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Gershwin

Iba silbando música de Gershwin para soñar que paseaba por Manhattan. Saludaba a la gente, pero nadie lo veía alzar la mano. No sabía que los muertos a veces siguen caminando hasta que dan con la salida al final de alguna calle lejana.

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Ana

No hace falta viajar para encontrar pequeños lugares en donde el tiempo parece que nunca pasa de largo. Hace unos días visité El Carrizal de Tejeda. Solo viven once personas y treinta perros. Ellos te cuentan que hay más perros que humanos. Casi todos se fueron muriendo o marchándose lejos. También hay dos niños pequeños que suben cada día al colegio en Tejeda. Uno de esos niños te recita uno a uno todos los apodos de los pocos que quedan. Cada perro tiene nombre y camina persiguiendo la sombra de sus dueños por las calles o por los riscales que conducen a las cuevas. Los fines de semana llegan algunos de los que viven en la capital y cada día aparecen grupos de extranjeros que uno no entiende cómo logran encontrar sitios tan recónditos como ese. Pegas la hebra con los más viejos y te cuentan historias que cualquier escritor llevaría sobre la marcha a los papeles. Yo llegué al Carrizal de Tejeda justamente por esas historias. Quería conocer el escenario en el que Ana Medina, una señora sabia con muchos años a sus espaldas, situaba casi todos sus recuerdos. Ana asiste en Arucas a un taller literario que estoy impartiendo con algunos mayores del Instituto Social y Sociosanitario del Cabildo de Gran Canaria. Según llegué entendí la magia de esos relatos que narra prodigiosamente. Siempre habla de la luz de ese lugar, de los olores, del barranco y de las sombras de cada uno de esos inmensos riscales que te hacen sentir tan poca cosa al mismo tiempo que te engrandecen.
Vistos desde lejos da lo mismo que estemos en Manhattan o en El Carrizal de Tejeda, o que vayamos inventando ciudades a medida que vamos leyendo. Uno ha estado en Comala cientos de veces, y hay lugares de nuestras cumbres en donde me atrevería a afirmar que Rulfo sigue haciendo hablar a todos los muertos. Esas historias que cuenta Ana podrían integrar cualquier libro de relatos porque lo literario es todo aquello que termina siendo épico en nuestros sueños. Los argumentos de esos barrancos suelen ser orales, y se repiten en el silencio de las tardes con la misma cadencia con la que escuchas cantar a los pájaros que revolotean entre los frutales y las palmeras que llevan siglos hermoseando las laderas. Hay días en que soñamos con dejarlo todo y perdernos en cualquiera de esos parajes olvidados con unos cuantos libros y nuestro propio silencio. Ya sé que luego no tiene por qué ser tan idílico lo que uno sueña; pero tranquiliza encontrar esos pequeños lugares detenidos en el tiempo. Esos dos niños nos contarán algún día lo que allí vivieron. Los perros también caminan junto a ellos. Once personas y treinta perros. Me gustan los lugares donde reconocen a cada uno de sus perros. El que tenía Ana se llamaba Tremendo y cuando aullaba todos sabían que estaba anticipando alguna muerte.