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Tan buenos chicos

Hay escritores que logran cambiar nuestros propios argumentos. Vas pasando páginas sin darte cuenta de que te estás quedando para siempre en cada una de ellas. Patrick Modiano es uno de esos escritores. Solo con el paso del tiempo, te das cuenta de que sus propuestas literarias se terminan entremezclando con las tuyas y con las de otros escritores igual de hipnóticos. No somos más que una suma de historias que vamos viviendo o leyendo. Con el paso de los años, incluso los recuerdos nunca son del todo nuestros.
Me acuerdo del momento en que descubrí la obra de Modiano. Año 1990. Recién llegado de Londres tras un paso por París. Quería ser escritor. Había dejado la carrera de Derecho en tercer curso y estaba en esa etapa de la vida en que, si no media la suerte, corres el riesgo de estrellarte para siempre. Aún no había comenzado la carrera de Periodismo. Unos amigos me embarcaron en una manifestación contra la mili obligatoria en la zona de Atocha. Después de gritar y de correr delante de la policía acabamos tomando cañas en uno de los bares de la calle Santa Isabel. En la acera de enfrente había un puesto improvisado con libros de lance. Crucé y miré los títulos. No me sonaba de nada Patrick Modiano, pero me atrajo el argumento de Tan buenos chicos. Lo compré y regresé al bar haciéndome el intelectual delante de mis amigos. Esa misma tarde me senté por vez primera a leer al escritor francés que ayer fue reconocido con el premio Nobel. La novela, como buena parte de la obra de Modiano, volvía la mirada al pasado para contar esos trazos del tiempo que se nos quedan siempre a medias cuando los vivimos. En esa mirada hacia atrás no se regodeaba en lo perdido, ni maldecía lo que le había hecho daño. Contaba con sencillez y naturalidad lo que su memoria iba recreando en la ficción de sus personajes. Había leído muchas novelas con vueltas al pasado o con aproximaciones a los tiempos que creemos perdidos para siempre; pero en aquel libro encontré las sombras y esa especie de neblina que luego he rastreado en muchos otros escritores. Sus personajes eran casi barojianos, con apenas unos trazos lograba que mostraran toda su alma, y no hacía más que cambiar las descripciones por los enfoques detallistas de las miradas. Más tarde llegaron El libro de familia, La calle de las tiendas oscuras, Villa Triste o El Café de la juventud perdida. Salvando las distancias, cuando recuerdo sus argumentos lo emparento con Scott Fitzgerald, con Joseph Roth o con el propio Vila-Matas. París es casi el centro de sus recuerdos; pero siempre es un París de regresos, visto desde lejos, que es como también se presentan casi todos sus personajes, alongados a sus recuerdos, pero habitando el presente con la certeza de que solo es un argumento sobre el que escribir mañana.

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Juancho

La vida que no se cuenta se acaba un poco antes. Galdós ya escribió en Fortunata y Jacinta que por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela. La ficción no deja de ser más que un juego de espejos de nuestra conciencia, una defensa propia ante el inevitable olvido. Cuando alguien escribe recuerdos está salvando náufragos que se quedaron en otro tiempo, con otra gente y a otras edades que en la distancia parecen tan lejanas como irreales. Estos días he tenido la suerte de leer el adelanto de las memorias de Juancho Armas Marcelo. El texto bucea, siguiendo esa búsqueda entre sombras de la que hablaba Kafka, en la vida del escritor grancanario desde su infancia hasta 1980. Es el primer tomo de los dos que integrarán su vida contada. En casi cuatrocientas páginas uno no para de disfrutar de una literatura envidiable que te va llevando en volandas a medida que avanzas páginas.
Ese libro lo tiene todo para quedarse una vez salga a la luz en 2015: divertimentos, grandes escritores, emociones, historias, olores, islas, continentes, francachelas, amores, familias, patrias, infancias y, por supuesto, fútbol y literatura. Es valiente a la hora de contar y de ir desgranando vivencias. Están los días aciagos, los momentos en que la biografía que hoy conocemos se pudo quedar en un mero intento, y también aparecen los pasos valientes ante los cambios de escenarios y la inquebrantable vocación de alguien que quiso ser escritor por encima de todas las cosas y al margen de todos los consejos. Para dar con Juancho estos días necesitaríamos algunas de aquellas palomas mensajeras que criaba en su casa de Vegueta cuando era un adolescente que soñaba con ser futbolista. En las últimas semanas, los amigos hemos recibido correos suyos desde Tokio, Cartagena de Indias, Lima o Panamá, en donde se le ha nombrado miembro de la Academia de la Lengua. Esta última semana ha estado en Oxford, ahí es nada, impartiendo una conferencia y participando en una charla organizada por el Instituto Cervantes. Pero entre viaje y viaje trata de no estar mucho tiempo sin aparecer por Las Canteras, su lugar en el mundo junto con ese Madrid que ha contado con la misma pasión y los mismos ojos de asombro con que lo hizo su paisano Galdós.
En este tomo de memorias salen todos los que formaron parte de su vida en los años que cuenta, y no se anda con medias tintas a la hora de declarar sus filias y sus fobias personales. Pero sobre todo, el libro nos ofrece distintas miradas de unos tiempos en los que Armas Marcelo estuvo en contacto con un mundo literario, periodístico y político que luego acabó escribiendo la vida que encontramos los que fuimos llegando un poco más tarde. No dejen de acercarse a este libro cuando lo vean en los escaparates. Se cuenta un escritor. Sin censuras, sin medias tintas. Con palabras.

