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Días de paso

Javier Estévez acaba de publicar su primera novela. Para cualquier escritor ese momento es inolvidable. No es su primer libro publicado, pero sí el primero en el que la ficción trata de contar lo que a veces no conseguimos entender por más que tengamos las respuestas delante de nuestros propios ojos. La vida no se entiende aun siendo tan diáfana o tan sencilla como todo lo que aparece y desaparece a diario sin que nos demos cuenta. Javier es de mi pueblo, algo más joven que yo, pero está igual de marcado por la literatura en los mismos colegios y con la misma profesora. Siempre nombro a María Teresa Ojeda como una de las personas que me dejó letraherido de por vida. De sus clases han salido casi una decena de escritores y Javier es el último de ellos. Días de paso es una historia centrada hace dos siglos en Lucena, que sería un remedo de Guía de Gran Canaria. Además de contar numerosos sucesos que cambiaron muchas cosas de nuestro entorno, se plantea esa universalidad que tienen siempre los temas esenciales de nuestra propia existencia. Al final escribimos solo para buscar respuestas, o para ponernos en el lugar del otro como si fuéramos nosotros mismos o como si intuyéramos que no somos mucho más que un sueño pasajero.
Un viajero al que el azar acaba trayendo a Gran Canaria termina en Lucena viviendo en primera línea la epidemia de fiebre amarilla que sufrió la isla hace doscientos años. Aparecen personajes reconocibles como Canónigo Gordillo o Luján Pérez y también se retrata perfectamente el ambiente, la situación política y el habla de la época. Javier es un geógrafo con una pasión extrema por los árboles. Ya había publicado hace años el libro Gigantes en las Hespérides sobre los árboles más emblemáticos de las islas. Aquí se adentra en lo que en 1812 quedaba del bosque de Doramas y nos cuenta todo lo que él sabe y lo que añora de aquellos paisajes que entonces comenzaban un deterioro cada día más descorazonador. Un árbol contiene la memoria de miles de hombres y ha visto pasar más tiempo y más pájaros que cualquiera de nosotros. En la novela, que está estructurada como un diario que permite que nos asomemos todavía más cerca al alma del personaje principal, se dice que la vida pasa en silencio, sin hacer ruido, y tal vez por eso mismo el pasado que no se cuenta camina más veloz hacia el olvido, o queda a oscuras cuando ni siquiera somos capaces de imaginarlo. Javier Estévez logra que viajemos en el tiempo y que sintamos el miedo que tuvieron nuestros antepasados ante las epidemias. También consigue que nos reconciliemos con la naturaleza; pero sobre todo logra que la emoción de la palabra nos ayude a entender un poco mejor lo que tantas veces pasa de largo ante nuestra propia sombra o ante otras miradas que no son más que el anticipo de una gran historia.
Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

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María Teresa Arias

2c4cf0dca62a395e21ea7337d738b0cc.jpg A veces la vida te permite agradecer lo que te dieron. Hace un rato, en un encuentro con Andrés Trapiello en la Casa-Museo Pérez Galdós, con dos salas a resobar, alguien me preguntó sobre la influencia de mis profesoras en el acercamiento a la obra de Don Benito. Cité a Eduardo Perdomo de la Guardia, a María Teresa Ojeda y a María Teresa Arias. Esta última fue la que me prestó mis primeros libros de Galdós cuando tenía 16 años. Al salir del acto, recibí un mensaje de mi amiga Ana Delgado agradeciendo que citara esos nombres de profesoras comunes e informándome de que hacía solo unos días que había muerto María Teresa Arias. No lo sabía. Qué decir cuando la vida te permite agradecer públicamente, cuando tienes ocasión, a quienes, con sus pequeños gestos, cambiaron por completo a aquel adolescente que solo soñaba con jugar al fútbol o buscar novias de las que enamorarse.