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El inventor del pasado

La gente no le hace caso, pero a mí me gusta que me pare por la calle. Es verdad que cada día desvaría un poco más. Al principio empezó contando mentiras que podían ser creíbles, aunque poco a poco nos dimos cuenta de que era imposible que le tocara ser el protagonista de todos los acontecimientos. Lo mismo se tropezaba con el futbolista Pelé saliendo de una cafetería que con Bob Dylan en la puerta del supermercado. Si todavía estuviéramos en Londres, en París o en Nueva York a lo mejor podría resultar creíble, pero aquí no es fácil que uno tenga esos encuentros. Empezó con Pelé y luego acabó trayendo hasta personajes que ya habían muerto. Recuerdo cuando dijo que había estado con Napoleón en la playa o que había besado a Ava Gardner en una plaza del barrio viejo. No lo rechazo porque logra que la vida no aburra nunca. Los otros se burlan de sus trolas. Es cierto que ahora le ha dado por contar apariciones de fantasmas o por jugar a la metamorfosis como si fuese Ovidio o Kafka. No escribe. Ni siquiera aprendió a leer en la escuela. Se escapaba de clase y lo metieron a trabajar en una panadería cuando tenía ocho años. Jamás inventa el presente. Solo cambia el pasado, lo que fue ayer, o lo que uno imagina que quedó de todo lo que realmente pudo estar sucediendo. Un día me preguntó que qué diferencia había entre el pasado inventado y el que supuestamente fue cierto. No supe qué contestarle.

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Bajo el sol de los muertos

Portada.jpgCuando me preguntan qué es la literatura me veo casi siempre teorizando absurdos o tratando de buscar esa frase que sirva para un buen titular o un aforismo. Pero la literatura no se cuenta nada más que en algunos libros. Cada cual tiene los suyos, aquellos que cambiaron nuestra vida o nuestra manera de asomarnos al mundo. Esos libros siempre aparecen de una forma casi milagrosa. Yo finalicé ayer la lectura de uno de esos libros que ya irá conmigo a todas partes. Se titula Bajo el sol de los muertos. Lo acaba de publicar ATTK Editores y está escrito por Roberto A. Cabrera, un escritor tinerfeño que reside en La Palma. Eso solo son los datos. Lo importante de ese libro será el camino que acabará recorriendo con el paso de los años.
No exagero cuando digo que esta novela tiene casi todo lo que uno le pide a la literatura. Lo que encontré en Flaubert, en Kafka, en Chéjov o en Proust. Lo que me hizo escritor y, sobre todo, lector. Lo que me reconcilia con el mundo que vivo y con los seres que habitan ese mundo tan poco comprensible fuera de los libros. Elías C. nos cuenta su vida yendo de un tiempo a otro como mismo viajan los recuerdos o los sueños. ¿Pero qué es lo que hace que esa vida sea distinta a otras vidas que uno lee en otros libros? ¿Qué es lo que me lleva a afirmar que estamos ante una obra maestra de la literatura? No conozco personalmente a Roberto A. Cabrera. Escuché hablar de él por vez primera en México. Allí el escritor y traductor Rafael-José Díaz nombró Bajo el sol de los muertos y elogió los hallazgos y la grandeza de esa novela. Pero esas grandes novelas no tienen fácil acomodo en las editoriales comerciales, sobre todo cuando no hay detrás un escritor reconocido y cuando se ha estado más de diez años encerrado con ella en un cuarto, escuchando el sonido de cada una de las palabras, reescribiendo, rebuscando y tratando de que lo que escribes vaya más allá de lo inmediato, que tenga alma, que viaje directamente a la psique y a la carne de quien luego lea esos párrafos. Tampoco escatimo elogios y me sumo a lo que dijo Rafael-José Díaz en aquel encuentro literario en Puebla. Y trato de responder a las preguntas que acabo de escribir hace unos momentos. ¿Por qué es tan grande esta novela, por qué la vida que nos cuenta es distinta a las otras vidas que solemos encontrar en otros libros? Léanla, sin prejuicios, dejándose llevar por la inmensa música que va sonando en cada una de sus frases, por todo el dolor que se transmuta en belleza, por ese escritor que nos regala tanto sin esperar nada a cambio. O que espera solamente que sepamos recoger todos los restos del naufragio que ha ido recomponiendo en cientos de páginas memorables. Desvelo el final, porque en este libro el final es lo menos importante: “Porque no ha habido nunca ningún comienzo. Porque no se llega nunca a nada. A ningún sitio”.

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Juancho

La vida que no se cuenta se acaba un poco antes. Galdós ya escribió en Fortunata y Jacinta que por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela. La ficción no deja de ser más que un juego de espejos de nuestra conciencia, una defensa propia ante el inevitable olvido. Cuando alguien escribe recuerdos está salvando náufragos que se quedaron en otro tiempo, con otra gente y a otras edades que en la distancia parecen tan lejanas como irreales. Estos días he tenido la suerte de leer el adelanto de las memorias de Juancho Armas Marcelo. El texto bucea, siguiendo esa búsqueda entre sombras de la que hablaba Kafka, en la vida del escritor grancanario desde su infancia hasta 1980. Es el primer tomo de los dos que integrarán su vida contada. En casi cuatrocientas páginas uno no para de disfrutar de una literatura envidiable que te va llevando en volandas a medida que avanzas páginas.
Ese libro lo tiene todo para quedarse una vez salga a la luz en 2015: divertimentos, grandes escritores, emociones, historias, olores, islas, continentes, francachelas, amores, familias, patrias, infancias y, por supuesto, fútbol y literatura. Es valiente a la hora de contar y de ir desgranando vivencias. Están los días aciagos, los momentos en que la biografía que hoy conocemos se pudo quedar en un mero intento, y también aparecen los pasos valientes ante los cambios de escenarios y la inquebrantable vocación de alguien que quiso ser escritor por encima de todas las cosas y al margen de todos los consejos. Para dar con Juancho estos días necesitaríamos algunas de aquellas palomas mensajeras que criaba en su casa de Vegueta cuando era un adolescente que soñaba con ser futbolista. En las últimas semanas, los amigos hemos recibido correos suyos desde Tokio, Cartagena de Indias, Lima o Panamá, en donde se le ha nombrado miembro de la Academia de la Lengua. Esta última semana ha estado en Oxford, ahí es nada, impartiendo una conferencia y participando en una charla organizada por el Instituto Cervantes. Pero entre viaje y viaje trata de no estar mucho tiempo sin aparecer por Las Canteras, su lugar en el mundo junto con ese Madrid que ha contado con la misma pasión y los mismos ojos de asombro con que lo hizo su paisano Galdós.
En este tomo de memorias salen todos los que formaron parte de su vida en los años que cuenta, y no se anda con medias tintas a la hora de declarar sus filias y sus fobias personales. Pero sobre todo, el libro nos ofrece distintas miradas de unos tiempos en los que Armas Marcelo estuvo en contacto con un mundo literario, periodístico y político que luego acabó escribiendo la vida que encontramos los que fuimos llegando un poco más tarde. No dejen de acercarse a este libro cuando lo vean en los escaparates. Se cuenta un escritor. Sin censuras, sin medias tintas. Con palabras.