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Notre Dame

Montaigne, Victor Hugo, Balzac, Flaubert, Stendhal, Baudelaire o Camus, París, la perfección de quienes trabajaban con una palanca, un cincel y un compás, el sueño de la belleza, todo eso es lo que he sentido siempre en Notre Dame desde la primera vez que la vi, una mañana de primavera de 1991. La imagen del fuego no logra borrar el fulgor de la piedra en la memoria del tiempo.

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Tan buenos chicos

Hay escritores que logran cambiar nuestros propios argumentos. Vas pasando páginas sin darte cuenta de que te estás quedando para siempre en cada una de ellas. Patrick Modiano es uno de esos escritores. Solo con el paso del tiempo, te das cuenta de que sus propuestas literarias se terminan entremezclando con las tuyas y con las de otros escritores igual de hipnóticos. No somos más que una suma de historias que vamos viviendo o leyendo. Con el paso de los años, incluso los recuerdos nunca son del todo nuestros.
Me acuerdo del momento en que descubrí la obra de Modiano. Año 1990. Recién llegado de Londres tras un paso por París. Quería ser escritor. Había dejado la carrera de Derecho en tercer curso y estaba en esa etapa de la vida en que, si no media la suerte, corres el riesgo de estrellarte para siempre. Aún no había comenzado la carrera de Periodismo. Unos amigos me embarcaron en una manifestación contra la mili obligatoria en la zona de Atocha. Después de gritar y de correr delante de la policía acabamos tomando cañas en uno de los bares de la calle Santa Isabel. En la acera de enfrente había un puesto improvisado con libros de lance. Crucé y miré los títulos. No me sonaba de nada Patrick Modiano, pero me atrajo el argumento de Tan buenos chicos. Lo compré y regresé al bar haciéndome el intelectual delante de mis amigos. Esa misma tarde me senté por vez primera a leer al escritor francés que ayer fue reconocido con el premio Nobel. La novela, como buena parte de la obra de Modiano, volvía la mirada al pasado para contar esos trazos del tiempo que se nos quedan siempre a medias cuando los vivimos. En esa mirada hacia atrás no se regodeaba en lo perdido, ni maldecía lo que le había hecho daño. Contaba con sencillez y naturalidad lo que su memoria iba recreando en la ficción de sus personajes. Había leído muchas novelas con vueltas al pasado o con aproximaciones a los tiempos que creemos perdidos para siempre; pero en aquel libro encontré las sombras y esa especie de neblina que luego he rastreado en muchos otros escritores. Sus personajes eran casi barojianos, con apenas unos trazos lograba que mostraran toda su alma, y no hacía más que cambiar las descripciones por los enfoques detallistas de las miradas. Más tarde llegaron El libro de familia, La calle de las tiendas oscuras, Villa Triste o El Café de la juventud perdida. Salvando las distancias, cuando recuerdo sus argumentos lo emparento con Scott Fitzgerald, con Joseph Roth o con el propio Vila-Matas. París es casi el centro de sus recuerdos; pero siempre es un París de regresos, visto desde lejos, que es como también se presentan casi todos sus personajes, alongados a sus recuerdos, pero habitando el presente con la certeza de que solo es un argumento sobre el que escribir mañana.

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Títulos de crédito

Iba al cine solo para leer su nombre. Todos lo daban por muerto. Se había marchado hacía cuarenta años. Quería ser actor. A ella le dijo siempre que acabaría triunfando en Holywood. Le prometió que vendría a buscarla y que no se enamoraría de ninguna de aquellas actrices que los dos veían en las películas todos los domingos por la tarde. Se fugó cuando lo llamaron para ir al Cuartel. Ella le perdió la pista cuando estaba en París. Desde allí pensaba ir a Marsella para luego embarcarse camino de América. Nunca más le escribió. No le espera, hace años que sabe que no regresará a buscarla. Ella no se enamoró de ningún otro. Compró el cine del pueblo para que no lo cerraran. Era hija única y su padre le había dejado varias fincas en la zona más cara de la costa. Aquellos terrenos no valían nada hace años, pero ahora pujan por ellos las más lujosas cadenas hoteleras. Ya casi no quedan cines como el de este pueblo. Entra poca gente, pero ella no se pierde ni una sola película. Ha dado orden de que no enciendan las luces de la sala hasta que no terminen de salir todos los títulos de crédito. Lo busca en cada renglón que aparece en la pantalla. Lo ha encontrado dos veces como ayudante de transportista. Aparece el nombre que los dos idearon cuando él soñaba con ser Clark Gable. Tenía bigote y también era un hombre alto y muy apuesto.