaba pensar en ella. Era como un ritual. Incluso buscaba coincidir en la guagua, intentando coger su misma línea, una que no me venía nada bien, todo sea dicho. Por aquel entonces, las retenciones de tráfico en la capital no eran habituales, esos métodos de ligue eran asumibles. Hoy, ni me lo pensaría. Utilizaría otras tácticas.</p>
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<p><img class="alignnone wp-image-64 size-full" src="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2019/08/Ilustración_Silvia.jpg" alt="" width="1000" height="713" srcset="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2019/08/Ilustración_Silvia.jpg 1000w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2019/08/Ilustración_Silvia-300x214.jpg 300w, https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/wp-content/uploads/sites/24/2019/08/Ilustración_Silvia-768x548.jpg 768w" sizes="(max-width: 709px) 85vw, (max-width: 909px) 67vw, (max-width: 1362px) 62vw, 840px" /></p>
<p><span style="font-size: 10px;">Ilustración: Dreaming Of Elephants (Silvia Fernández de la Torre)</span></p>
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<p>Mientras escribo estas líneas soy consciente de que, durante mi infancia y adolescencia, se producía en mí, y con mucha intensidad, ese famoso y recurrido estado llamado <em>efecto halo</em> y que viene a ser, resumiéndolo mucho, el atribuirle a una persona una serie de características positivas simple y llanamente porque hay algo en ella que te parece atractiva. Carolina me hizo experimentar esa situación por primera vez.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Antes, las relaciones interpersonales requerían de maceración, de tiempo. Todo se fraguaba despacio, a fuego lento. E incluso así, nunca sabías a ciencia cierta si estabas en la dirección adecuada, o qué pensaba esa otra persona sobre ti. Era la época de las meriendas con un bocata de <em>Nocilla</em>, acompañadas de <em>Oliver, Benji</em> y sus diálogos introspectivos mientras corrían por un campo de fútbol infinito; de cuando convivían los <em>cassettes</em> con los <em>vinilos</em> y los <em>compact disc</em>s; de los <em>Caballeros del Zodiaco</em>, los que con sus vestuarios, cadenas y personalidades ambiguas asentaron las bases para la <em>Gala Drag</em> que aparecería poco después, y del <em>Grunge</em>, ese género abanderado por <em>Kurt Cobain</em> que duró más bien poco en comparación con el “todopoderoso” <em>reguetón</em> y sus infinitas variantes… Vamos, que hace un montón.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Algunos años después, apareció <em>Internet</em> en nuestras vidas (casi) tal y como lo conocemos, el medio perfecto para relacionarnos aunque, en un principio, fue creado por militares con otros fines más que turbios. La única problemática para conversar en ese entorno fue la asincronía (no habían diálogos instantáneos, en tiempo real) pero, con los años, aparecieron los <em>chats</em> y ese pequeño defecto se solventó. Recuerdo dos en concreto: el desaparecido <em>Terra</em> e <em>IRCAP</em>. Este último, tras instalártelo, te ofrece (y no ofrecía, porque aún existe) la posibilidad de entrar en diferentes canales temáticos, una especie de salas virtuales, o panópticos digitales, denominación que utilicé en mi <a href="https://blogs.canarias7.es/elmetodoacido/2019/06/03/post1/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">anterior post</a> para otro contexto. En aquel período, no era habitual el uso de la <em>Red</em>. Era poco probable que una abuela enviara una solicitud de amistad a su sobrino. Vivíamos otros tiempos. Si usabas <em>Internet</em> para estos menesteres, para los relacionales, eras un friki en toda regla. Y yo, como ya sabrás a estas alturas de la película, era uno de ellos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Durante el final de los noventa y principios del dos mil, todos los usuarios de estas aplicaciones nos convertíamos, sin saberlo, en la primera oleada de cibernautas avanzados y asentábamos las bases de cómo vincularnos -las personas- a través del ordenador. Era incluso más íntimo y romántico que en la actualidad porque, no habían fotos de perfil que analizar, ni <em>selfies</em>, ni <em>boomerangs</em>, ni huella digital… no existía nada de eso. La única manera de saber cómo era la persona que tenías al otro lado, era solicitándole una fotografía y confiar en que realmente fuera ese individuo que aparecía en la imagen recibida. Solo había una variable: cómo hablaban las letras. La ortografía era la mejor carta de presentación. Podríamos decir que, tanto en aquel momento como en este, la forma de escribir es como ese perfume que hueles en una noche de marcha, a no se sabe quién y que viene de no se sabe dónde pero, cuando identificas a la persona que lo emana, piensas algo así como “el físico no es su fuerte pero si usa esa fragancia tiene estilo, clase. Tiene un pase”. En la actualidad, con el auge, o mejor dicho, con la normalización de la comunicación digital en nuestras vidas, resulta inevitable que la forma de escribir sea tan reveladora y la utilicemos para intentar crearnos una imagen del sujeto que tenemos al otro lado, y lo hacemos con escasa información en la mayoría de las ocasiones. Mitificamos a ese individuo. Una vuelta de tuerca al <em>efecto halo</em> del que hablábamos anteriormente pero producido desde otro prisma, con otros parámetros más intangibles.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y llegados a este punto, me pregunto, ¿qué habría pasado con Carolina si hubiera existido Internet por aquel entonces? Pues, posiblemente, le hubiera dicho a través de <em>Messenger</em> lo mucho que me gustaba y que todas aquellas veces que nos tropezábamos por el pasillo estaban planificadas, al milímetro, incluso aquellas situaciones en las que recogía algún lápiz de su alrededor; probablemente, me hubiera envalentonado por un <em>chat</em> y le habría propuesto tener esa cita que presencialmente no me atrevía a plantear, o le habría confesado que había un estilo musical que servía de banda sonora mientras pensaba en ella pero, seguramente, si esa tecnología hubiera estado presente, no la recordaría de la misma manera. O sí&#8230;</p>
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<p>Escena poscréditos: Como habrás comprobado, he obviado aplicaciones como <em>Tinder</em>, <em>POF</em> o <em>LOVO</em>, por citar algunas. Ha sido intencionado. Nunca las he utilizado y, en caso de que lo hubiera hecho, dudo que existiera una historia de amor que contar como hilo conductor.</p>
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<hr />
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<p>Sobre la ilustración: La ilustración que acompaña a esta publicación es obra de <a href="https://www.facebook.com/Dreaming-of-elephants-401078706648655/" target="_blank" rel="noopener noreferrer">Dreaming Of Elephants</a>, el impresionante proyecto artístico de mi gran amiga Silvia Fernández de la Torre.</p>
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