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Bajo el sol de los muertos

Portada.jpgCuando me preguntan qué es la literatura me veo casi siempre teorizando absurdos o tratando de buscar esa frase que sirva para un buen titular o un aforismo. Pero la literatura no se cuenta nada más que en algunos libros. Cada cual tiene los suyos, aquellos que cambiaron nuestra vida o nuestra manera de asomarnos al mundo. Esos libros siempre aparecen de una forma casi milagrosa. Yo finalicé ayer la lectura de uno de esos libros que ya irá conmigo a todas partes. Se titula Bajo el sol de los muertos. Lo acaba de publicar ATTK Editores y está escrito por Roberto A. Cabrera, un escritor tinerfeño que reside en La Palma. Eso solo son los datos. Lo importante de ese libro será el camino que acabará recorriendo con el paso de los años.
No exagero cuando digo que esta novela tiene casi todo lo que uno le pide a la literatura. Lo que encontré en Flaubert, en Kafka, en Chéjov o en Proust. Lo que me hizo escritor y, sobre todo, lector. Lo que me reconcilia con el mundo que vivo y con los seres que habitan ese mundo tan poco comprensible fuera de los libros. Elías C. nos cuenta su vida yendo de un tiempo a otro como mismo viajan los recuerdos o los sueños. ¿Pero qué es lo que hace que esa vida sea distinta a otras vidas que uno lee en otros libros? ¿Qué es lo que me lleva a afirmar que estamos ante una obra maestra de la literatura? No conozco personalmente a Roberto A. Cabrera. Escuché hablar de él por vez primera en México. Allí el escritor y traductor Rafael-José Díaz nombró Bajo el sol de los muertos y elogió los hallazgos y la grandeza de esa novela. Pero esas grandes novelas no tienen fácil acomodo en las editoriales comerciales, sobre todo cuando no hay detrás un escritor reconocido y cuando se ha estado más de diez años encerrado con ella en un cuarto, escuchando el sonido de cada una de las palabras, reescribiendo, rebuscando y tratando de que lo que escribes vaya más allá de lo inmediato, que tenga alma, que viaje directamente a la psique y a la carne de quien luego lea esos párrafos. Tampoco escatimo elogios y me sumo a lo que dijo Rafael-José Díaz en aquel encuentro literario en Puebla. Y trato de responder a las preguntas que acabo de escribir hace unos momentos. ¿Por qué es tan grande esta novela, por qué la vida que nos cuenta es distinta a las otras vidas que solemos encontrar en otros libros? Léanla, sin prejuicios, dejándose llevar por la inmensa música que va sonando en cada una de sus frases, por todo el dolor que se transmuta en belleza, por ese escritor que nos regala tanto sin esperar nada a cambio. O que espera solamente que sepamos recoger todos los restos del naufragio que ha ido recomponiendo en cientos de páginas memorables. Desvelo el final, porque en este libro el final es lo menos importante: “Porque no ha habido nunca ningún comienzo. Porque no se llega nunca a nada. A ningún sitio”.

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No era solo la magdalena

Aprendimos que el sabor termina siendo la esencia de casi todos los recuerdos. También supimos del amor, o descubrimos que cualquier detalle cotidiano puede convertirse en una página inolvidable si aprendes a buscar más allá de lo que tienes delante. Quienes escribimos recreamos mentalmente ese sueño de poder quedarnos en un diván a leer y a escribir historias todo el tiempo. Los encamados cambian la vida real por la literaria. Muchos años después que Proust vimos a Onetti metido en la cama de aquella casa de la Avenida de América de Madrid sin tener que quitarse nunca el pijama para seguir viviendo. Supongo que cumplió ese sueño que todos idealizamos siempre que vemos cómo va pasando el tiempo lejos de las palabras.
Marcel Proust nos enseñó un dandismo sin grandes aspavientos, un dolce far niente en el que el único esfuerzo era cambiar el color de los recuerdos. Todo lo que se escribe se inventa. Ese mundo de Guermantes no fue como sucedió sino como quedó escrito, y quien cuenta lo hace siempre eligiendo una determinada perspectiva o cambiando lo que no vale la pena recordar o no merece siquiera un renglón que le salve del olvido.
Recuerdo una noche de verano de hace unos treinta años. Iba rastreando entre los libros que todos decían que había que leer si uno quería ser escritor. Un día me acercaba a Madame Bovary, otro a Crimen y Castigo o al Quijote, a Cien años de soledad, a Conversación en la Catedral, a las desventuras del Werther de Goethe, a la Isidora Rufete de Galdós, al Ulises de Joyce, a Gregorio Samsa o a la Maga de Cortázar. No hacía más que tantear los universos que los más grandes ya habían descubierto mucho antes. Así recuerdo que llegó a mis manos Por el camino de Swann. Los libros creo que llegan en su justo momento, por eso no hay que precipitarse nunca; y además unos llaman a los otros trazando un camino que luego, con los años, descubres que fue tan determinante como el de los pasos que te fueron moviendo por el mundo. Recuerdo el impacto de los detalles y de las evocaciones, y también aquel aprendizaje del amor. Con Stendhal, sobre todo con Rojo y Negro, y con Proust aprendí que las grandes pasiones, además de mover el mundo, también eran las que daban sentido a casi todos los argumentos literarios. El personaje, como yo cuando era aquel adolescente que desesperaba por cualquier desengaño, descubría que nunca vale la pena morir de amor por nadie. Luego llegaron A la sombra de las muchachas en flor o El mundo de Guermantes. He recorrido varias veces las calles de París buscando referencias proustianas por todas partes. Marcel Proust no escribió unas memorias ni unas crónicas de su tiempo. Reescribió la vida que le había tocado. Y además nos enseñó que uno encuentra un mundo; pero que nunca ha de conformarse con lo que tiene delante. Un dandi cambia todos los guiones y se mueve como le da la real gana, provocando casi siempre el escándalo entre los puritanos y entre quienes pactaron alicortos sueños de andar por casa. No solo era la magdalena. Había mucho más. Aprendimos a escribir como si fuéramos otros sin dejar de asomarnos nunca a nuestros propios recuerdos idealizados. También descubrimos que todo lo vivido no es más que un anticipo de lo que algún día acabaremos enumerando en alguna página literaria.
Este artículo fue publicado ayer en el suplemento de cultura Pleamar de Canarias 7