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Una expedición a la verdad

Kafka decía que la literatura era una expedición a la verdad. Quien escribe se prepara previamente como quien va a escalar una montaña o como quien se adentra en una selva tratando de descubrir nuevas especies animales o incluso personas que no se parezcan nada a las que ya conocemos. Richard Ford creo que es un ejemplo de esos escritores expedicionarios a los que se refería Kafka. Sus mochilas están cargadas de miradas cotidianas, de hojas sueltas de periódicos y de esos libros que en las expediciones literarias vienen a ser como el agua en las aventuras vitales. Ayer, en medio de ese viaje, Ford fue reconocido con el Princesa de Asturias de las Letras, lo que hará que se reediten sus libros y que su obra llegue a mucha más gente. Y les aseguro que los que lleguen a su obra y no la conozcan se sentirán como en casa porque mucho de lo que escribe nos puede suceder a cualquiera de nosotros en cualquier momento.
Busquen El periodista deportivo o El día de la Independencia, no dejen de leer Mi madre, uno de los testimonios más conmovedores que he leído sobre la relación madre e hijo y, por supuesto, busquen cuanto antes sus cuentos, porque Ford, además de ser un excelente novelista, es un escritor que se mueve de maravilla en esas distancias, a veces peligrosas y resbaladizas, de la narración breve.
Su nombre siempre lo he relacionado con Raymond Carver, y los dos, junto con Ann Bettie, Bukowski o Tobias Wolff, fueron mascarones de proa del denominado realismo sucio. Como Carver, llegó tarde a la literatura. Una vez le escuché que apenas había leído antes de los dieciocho años, y que fue un curso de extensión universitaria, una especie de taller literario, lo que le acercó definitivamente a la narrativa. También en ese tránsito está hermanado con el autor de Catedral. Les separó la muerte temprana de Raymond Carver, y les unió para siempre la influencia de Chéjov en todo lo que han contado.
También ha confesado influencias del boom latinoamericano. Resulta curioso ese viaje que hizo Faulkner, lo que influyó en los autores del boom, principalmente en Vargas Llosa, Carlos Fuentes y García Márquez, y como estos influyeron posteriormente en los hijos literarios del autor norteamericano. Y luego está el alter ego que protagoniza algunas de sus más destacadas novelas. Podríamos decir que a Frank Bascombe también le toca una parte del premio que le acaban de conceder al autor nacido en Mississippi. Richard Ford se vale de ese alter ego para contar el mundo que le rodea, incluyendo el mundo literario con todas sus miserias y sus grandezas; pero sobre todo lo utiliza para mirar a través de sus ojos y para hablar consigo mismo como si fuera otro. Fue algo parecido a lo que hicieron Philip Roth con Zuckerman, Bellow con Herzog o Updike con Conejo Angstrom. La diferencia entre Bascombe y el resto de estos personajes que caminan de la mano de sus creadores radica en el humor y en la ironía del alter ego de Ford, y también en que quiso alejarlo de sí mismo mucho más de lo que lo hicieron Roth o Bellow.
También hay veces en que el retrato de un escritor se parece a lo que transmiten sus palabras. El gesto siempre sereno y observador de Richard Ford tiene mucho que ver con sus novelas y con sus cuentos. Pero esa serenidad no impide que meta el bisturí en la realidad que encuentra en la calle o que lee en los periódicos. Lo cotidiano, como en Carver, se convierte en grandioso sin necesidad de fuegos de artificio o de grandes estruendos. A veces, como en el caso de Ford, basta la descripción de un simple gesto para que nos asomemos al mundo que nos cuenta o al espejo de nuestra propia mirada.
Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

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Caballos blancos

Siempre recuerdo un relato de Raymond Carver que se llenaba de caballos blancos. Contaba la historia de uno de esos extraños amores que se acaban y que casi nunca logran sobrevivir a las segundas oportunidades. Aún me sobrecoge la solemnidad de los caballos en mitad de la noche. También me conmueven aquellos amantes que acababan claudicando ante la inevitable infidelidad del tiempo que termina maniatando casi todas las caricias. No había más trama que la propia sensación de fracaso, el amor que naufragaba ante el vano intento de quienes aún soñaban con poder salvarlo. La vida se escribe muchas veces como en el desasosiego de los relatos de Carver. No la entendemos; pero tenemos la certeza de que lo único que nos salva es seguir buscando en otros abrazos el amor que se está escribiendo mucho antes de que nosotros lo terminemos encontrando.