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Transfusiones

En aquellos años no hacían falta transfusiones para vivir otras historias. La gente leía o se contaba cuentos cuando se sentaba en una terraza o delante del fuego de una hoguera. Poco a poco se fue perdiendo el hábito de leer y de contar. Lo cambiaron por películas en las que ya aparecían las caras de los personajes o por virtualidades que les ahorraban mucho tiempo a la hora de imaginar un lugar desconocido. Se volvieron cómodos e indolentes. En los colegios fueron desechando cada vez más los libros y las operaciones matemáticas. Nadie valoraba a quien escribía. Se dejaron de vender sus libros o se pirateaban impunemente. Llegó un momento en el que ya nadie leía. Los escritores pasaban tantas necesidades que no tuvieron más remedio que vender la sangre cuando se la pidieron. Unos investigadores de una universidad de Melbourne habían descubierto que las historias no son más que células que corren por nuestra propia sangre hacia el cerebro hasta crear una ficción que las hacen parecer ciertas. Pagaban muy bien la sangre, a mucho mejor precio que los libros y las conferencias, y casi todos los escritores de aquella época fueron dejando bolsas de sueños en los congeladores de las universidades. Ahora solo tienes que pedir una transfusión de Paul Auster, de Murakami o de Coetzee para vivir en primera persona cualquiera de los argumentos que escribieron. Si te doy un libro, incluso un viejo libro electrónico, no sabrías qué hacer con él porque no serías capaz de interpretar ninguna de sus letras. Yo era muy niño entonces, pero recuerdo ver a mis padres y a mis abuelos leyendo a todas horas. Ya luego su propia sangre era la que terminaba reinventando los cuentos. Sus venas todavía eran abstractas.

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La recreación del detalle

La Academia Sueca sigue jugando con el Premio Nobel como si fuera una de esas liebres mecánicas que ponen en las carreras de galgos, y lo hace con escritores como Murakami o Philip Roth. El pasado año, en lugar de premiar a Roth, se fueron a Estados Unidos pero para buscar a Bob Dylan, un gran poeta y mejor cantante, pero no un escritor a la altura de Roth o de Auster, por ejemplo, que también aparece siempre en todas las quinielas y creo que merecía el Nobel mucho antes que Dylan y que otros muchos que lo han ganado en los últimos años. Para 2017 ya descartábamos a los norteamericanos por aquello del reparto del premio entre continentes, y por ello muchos confiábamos en que por fin se hiciera justicia con Murakami, pero no, en la Academia sí eligieron a un escritor nacido en Japón, pero fue a Ishiguro, gran escritor de nacionalidad británica, pero ni de lejos con la trayectoria del autor de Tokio Blues. Del nuevo premio Nobel he leído una novela, Los restos del día, y un libro de relatos, Nocturnos, y ambas obras presentan a un escritor con voz propia y, sobre todo, con una mirada distinta hacia occidente porque lo hace como si se asomara por una rendija y fuera contando detalles cotidianos de las sombras más que de las personas que está viendo al otro lado.
En Nocturnos juega con la música y logra una especie de composición jazzística, con historias que van y vienen entre las brumas de la noche y los acordes hasta confluir en una metáfora. En la novela, en cambio, recuerdo la introspección, lo psicológico, como un viaje hacia la conciencia de quien observamos hasta descubrir que, como en la vida, casi siempre hay una persona distinta a la que vemos actuar cotidianamente. Esa observación, además, tiene mucho que ver con los pasados que se ocultan. En ese caso es el ocultamiento de un pasado fascista lo que revuelve toda la novela, aunque el punto ciego de la misma, lo que nos atrae, son todas las pistas que nos va dando el protagonista antes de que lleguemos a la evidencia, porque casi siempre la evidencia es lo menos importante, y lo que realmente nos atrae de un relato son los recovecos, las entradas en habitaciones oscuras, lo que no se espera, toda esa panoplia que es la vida cuando se confunden las sombras con las conciencias.
Ishiguro forma parte de los escritores que viven en Londres pero mantienen la mirada y la tradición literaria de sus lugares de origen dando una voz distinta a la lengua inglesa. Digamos que sigue la estela de Naipaul, de Rusdhie o en su momento, antes de mudarse a Australia, de Coetzee, aunque estos llegaron con algo más de edad. Como hace Naipaul cuando cuenta la vida británica, Ishiguro se asoma con esa perspectiva que aporta quien proviene de una tradición cultural distinta. Y lo bueno de este premio es que todos iremos a buscar la obra de Ishiguro, y que se hablará de novelas, y a estas alturas creo que es en las novelas donde mejor podemos entendernos.

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Lennon

Leía a Murakami contando el impacto que vivió cuando escuchó Please Please me de los Beatles siendo un niño en Kobe. El novelista cuenta en De qué hablo cuando hablo de escribir su acercamiento a la literatura y a todos aquellos detalles de su vida que le fueron acercando a la ficción y a la búsqueda de nuevos caminos a través de las palabras. Habla de azar todo el tiempo, de azar y de emociones, de esos momentos que a veces, cuando los vivimos, no somos capaces de registrar como trascendentes en nuestras existencias. La canción de los Beatles fue uno de sus momentos memorables, uno de esos impactos que le cambiaron la percepción del mundo y de todo lo que le rodeaba.
Yo leía el libro y paré un momento para recordar esa canción del grupo de Liverpool. Busqué en YouTube y apareció un concierto de los comienzos de los Beatles, todavía con los trajes y con ese flequillo que reconocemos como uno de los iconos del siglo XX. Una niña de cinco años escuchó la canción y se paró a ver el vídeo conmigo. Le expliqué quiénes habían sido los Beatles y le dije cómo se llamaba cada uno de ellos. Me preguntó si todavía cantaban y entonces le conté que se habían separado hacía muchísimos años y que dos de ellos ya estaban muertos. Me preguntó por los que ya no estaban, y más tarde por la razón de sus muertes. Le dije que a Lennon lo había matado un hombre malo en las calles de Manhattan. Le cambió la cara. Y entretanto, en el Ipad, saltó el vídeo de aquel último concierto que dieron desde la azotea de Apple Corps, y aquellos Beatles, distintos a los jóvenes imberbes, cantaban Don´t let me down con su estética hippie, con grandes abrigos y el pelo largo, y Lennon con esas gafas redondas que también forman parte de las imágenes del pasado siglo XX. La niña miró a Lennon y me preguntó que por qué habían matado a ese hombre con cara de buena persona que cantaba desde esa azotea pensando que era eterno. No supe qué responderle. Improvisé diciéndole que estaba vivo en su música y que por eso lo estábamos viendo ahora, pero ella insistía en la razón del asesinato, en por qué Mark David Chapman disparó contra su cuerpo delante del edificio Dakota. Tal vez no tenía que haberle dicho la verdad. Le contesté que el asesino era un hombre que tenía problemas mentales, pero ella seguía buscando una razón a esa sinrazón de un ser humano matando a otro ser humano en cualquier parte del planeta. Mientras, el Ipad seguía emitiendo vídeos de los Beatles de una forma azarosa. Sonó Hey Jude y los dos nos callamos. Paul y John coreaban el estribillo de esa canción. La niña seguía mirando a los ojos de Lennon. Yo tampoco he encontrado la respuesta. Sigo sin entender por qué los humanos continuamos matándonos como salvajes depredadores que se niegan a entender el sentido de la vida y de la muerte.