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Lennon

Leía a Murakami contando el impacto que vivió cuando escuchó Please Please me de los Beatles siendo un niño en Kobe. El novelista cuenta en De qué hablo cuando hablo de escribir su acercamiento a la literatura y a todos aquellos detalles de su vida que le fueron acercando a la ficción y a la búsqueda de nuevos caminos a través de las palabras. Habla de azar todo el tiempo, de azar y de emociones, de esos momentos que a veces, cuando los vivimos, no somos capaces de registrar como trascendentes en nuestras existencias. La canción de los Beatles fue uno de sus momentos memorables, uno de esos impactos que le cambiaron la percepción del mundo y de todo lo que le rodeaba.
Yo leía el libro y paré un momento para recordar esa canción del grupo de Liverpool. Busqué en YouTube y apareció un concierto de los comienzos de los Beatles, todavía con los trajes y con ese flequillo que reconocemos como uno de los iconos del siglo XX. Una niña de cinco años escuchó la canción y se paró a ver el vídeo conmigo. Le expliqué quiénes habían sido los Beatles y le dije cómo se llamaba cada uno de ellos. Me preguntó si todavía cantaban y entonces le conté que se habían separado hacía muchísimos años y que dos de ellos ya estaban muertos. Me preguntó por los que ya no estaban, y más tarde por la razón de sus muertes. Le dije que a Lennon lo había matado un hombre malo en las calles de Manhattan. Le cambió la cara. Y entretanto, en el Ipad, saltó el vídeo de aquel último concierto que dieron desde la azotea de Apple Corps, y aquellos Beatles, distintos a los jóvenes imberbes, cantaban Don´t let me down con su estética hippie, con grandes abrigos y el pelo largo, y Lennon con esas gafas redondas que también forman parte de las imágenes del pasado siglo XX. La niña miró a Lennon y me preguntó que por qué habían matado a ese hombre con cara de buena persona que cantaba desde esa azotea pensando que era eterno. No supe qué responderle. Improvisé diciéndole que estaba vivo en su música y que por eso lo estábamos viendo ahora, pero ella insistía en la razón del asesinato, en por qué Mark David Chapman disparó contra su cuerpo delante del edificio Dakota. Tal vez no tenía que haberle dicho la verdad. Le contesté que el asesino era un hombre que tenía problemas mentales, pero ella seguía buscando una razón a esa sinrazón de un ser humano matando a otro ser humano en cualquier parte del planeta. Mientras, el Ipad seguía emitiendo vídeos de los Beatles de una forma azarosa. Sonó Hey Jude y los dos nos callamos. Paul y John coreaban el estribillo de esa canción. La niña seguía mirando a los ojos de Lennon. Yo tampoco he encontrado la respuesta. Sigo sin entender por qué los humanos continuamos matándonos como salvajes depredadores que se niegan a entender el sentido de la vida y de la muerte.

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Cuando lo vi llevaba una camiseta con la cara de John Lennon. Estaba tremendamente gordo, tan gordo que las patas de las gafas del cantante le salían por los costados. Sabía que era el ex Beatle porque aparecía su nombre escrito en el centro de la camiseta. Toda aquella grasa distorsionaba la cara y hasta el pelo largo parecía una de esas riadas que se forman cuando llueve inesperadamente. Si le mirabas casi parecía una réplica de la camiseta que llevaba puesta. Se paseaba por el patio del Psiquiátrico de Murcia hablando en inglés con un rastafari rubio que decía que era Bob Marley y con otro empeñado todo el tiempo en imitar el sonido de la guitarra de Jimi Hendrix. Dejé que me cantara el Imagine y ahora estoy en mi despacho sin saber qué medicación tengo que prescribirle para que deje de sentirse un chico de Liverpool que comenzó cantando en el Cavern Club a principios de los años sesenta.