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El parisino mudo

Abría la boca para que todos creyeran que estaba cantando. Llevaba más de un año sin emitir un solo sonido en los conciertos. Únicamente cantaba en los ensayos. Le costó más de veinte años llegar al coro de la Orquesta de París. Realmente lo único que quería era vivir junto al Sena y solo sabía cantar. Se quedaba mudo delante de tanta gente; pero había aprendido a fingir y nadie se percataba de sus silencios. No sentía ningún rubor cuando le aplaudían. Podía pagar un pequeño apartamento junto a la Rue de Rivoli y sentarse cada tarde a ver pasar a la gente desde cualquiera de las terrazas de Montparnasse. Se conformaba con eso. A veces amaba a alguien, pero jamás compartía su espacio ni el escenario de sus sueños. Desde niño se había sentido parisino aunque había nacido en el otro lado del planeta. Maldecía la rebeldía de su voz cuando regresaba a casa caminando por la ribera del Sena. Lo más terrible era que todos sus compañeros lo felicitaban efusivamente después de cada uno de los conciertos. También su director, que había nacido cerca de su misma calle en Buenos Aires, le decía todo el rato que tenía que convertirse en solista para aspirar a otros logros profesionales. No entendía nada y seguía fingiendo que cantaba cada vez que comenzaba a sonar la música en la sala de conciertos.

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La pistola de Larra

Los suicidas casi nunca avisan. Lo leí una vez en los diarios de mi tatarabuelo. Desaparecieron cuando murió mi abuelo y cada cual se fue llevando recuerdos de su casa. Yo estudiaba lejos y no le dije a mi padre que se preocupara por aquellas páginas que casi me sabía de memoria. Mi tatarabuelo fue poeta y periodista antes de terminar ejerciendo de notario en estas islas tan alejadas de los escenarios en los que discurrían aquellas aventuras que tantas veces entretuvieron mi adolescencia soñadora. Había sido amigo y compañero de Larra en el periódico y en las parrandas noctívagas del Foro. Fueron inseparables desde los tiempos del Parnasillo, en la calle del Príncipe. Allí contaba que se emborrachaban casi a diario y que improvisaban versos que luego rompían antes de pedir la cuenta. Eran jóvenes y soñadores, o alocados, que era lo que escribía siempre en aquellas páginas. También estaban Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega y muchos otros cuyos nombres hoy no dicen absolutamente nada. Cada vez que paro por Madrid me acerco al Museo Romántico de la calle San Mateo a contemplar la pistola con la que Larra se pegó el tiro en la sien en la calle Santa Clara, casi al lado del Teatro Real y de la Plaza de Oriente. Mi tatarabuelo escribía que no se había matado por Dolores Armijo sino por la impotencia de no poder vivir como quería. No lo esperaban. Lo había pasado peor en otros momentos, sobre todo cuando coincidieron en París y jugaron a morir muchas veces entres las tumbas del cementerio de Montparnasse. Bebían hasta perder el conocimiento buscando versos que se ahogaban en el mismo alcohol que los estaba matando. Mi tatarabuelo había tenido muchas veces aquella pistola entre sus manos. No he podido tocarla nunca en el museo; la tienen en una urna de cristal donde imagino que aún estará resonando el eco de aquel disparo fatal e inevitable. Larra no dejó escrito nada cuando decidió matarse. Su cadáver lo encontró su hija Adela. Tenía solo seis años. Mi tatarabuelo dejó Madrid poco tiempo después de perder a su amigo. Si exceptuamos esos diarios que ahora debe tener algún pariente cercano, sus únicas palabras quedaron en actas notariales. Jamás volvió a beber alcohol ni a escribir versos incendiarios.
(Aviso a navegantes: cualquier parecido con la realidad seguro que es posible, pero de momento no me consta que fuera verdad esto que he escrito)