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Gonzalo Celorio

Hay principios de novela que impiden que nos detengamos hasta no llegar al final de lo que se cuenta. Y ese final no tiene que ser el desenlace de ningún nudo argumental. A veces leemos a partir de la música de esa primera frase o siguiendo la estela de todas las pistas que van descubriendo las palabras. Recuerdo el principio de Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su manera”. Tolstoi sabía que con esa frase no había lector que no quisiera saber un poco más de los Karenin y de todos los que tenían que ver con ellos. La familia siempre ha sido uno de los grandes argumentos de la novela, un manantial inagotable en el que siempre encontramos personajes, contradicciones, amores extraños, olvidos y esos recuerdos que luego vestimos de ficciones para que no nos reconozcan.
Uno de los grandes escritores actuales en español es el mexicano Gonzalo Celorio. Hablar de su extensa obra y de su repercusión me llevaría varias columnas como esta. Si quieren saber más de él se pueden acercar el próximo martes, 12 de enero, a la Casa Galdós, en un acto organizado por la Cátedra Vargas Llosa. Allí estaremos Emilio González Déniz, José Luis Correa y un servidor charlando y aprendiendo de un escritor que en sus dos últimas novelas bucea por sus familias con esa perspectiva que solo da el tiempo y la experiencia literaria. Disfruté enormemente leyendo Tres lindas cubanas, una aproximación a la familia materna que conecta con Gran Canaria, y que cuenta esos viajes de ida y vuelta de nuestros antepasados más cercanos. En ese libro, y en toda su obra, aparece la influencia oral de su madre canaria en la forma de contar, en el humor y, sobre todo, en la música con la que va narrando sus historias. Recomiendo vivamente esa novela, como también recomiendo la que me estoy leyendo ahora, El metal y la escoria, en donde Celorio rastrea en la familia paterna, de origen asturiano, también integrada por personas que acaban siendo personajes que fueron a la búsqueda de un futuro que no sabían que alguna vez terminaría escribiendo alguien de su propia sangre. Esta novela nace cuando el escritor descubre que uno de sus hermanos padece Alzhéimer y teme que el olvido se lleve alguna vez toda la memoria de esas raíces paternas y de su propia biografía, o por lo menos de todo ese pasado que se acaba colando en nuestros gestos, en nuestro carácter y hasta en nuestra manera de asomarnos a los espejos. Gonzalo Celorio se asoma a esos espejos tratando de que la ficción le ayude a entender todas las zonas oscuras que se enmarañan con las falsas leyendas o con recuerdos que uno cree que fueron de otra manera. La literatura, al fin y al cabo, no es más que un cabo suelto con nombres de mujeres y hombres que se escribieron como si fueran otros para tratar de entenderse o para entender a aquellos que les precedieron.

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Una tarde de diciembre en Guadalajara

Hace un par de meses, un grupo de escritores canarios y una editora estuvimos por tierras mexicanas hablando de literatura, aprendiendo y disfrutando de unos días inolvidables. Uno de los motivos de ese viaje era la intervención en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIC), la gran fiesta literaria del mundo hispano, para hablar de nuestras obras y de la literatura que se está escribiendo en las islas. Íbamos invitados por la Cátedra Vargas Llosa, la Fundación Cervantes Virtual y la propia FIL. Estos días hemos recibido el vídeo íntegro de aquella intervención en la que participamos José Luis Correa, Rafael-José Díaz, Guadalupe Martín Santana y un servidor. Lo comparto con todos ustedes. (El sonido mejorará a partir del minuto 2′)

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El tanatorio

la foto (11).JPGA veces la muerte no es el final del camino. Si alguien nos recuerda seguiremos igual de vivos en otras memorias y en otros sueños. Los que no sepan que has fallecido también seguirán recordándote como si aún te lavaras los dientes y salieras cada mañana camino del trabajo. No resulta fácil escribir sobre Tánatos y sobre los ausentes. El escritor José Luis Correa ha sabido narrar todo lo que acontece y desgarra cuando se nos va alguien que queremos. Pero sus palabras navegan entre la ternura, la emoción y ese bendito humor que nos salva cuando parece que solo nos queda el abismo. La novela está en edición digital y ha sido publicada por ATTK Editores. Lo que muchos decían que iba a matar a la lectura probablemente la termine salvando. Amamos el papel, queremos leer en papel y no creo que desaparezca mientras andemos por aquí los que conocimos a Enma Bovary o a Aureliano Buendía en ese formato; pero lo universal es ahora la pantalla, y en ese sentido un escritor insular ya no está tan aislado como antes. La novela de Correa, por ejemplo, se puede comprar ahora mismo en cualquier parte del mundo. Ese milagro hará que se reconozca lo que realmente vale la pena.
Alguien dijo un día que un mono conectado a Internet seguía siendo un mono. Lo importante es transmitir el hábito de la lectura a las nuevas generaciones. Si no lo hacemos nos estaremos cargando buena parte del mundo que heredamos. Y para lograr que se lea hay que ofrecer libros que atraigan a los lectores y que entretengan sin prostituir la esencia que aprendimos de los clásicos. Pepe Correa es un gran amigo, uno de esos tipos que, como siempre repite Emilio González Déniz, ya sabes que es buena gente desde que lo ves caminando por la calle. Pero además es uno de los mejores escritores actuales que conozco, y lo bueno es que fue escritor admirado antes que amigo. Con la novela El tanatorio, Correa entrega su obra más personal e intimista manteniendo ese humor socarrón y galdosiano que le sirve para cauterizar heridas que solo pueden curar las palabras. Parte de una situación real porque los escritores nos alimentamos de todo lo que vivimos en nuestra vida diaria. Lo difícil es convertir eso en literatura y lograr que enganche al lector hasta que nuestros argumentos se terminen confundiendo con sus propios sueños. Todos hemos sido alguna vez el personaje de esa novela. Hemos llegado desorientados y heridos a un lugar en el que ya no respira ni nos mira a los ojos alguien que queremos. A Correa le sucedió eso varias veces en muy poco tiempo. Para entenderse y para que lo entendiéramos decidió volver ficción lo que era verdadero. Al final, esa catarsis necesaria ha traído a nuestras orillas una de las mejores novelas escritas en las islas. Y lo bueno es que ahora, con las nuevas posibilidades digitales, esas islas ya no son puntos lejanos en el mapa.