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Nunca te dirá que es Salinger

Solo era locuaz en sus silencios. Cada vez que hablaba su timidez le terminaba enredando las ideas y las palabras. Recuerda lo mal que lo pasaba en el colegio. Sabía todas las respuestas, pero se bloqueaba cuando tenía que repetirlas en medio de la clase. Si quería nombrar a Newton terminaba citando a Galileo, a los turcos los podía llamar rusos y a los habitantes de Rusia japoneses. Los profesores pensaban que les estaba tomando el pelo y lo fueron dejando por imposible. No pasó del instituto. Entendía todo lo que explicaban, pero luego nunca era capaz de contarlo. Con los amores le ha ido todavía peor. A Julieta la llamaba Carlota y a Beatriz la podía terminar llamando Alejandra. Ellas tampoco le perdonaban esas confusiones. Prefirió callar para siempre, cambiar de país y no volver a hablar jamás delante de nadie. Con los años sí descubrió que podía escribir lo que ni siquiera había pensado. No había vuelto a coger papel y bolígrafo desde el colegio. En aquellos años, los nervios y la impotencia de no poder demostrar lo que sabía también terminaron confundiendo el trazo de las letras y de las formas. Dibujaba círculos en lugar de cuadrados y en Literatura no había verso que no acabara confundido en un interminable párrafo. Ahora, sin embargo, era capaz de escribir. Firmaba con seudónimo y había logrado un cierto éxito literario. No sabía por qué había elegido el nombre de Salinger. Había escrito aquel libro sin pensar en nada. No concedía nunca entrevistas ni daba conferencias en las universidades. Muchos dicen que ha muerto. Yo me lo imagino caminando siempre en silencio por cualquier parque. Veo sus ojos en cada uno de esos solitarios que a veces se te quedan mirando en las grandes ciudades. No creo que escriba nunca más. Ya no le hace falta.

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El sicario

Me llamaba una vez a la semana para que fuera a matar los mosquitos que había en su casa. Él decía que tenían alma y que los escuchaba gemir cuando los aplastaba. Tampoco su mujer se atrevía a matarlos. Llevaban años sin dejarse fotografiar por nadie. Los periodistas vienen y me preguntan que cómo vivían. Yo les respondo que vivían como todo el mundo, con unas camas, unos sillones, una cocina y un cuarto de baño. Siempre quieren saber más, pero no tengo nada que decirles. Él me indicaba en qué parte de la casa se estaban posando casi todos los mosquitos. También le mataba las moscas y alguna que otra cucaracha. Todos esos periodistas querían saber si había pilas de hojas manuscritas por alguna parte. Nunca las vi. Sí había muchos libros y tenían un gran televisor en el centro del salón, justo al lado de la chimenea. Cuando mataba los mosquitos él se iba a caminar por un bosque cercano. Llegaba siempre triste, como arrepentido de haberme ordenado esa matanza y me pagaba sin mirarme a los ojos. Su mujer me dijo una vez que era un sicario. Ella ya era budista mucho antes de conocerle. Mis hijas me decían que ese señor era muy famoso, pero yo lo veía como uno más, y tampoco él se comportó nunca como si fuera importante. Aquí no hay nadie importante. Sí, sabía que se llamaba Salinger, pero a mí ese nombre no me dice absolutamente nada.