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Sueños de cine

La playa de Las Canteras es el regreso a casa cada verano. Los canarios, cuando estamos lejos, rememoramos el mar como otros rememoran la nieve o las montañas. Nuestro mejor abrazo siempre lo encontramos en la marea. Hay muchas playas, muchas orillas, recuerdos de huellas en la arena o de callaos que moldearon la planta de nuestros pies cuando éramos niños. Siempre está presente el rumor del mar, da lo mismo lo ruidosa que sea la ciudad que habitemos o lo lejos que esté de la costa. Buscamos el olor de la sal al doblar cualquier esquina o en los horizontes en los que siempre terminamos trazando espejismos con nuestra propia mirada.
Cuando llegamos a Las Canteras nos vamos reconociendo casi todos los que de una manera o de otra estamos unidos hace años a Las Palmas de Gran Canaria. Hay amigos que solo encuentras cuando acudes a esa playa. Tal vez porque ahí sí nos dejamos ver tal como somos, y con un par de baños dejamos atrás toda la mediocridad y la grisura de lo cotidiano. Hace unos días, en una de esas tardes radiantes que luego nos parecen imposibles cuando estamos lejos, me encontré al director de cine y guionista Félix Sabroso. Hablamos de la vida y de la muerte, de la ausencia de su inseparable Dunia Ayaso, de lo difícil que está ahora mismo sacar adelante una película o publicar un libro, de cómo hemos dejado que todo se lo haya llevado por delante esa insensatez que transita a tanta velocidad que no nos deja nunca disfrutar de ningún paisaje: las canciones, los libros, las películas y hasta nuestras propias vivencias son tan efímeras que nos terminan pareciendo mentira, o resultan irreales, al paso de unos meses. También hablamos de sueños, de cuando Félix y Dunia aún no habían partido hacia Madrid y ya soñaban las películas que luego filmaron exitosamente. Coincidimos hace treinta años en un taller de guion en el antiguo Centro Insular de Cultura. Lo impartían Lola Salvador y Joaquín Oristrell. Allí también estuvo el gran Helio Quiroga y la inolvidable Lilian Ordieres. Yo entonces estudiaba segundo de Derecho pero solo quería ser escritor, y en aquel taller aprendí que los sueños solo se consiguen con insistencia, creyendo en ellos a pesar de los agoreros y los que destruyen. Un par de años después me encontré a Dunia y a Félix por Madrid. Yo había ido a estudiar Periodismo y ellos empezaban a buscarse la vida en el Foro escribiendo guiones para los canales privados que comenzaban entonces. Después llegaron sus películas, su cercanía con Pedro Almodóvar, quien les terminó produciendo algunos de sus trabajos, y la consecución de un estilo reconocible dentro de la cinematografía española. Ya Dunia no está. Su muerte nos dejó helados a todos los que la conocíamos. Félix sigue creando y soñando imágenes. Resistiendo, bañándose en ese mar de Las Canteras en el que vuelve a ser niño por un rato.

