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Una tarde de diciembre en Guadalajara

Hace un par de meses, un grupo de escritores canarios y una editora estuvimos por tierras mexicanas hablando de literatura, aprendiendo y disfrutando de unos días inolvidables. Uno de los motivos de ese viaje era la intervención en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIC), la gran fiesta literaria del mundo hispano, para hablar de nuestras obras y de la literatura que se está escribiendo en las islas. Íbamos invitados por la Cátedra Vargas Llosa, la Fundación Cervantes Virtual y la propia FIL. Estos días hemos recibido el vídeo íntegro de aquella intervención en la que participamos José Luis Correa, Rafael-José Díaz, Guadalupe Martín Santana y un servidor. Lo comparto con todos ustedes. (El sonido mejorará a partir del minuto 2′)

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Las tres despedidas

Lo vi salir varias veces. Estaba con los fumadores en la calle. Fumé muchos años. Cuando me junto con los que todavía prenden cigarros no busco volver a ninguna calada, o a lo mejor sí es verdad que me aprovecho de ellos para recordar los amores, las canciones o las ciudades que están unidas a ese humo casi azul que atraviesa algunas madrugadas.
Acababa de llegar de una charla literaria de Pablo Martín Carbajal con Daniel María en la Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria. Ahora estaba en la puerta de la exposición de Pedro Lezcano Jaén. Me perseguían los ojos de sus cuadros y toda la emoción que transmitía cada uno de sus trazos. Hay veces en el que el arte logra que se activen neuronas que uno ni siquiera sabe que lleva contigo a todas partes. En la puerta del Club de Prensa estaban Augusto Vives, Berbel, Magdalena Medina o Juan Carlos de Sancho. No todos estaban fumando. Juan Carlos vio salir a la misma persona dos veces, pero luego la encontraba lejos cuando quería despedirse. Intentaba acercarse, pero desaparecía misteriosamente al llegar a la esquina de la calle León y Castillo. Todo eso nos lo contó luego, cuando aquel hombre misterioso, que vestía un pulóver negro de cuello alto, se acercó a nosotros y le puso la mano en el hombro. Ni siquiera recuerdo que hubiera humo en ese momento. Le dijo que había necesitado despedirse tres veces para coincidir con él un momento. Al parecer estaba escrito que esa noche se viera con mi amigo en la puerta de la sala, pero Juan Carlos es uno de los seres más imprevisibles e inquietos que conozco, y no paraba de moverse de donde su propio destino quería colocarlo. Esa es la gente que luego cambia el mundo, la que consigue vivir escapándose incluso de lo que tenían escrito de antemano. El hombre nos miró también a nosotros, pero por lo visto no entrábamos dentro de su parafernalia nostálgica. Cuando se fue, Juan Carlos se quedó sin palabras. Encendió un cigarro y fumó en silencio durante largo rato. Después nos dijo que ese hombre había sido compañero de estudios en La Laguna. Según le habían contado, hacía años que había fallecido practicando esquí acuático en una playa de Punta Cana.