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Loli Martín Ferrera

Es mentira que no interese la cultura. Hoy comienzo a impartir una nueva edición del Taller de Escritura de �?mbito Cultural, en El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria. Será la cuarta edición que imparta. Este taller lo inauguró Lola Campos-Herrero, que es realmente la que sentó las bases de ese milagro y la que, con su generosidad y su talento, logró reactivar hace unos años las iniciativas literarias en la isla. Cada vez que empiezo la tengo presente y sé que, de alguna manera, ella está en algún lugar de la sala echándonos una mano. Cuando Lola falleció siguió con el taller otra buena amiga, Marisol Llano Azcárate. Jamás había dado clase y quienes me conocen saben lo poco que me gusta hablar en público; pero no pude negarme, como tampoco me negué en su día cuando Lola me llevó como escritor invitado a una de las ediciones de ese mismo taller. Siempre digo que fue esa la primera vez en que me pude sentir escritor, una palabra que a día de hoy me sigue dando rubor escuchar cuando me presentan. No conocía entonces a Lola, y a partir de ese momento solo encontré una mano extendida y generosa que no hacía más que generar confianza a su alrededor. Ese es el espíritu que me planteo cada año cuando comienza el taller. Cuento con el apoyo del escritor y responsable de �?mbito, Pablo Sabalza, y este año con la maestría de dos grandes de la literatura contemporánea, el poeta cubano Manuel Díaz Martínez y el novelista y buen amigo, Emilio González Déniz, que impartirán sendas lecciones magistrales.
Cuando se abrió la matrícula este año, en apenas unos días ya estaban cubiertas las ciento treinta plazas disponibles y había medio centenar de personas en lista de espera. No entiendo cómo puede decir alguien que hay crisis literaria. Entre esas personas vuelve a estar Loli Martín Ferrera. La nombro porque quiero transmitirle públicamente lo mucho que la admiro y que la respeto. Loli tiene ochenta años y siete hijos a los que, con mucho esfuerzo y con el apoyo de su marido Gerardo, facilitó el acceso a titulaciones universitarias. Ella ya ha publicado varios libros de cuentos, relatos y recuerdos. La primera vez que le pregunté que por qué asistía al taller me dijo que si no escribía su pasado, sus nietos jamás iban a saber quién era ella, quién fue su abuelo y cómo vivieron sus padres cuando eran pequeños. Loli se sienta entre alumnos de todas las edades. Soy yo quien realmente está aprendiendo cada año con ellos. Lo que uno no escriba no lo podrá escribir nunca nadie. Da lo mismo que sean vivencias reales o inventadas. Lo que no queda escrito no llega a ninguna parte. Loli, un año más, estará sentada mañana en la segunda fila de la sala. La única edad que vale es la que nos permite no dejar nunca de seguir creciendo por dentro.

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Sergio Alzola

La música es una puerta por la que salen las emociones más escondidas en el alma. También logra que reaviven los recuerdos que uno creía perdidos para siempre. Basta un acorde para besar de nuevo a quien no ves desde hace años o para reconocer un perfume que lograba alterar todos tus sentidos enamorados. Muchos fuimos llegando a la poesía a través de los cantautores que íbamos descubriendo a medida que el mundo se nos volvía cada vez más complicado. Serrat, Silvio Rodríguez, Aute, Víctor Manuel, Pablo Milanés o Braulio le empezaron a poner letras a nuestros primeros amores y también a los estrenos de nuestros primeros desencantos. Luego la música fue llevándonos a otra parte, y también la poesía se fue buscando nuevos horizontes por los que asomarnos a los espejismos de nuestra propia mirada. Pero siempre volvemos a aquellas primeras canciones que conservan milagrosamente la memoria sin alterar un acorde y sin extraviar ni uno solo de los versos que tantas veces entonábamos queriendo encontrar razones para seguir soñando.
Estos días he escuchado las canciones de alguien que recoge el testigo de todos esos cantantes que he ido nombrando. Y lo bueno es que al igual que otros cantautores canarios ha logrado mantener a salvo la impronta de su propia voz reconocible. Ese cantautor del que hoy me gustaría escribirles se llama Sergio Alzola. Lo conocí hace años cuando presentaba una de mis novelas en Madrid y le he venido siguiendo la pista a través de las redes sociales o por amigos comunes. El otro día coincidimos en un homenaje al gran poeta cubano Manuel Díaz Martínez y en ese encuentro se confirmó todo lo que yo venía vislumbrando en sus canciones. Cuando alguien viaja lejos, lee mucho y mantiene a salvo la inocencia de su mirada no hace otra cosa que ir conformando la sombra del poeta que le acompaña. Sergio Alzola es un gran poeta y un gran cantante. No dejen de buscar sus discos, sobre todo Tricontinental, una fusión de países y de ritmos en donde se reconoce la universalidad y el alisio libre de prejuicios de los canarios que se han negado a perder su eterna vocación de navegantes. Se cruza La Habana de la mano de la gran literatura de Juancho Armas Marcelo; pero también te adentras en Chile, en París, en Nueva York o en Australia antes de remojarte en la amniótica marea de la playa de Las Canteras o en la memoria de esa infancia insular que tanto se parece a los sueños cuando uno la recrea lejos de los tópicos o de los ismos interesados. Uno agradece que no envejezcan las canciones y que siga sonando la música con otros acordes que logren reavivar nuestras maltrechas almas anestesiadas por una realidad tan malsonante. Escuchen a Sergio Alzola. Es mentira que la música y la poesía estén calladas.