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El lápiz verde

Juan Ramón Jiménez volvería a escribir que los pájaros siguen cantando en el jardín. El poeta se fue, pero sigue el trino festivo si uno se detiene a escucharlo, y siguen sus versos, porque un poema nunca muere si se lee en algún lugar del tiempo. JRJ decía siempre que quería volver más fuertes a los hombres haciéndolos más delicados. Leamos a Juan Ramón y sigamos la senda de los poemas para no extraviarnos en este juego de cifras que cambiamos cada año, ahora con ese veinte repetido que dicen los que entienden de números que pueden ser dígitos de buenos presagios.

Otro poeta, Joseph Brodsky, también premio Nobel (a veces en Suecia no se equivocan con los premios) escribió que No vendrá el diluvio tras nosotros, una antología esencial para cualquiera que ame la literatura, y así es, y así va a seguir siendo: no se acabará el mundo con nuestra ausencia. Recuerdo el día que murió Brodsky y las lágrimas de su amigo Derek Walcott en un acto que se celebraba en Las Palmas de Gran Canaria. Esa mañana volaban las gaviotas y los pájaros cantaban delante de la escultura de Tomás Morales, justo enfrente de la facultad de Humanidades, donde Walcott recordaba a su amigo recién fallecido. Lean a Walcott (otro Nobel con pleno acierto). La poesía insular, la que huele a mar y universaliza las islas, la que salió fuera para buscarse muy adentro, se vuelve magia en cada verso del poeta de Santa Lucía, y lleva el salitre y la memoria lejana como llevan esos pájaros el eco de los cantos que escucharon Homero o Catulo en otros tiempos, o los homínidos que aún no sabían que algún día inventarían idiomas y llegarían a ser poetas.

Esta mañana encontré un lápiz de color verde recién afilado en una calle por la que apenas transitan los coches. Se notaba que formaría parte de un estuche en el que estaría con otros lápices de otros colores, con un afilador, una goma de borrar y a lo mejor con una escuadra, un cartabón o con un compás que ayude a entender un poco mejor el trazado de la existencia. Dentro de unos días aparecerán muchos estuches con lápices de colores aún sin estrenar entre los regalos que dejen los Reyes. De esos colores saldrán luego los dibujos con los que muchos niños seguirán inventando formas como aquellas que colorearon los primeros humanos en las cuevas. Yo me traje para casa ese lápiz verde y escribo estas palabras con ese color esperanza con el que me gustaría colorear el nuevo año que comenzará en unos pocos días. Busco un poema para darle sentido al lápiz y me acerco al azar a un libro de Walcott titulado Abundancia: “Todas estas olas crepitan en la cultura que viene de Ovidio”. No inventamos nada, solo seguimos escuchando el mar que ya resonó en la poesía de los clásicos. También aprendemos de esos pájaros con los que Virginia Woolf hablaba en griego para hacerse entender en la belleza.

 

Artículo publicado el sábado 28 de diciembre en Pleamar

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La fuerza de la delicadeza

Para entender Platero y yo hay que entender primero a Juan Ramón Jiménez. Y la literatura española contemporánea, sobre todo la poesía, no se entendería nunca sin los caminos que fue abriendo el poeta nacido en Moguer. Como casi siempre, todos quisieron matar al maestro que les había tendido la mano. Muchos poetas de la Generación del 27 fueron ingratos con quien les dio el espaldarazo y les orientó con las primeras lecturas y los primeros versos. JRJ es un grande, una de esas biografías que solo admiten caracteres en mayúsculas, y su grandeza no hace más que crecer con el paso del tiempo.
Platero y yo forma parte de los falsos mitos juanramonianos. Muchos lo dejaron cuando no lo entendían y todos recordamos las primeras frases que repetimos hasta la saciedad en el colegio. Luego había un señor con barba, siempre serio, que salía en la foto al lado de aquel texto. No cuadraba que alguien con gesto adusto y pinta de malhumorado escribiera aquello que nos parecía tan sencillo y tan tierno sin saber todavía que solo lo sencillo es bello. Hasta ese momento los burros eran animales que solo se nombraban en el colegio para ridiculizar a los menos inteligentes o para relacionarlos con la cabezonería, con lo cerril o con lo obtuso. Nunca nadie nos había contado que un burro podía ser bello y, mucho menos, que nos podíamos encariñar de ellos como empezábamos a encariñarnos con los primeros perros. Pero aquel señor de gesto adusto nos enseñó desde entonces lo poco fiable que son siempre las apariencias, y también, sin que casi nos diéramos cuenta, nos ayudó a entender que el lenguaje es al final el que determina cualquiera de nuestros sentimientos.
Volví a ese libro hace unos años con el miedo de encontrarlo cursi o demasiado pueril y salí de él con el mismo asombro que se sale de cualquier texto escrito por Juan Ramón Jiménez. No solo hallas una prosa poética que te lleva casi en volandas saltando renglones sin darte cuenta. En Platero se plantea una forma de entender la vida y nuestra relación con el alma de los animales y con la naturaleza. Y ese planteamiento se plasma en un país que entonces veía al animal como una bestia a la que maltratar. Esa sensibilidad de JRJ quizá ha conseguido que muchos niños empezaran a mirar de manera diferente a esos otros seres vivos con los que compartimos espacio y tiempo. Vuelvan a Platero sin ese miedo que tenemos siempre a los regresos. Había mucho más, y solo lo podremos encontrar si nos acercamos nuevamente a esos libros, si volvemos a rastrear con una mirada nueva El Quijote, La Celestina o El Buscón de Quevedo. Lo que leímos entonces solo eran aproximaciones para que algún día volviéramos. No hay mensaje más convincente que el de la belleza. Y JRJ no hizo otra cosa en su vida que buscarla detrás de cada una de las palabras que fue escribiendo. Él decía siempre que aspiraba a volver delicados a los hombres para que fueran mucho más fuertes. Los niños de entonces le debemos buena parte de nuestra delicadeza. Y no hizo falta que gritara para que le oyéramos.
Artículo publicado ayer en el suplemento Pleamar de Canarias 7