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La ruta de las caras

Solo conocemos lo que miramos. Podemos estar toda la vida recorriendo las mismas calles sin descubrir el arabesco de una cenefa o la declaración de amor que alguien escribió hace muchos años en una puerta desgastada. En las carreteras no apartamos los ojos del horizonte que tenemos delante. A los lados van quedando ruinas de casas venidas a menos, fincas de plataneras, muros de piedra o esos pedregales que cuando cae la tarde confundimos con ciudades olvidadas. Nuestra vida no es más que una perspectiva de nuestra propia mirada, un enfoque que se apaga cada dos por tres en un inconsciente parpadeo, esos miles de fotogramas que acaban confundiendo a la memoria cuando se enredan el olvido y el tiempo.
Hace unos meses, cuando paseábamos por las calles de Vegueta, Francisco Lezcano me empezó a enseñar algunas de las caras que estaba fotografiando en las fachadas, los balcones o las azoteas de muchas casas centenarias. Había visto algunas, las que se cruzaban a la altura de mi mirada o las que descubría azarosamente al seguir el rastro de algún avión o de alguna estrella. La idea de Paco Lezcano nació a su vez de la mirada de Tomás Rivero, un hombre sabio que pasea mirando todo lo que le rodea y que durante años había ido descubriendo todos esos ojos que nos observan desde las casas. Francisco Lezcano me dejó hace días un vídeo que presentará mañana en el Museo Domingo Rivero. Estaban muchas de las caras que me enseñó en aquel paseo improvisado por Vegueta, pero también había otros rostros en la zona de Triana, en Arenales, en La Isleta y hasta en el mismísimo Paseo de Las Canteras. Durante años hubo gente que construyó sus viviendas tratando de incorporar algún detalle que embelleciera la fachada. Nosotros, con nuestras prisas, nuestra alicorta mirada y nuestras rutinas, podemos estar toda la vida pasando delante de la belleza sin darnos cuenta de que está todo el tiempo asomada a nuestro lado. Este trabajo de Paco Lezcano nos invita a que recorramos Las Palmas de Gran Canaria como la recorren esos sabios que, lejos de estar despistados, no hacen más que ampliar el horizonte de sus propios paisajes. De esas caras que nos miran por todas partes saben más los pájaros o las palomas que los ciudadanos. Les invito a que miren un poco más hacia arriba y hacia los lados. En la anchura y la altura de nuestros espacios influye más la metafísica que la matemática. Cualquiera de nosotros puede engrandecer un edificio siguiendo la silueta de su sombra o atisbando sus pequeños detalles. Para ello hay que aprender a seguir el rastro que otros fueron dejando. Si miras fijamente algunas de esas figuras que están en las casas te llegarás a ver reflejado en las miradas lejanas de quienes las habitaron. Todos esos ojos también fueron de alguien.

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Juancho

La vida que no se cuenta se acaba un poco antes. Galdós ya escribió en Fortunata y Jacinta que por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela. La ficción no deja de ser más que un juego de espejos de nuestra conciencia, una defensa propia ante el inevitable olvido. Cuando alguien escribe recuerdos está salvando náufragos que se quedaron en otro tiempo, con otra gente y a otras edades que en la distancia parecen tan lejanas como irreales. Estos días he tenido la suerte de leer el adelanto de las memorias de Juancho Armas Marcelo. El texto bucea, siguiendo esa búsqueda entre sombras de la que hablaba Kafka, en la vida del escritor grancanario desde su infancia hasta 1980. Es el primer tomo de los dos que integrarán su vida contada. En casi cuatrocientas páginas uno no para de disfrutar de una literatura envidiable que te va llevando en volandas a medida que avanzas páginas.
Ese libro lo tiene todo para quedarse una vez salga a la luz en 2015: divertimentos, grandes escritores, emociones, historias, olores, islas, continentes, francachelas, amores, familias, patrias, infancias y, por supuesto, fútbol y literatura. Es valiente a la hora de contar y de ir desgranando vivencias. Están los días aciagos, los momentos en que la biografía que hoy conocemos se pudo quedar en un mero intento, y también aparecen los pasos valientes ante los cambios de escenarios y la inquebrantable vocación de alguien que quiso ser escritor por encima de todas las cosas y al margen de todos los consejos. Para dar con Juancho estos días necesitaríamos algunas de aquellas palomas mensajeras que criaba en su casa de Vegueta cuando era un adolescente que soñaba con ser futbolista. En las últimas semanas, los amigos hemos recibido correos suyos desde Tokio, Cartagena de Indias, Lima o Panamá, en donde se le ha nombrado miembro de la Academia de la Lengua. Esta última semana ha estado en Oxford, ahí es nada, impartiendo una conferencia y participando en una charla organizada por el Instituto Cervantes. Pero entre viaje y viaje trata de no estar mucho tiempo sin aparecer por Las Canteras, su lugar en el mundo junto con ese Madrid que ha contado con la misma pasión y los mismos ojos de asombro con que lo hizo su paisano Galdós.
En este tomo de memorias salen todos los que formaron parte de su vida en los años que cuenta, y no se anda con medias tintas a la hora de declarar sus filias y sus fobias personales. Pero sobre todo, el libro nos ofrece distintas miradas de unos tiempos en los que Armas Marcelo estuvo en contacto con un mundo literario, periodístico y político que luego acabó escribiendo la vida que encontramos los que fuimos llegando un poco más tarde. No dejen de acercarse a este libro cuando lo vean en los escaparates. Se cuenta un escritor. Sin censuras, sin medias tintas. Con palabras.