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No era solo la magdalena

Aprendimos que el sabor termina siendo la esencia de casi todos los recuerdos. También supimos del amor, o descubrimos que cualquier detalle cotidiano puede convertirse en una página inolvidable si aprendes a buscar más allá de lo que tienes delante. Quienes escribimos recreamos mentalmente ese sueño de poder quedarnos en un diván a leer y a escribir historias todo el tiempo. Los encamados cambian la vida real por la literaria. Muchos años después que Proust vimos a Onetti metido en la cama de aquella casa de la Avenida de América de Madrid sin tener que quitarse nunca el pijama para seguir viviendo. Supongo que cumplió ese sueño que todos idealizamos siempre que vemos cómo va pasando el tiempo lejos de las palabras.
Marcel Proust nos enseñó un dandismo sin grandes aspavientos, un dolce far niente en el que el único esfuerzo era cambiar el color de los recuerdos. Todo lo que se escribe se inventa. Ese mundo de Guermantes no fue como sucedió sino como quedó escrito, y quien cuenta lo hace siempre eligiendo una determinada perspectiva o cambiando lo que no vale la pena recordar o no merece siquiera un renglón que le salve del olvido.
Recuerdo una noche de verano de hace unos treinta años. Iba rastreando entre los libros que todos decían que había que leer si uno quería ser escritor. Un día me acercaba a Madame Bovary, otro a Crimen y Castigo o al Quijote, a Cien años de soledad, a Conversación en la Catedral, a las desventuras del Werther de Goethe, a la Isidora Rufete de Galdós, al Ulises de Joyce, a Gregorio Samsa o a la Maga de Cortázar. No hacía más que tantear los universos que los más grandes ya habían descubierto mucho antes. Así recuerdo que llegó a mis manos Por el camino de Swann. Los libros creo que llegan en su justo momento, por eso no hay que precipitarse nunca; y además unos llaman a los otros trazando un camino que luego, con los años, descubres que fue tan determinante como el de los pasos que te fueron moviendo por el mundo. Recuerdo el impacto de los detalles y de las evocaciones, y también aquel aprendizaje del amor. Con Stendhal, sobre todo con Rojo y Negro, y con Proust aprendí que las grandes pasiones, además de mover el mundo, también eran las que daban sentido a casi todos los argumentos literarios. El personaje, como yo cuando era aquel adolescente que desesperaba por cualquier desengaño, descubría que nunca vale la pena morir de amor por nadie. Luego llegaron A la sombra de las muchachas en flor o El mundo de Guermantes. He recorrido varias veces las calles de París buscando referencias proustianas por todas partes. Marcel Proust no escribió unas memorias ni unas crónicas de su tiempo. Reescribió la vida que le había tocado. Y además nos enseñó que uno encuentra un mundo; pero que nunca ha de conformarse con lo que tiene delante. Un dandi cambia todos los guiones y se mueve como le da la real gana, provocando casi siempre el escándalo entre los puritanos y entre quienes pactaron alicortos sueños de andar por casa. No solo era la magdalena. Había mucho más. Aprendimos a escribir como si fuéramos otros sin dejar de asomarnos nunca a nuestros propios recuerdos idealizados. También descubrimos que todo lo vivido no es más que un anticipo de lo que algún día acabaremos enumerando en alguna página literaria.
Este artículo fue publicado ayer en el suplemento de cultura Pleamar de Canarias 7