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Los bárbaros y las piedras

la foto 4 (1).JPGEl pasado lunes vi cómo vallaban la zona de las escaleras de la Plaza de Santo Domingo. Pensé que estaban realizando alguna obra de alcantarillado o reparando las piedras. Lo vallaron para que no viéramos lo que estaban haciendo. Han borrado para siempre del paisaje de Las Palmas de Gran Canaria las escaleras de Santo Domingo, en tres días, de la noche a la mañana, para que no tuviéramos tiempo de darnos cuenta.
Hace veinte años recuerdo a Néstor Álamo encadenado a las palmeras canarias que estaban delante del Monopol cuando iban a arrancarlas. Gracias a aquel gesto hoy podemos seguir contemplando esas bellas palmeras que a primera hora de la mañana reflejan la frondosidad de sus palmas en las fachadas cercanas. Nosotros no llegamos a tiempo. Esas escaleras ya no están donde estaban desde hace muchos años (no sé cuántos, pero todos los viejos de la plaza coinciden en que llevan allí toda la vida). Las disculpas para quitar esos dos peldaños que complementaban la imagen de la fachada es la búsqueda de una mejor accesibilidad al templo, algo que resulta increíble y mendaz porque había una gran rampa de acceso en la parte izquierda de la propia escalera.
Volvemos al valor de las piedras y al desprecio de la historia y de la cultura, a la prepotencia del nuevo rico que se cree con derecho a destrozar todo lo que estaba antes de que él apareciera. Siguiendo las razones de estos destrozadores procedamos a tirar las escaleras de las pirámides aztecas y mayas, las del Partenón, las de la plaza del Sagrado Corazón de París o las de la Basílica de Teror. Sólo espero que no aparezca uno de estos iluminados por Guía y tire las escalinatas de la Iglesia. Si lo hiciera se llevaría por delante mi infancia y mis recuerdos. Esta semana, en el barrio de Vegueta, han sepultado miles de infancias y de recuerdos. Los bárbaros dirán que era una simple escalera. Son los mismos que dirían que La Venus de Milo es solo una figura de mármol sin manos o los que retirarían a Nefertiti del Altes Museum de Berlín porque le falta un ojo.

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La ruta de las caras

Solo conocemos lo que miramos. Podemos estar toda la vida recorriendo las mismas calles sin descubrir el arabesco de una cenefa o la declaración de amor que alguien escribió hace muchos años en una puerta desgastada. En las carreteras no apartamos los ojos del horizonte que tenemos delante. A los lados van quedando ruinas de casas venidas a menos, fincas de plataneras, muros de piedra o esos pedregales que cuando cae la tarde confundimos con ciudades olvidadas. Nuestra vida no es más que una perspectiva de nuestra propia mirada, un enfoque que se apaga cada dos por tres en un inconsciente parpadeo, esos miles de fotogramas que acaban confundiendo a la memoria cuando se enredan el olvido y el tiempo.
Hace unos meses, cuando paseábamos por las calles de Vegueta, Francisco Lezcano me empezó a enseñar algunas de las caras que estaba fotografiando en las fachadas, los balcones o las azoteas de muchas casas centenarias. Había visto algunas, las que se cruzaban a la altura de mi mirada o las que descubría azarosamente al seguir el rastro de algún avión o de alguna estrella. La idea de Paco Lezcano nació a su vez de la mirada de Tomás Rivero, un hombre sabio que pasea mirando todo lo que le rodea y que durante años había ido descubriendo todos esos ojos que nos observan desde las casas. Francisco Lezcano me dejó hace días un vídeo que presentará mañana en el Museo Domingo Rivero. Estaban muchas de las caras que me enseñó en aquel paseo improvisado por Vegueta, pero también había otros rostros en la zona de Triana, en Arenales, en La Isleta y hasta en el mismísimo Paseo de Las Canteras. Durante años hubo gente que construyó sus viviendas tratando de incorporar algún detalle que embelleciera la fachada. Nosotros, con nuestras prisas, nuestra alicorta mirada y nuestras rutinas, podemos estar toda la vida pasando delante de la belleza sin darnos cuenta de que está todo el tiempo asomada a nuestro lado. Este trabajo de Paco Lezcano nos invita a que recorramos Las Palmas de Gran Canaria como la recorren esos sabios que, lejos de estar despistados, no hacen más que ampliar el horizonte de sus propios paisajes. De esas caras que nos miran por todas partes saben más los pájaros o las palomas que los ciudadanos. Les invito a que miren un poco más hacia arriba y hacia los lados. En la anchura y la altura de nuestros espacios influye más la metafísica que la matemática. Cualquiera de nosotros puede engrandecer un edificio siguiendo la silueta de su sombra o atisbando sus pequeños detalles. Para ello hay que aprender a seguir el rastro que otros fueron dejando. Si miras fijamente algunas de esas figuras que están en las casas te llegarás a ver reflejado en las miradas lejanas de quienes las habitaron. Todos esos ojos también fueron de alguien.

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Despistes

Esperaba la guagua para ir a la playa. Ayer fue domingo. El cielo estaba azul y sabía que la marea estaba vaciando en la playa de Las Canteras. Miraba la silueta trasera del teatro Pérez Galdós o dejaba que los ojos siguieran el horizonte casi libre de vehículos de la Avenida Rafael Cabrera. Vi venir la línea 12; pero se paró justo antes de llegar al semáforo. Miré la pantalla del móvil y contesté un mensaje en lo que llegaba la guagua. Subí sin mirar el número y seguí concentrado en la pantalla del Iphone. Ni siquiera recuerdo qué era lo que estaba contestando. Cuando levanté la mirada me vi delante del Castillo de Mata. Me había equivocado de guagua y había subido a la línea 9. El conductor me dijo que adelantó a la 12 en el último momento y que me podía bajar en la siguiente parada y cambiar a cualquiera de las guaguas que van hacia la playa. Bajé con mi mochila, mis bermudas y mis cholas playeras. Tenía mucho frío y no dejaba de llover. El cielo estaba totalmente gris y no había casi nadie caminando por las calles. Desde niño me ha puesto triste pisar los charcos con los pies desnudos, es como si el cuerpo se volviera otoño de repente cualquier tarde luminosa de verano. Vi alejarse una guagua con el número 9, pero en este caso era roja y tenía dos pisos. Saqué la toalla y me la puse por encima mientras caminaba en medio de la hierba. Conocía Hyde Park como la palma de mi mano. Durante años era lo más parecido a la playa que encontraba los domingos. En Londres nadie te mira nunca cuando vistes raro o si te presentas un día de finales de noviembre como si estuvieras en pleno verano. Yo había salido de Vegueta hacía dos horas; pero eso es algo que nunca le contaré a nadie.