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Los años del Comercial

El joven se sentaba en aquel Café creyendo que la literatura era una especie de aura que uno encuentra en los lugares en los que sabe que estuvieron algunos de los más grandes escritores. El Comercial era una especie de rompeolas que luego distribuía las aguas de la noche por Malasaña, por Barceló o por Chamberí.
El joven también iba mucho al Café Lyon de la callé Alcalá en el que habían parado los del 27, o al Café del Círculo de Bellas Artes, o miraba los gestos de los que se sentaban en la cristalera del Gijón y, sobre todo, el Manuela. Allí leyó sus primeros poemas, aunque el Café que más le gustaba de Madrid era el Barbieri, en Lavapiés, donde Erice rodó El Sur. Pero el Comercial también formaba parte de sus rutas de aprendizaje literario, y en los últimos años, en cada regreso, había una parada obligada para desayunar o dejar pasar la tarde delante de un libro o pergeñando poemas muy distintos a los que escribía cuando era joven y se emborrachaba tratando de ligar extranjeras entre las mesas de mármol.
Allí paró mucho Antonio Machado y luego Cela, y sobre todo pararon los escritores del cincuenta que más admiraba, con Ignacio Aldecoa a la cabeza. Los “aldecolizados”, tan olvidados tantas veces, dejaron allí el eco de sus voces más literarias: Medardo Fraile, Jesús Fernández Santos, Torrente Ballester, Carmen Martín Gaite o García Hortelano. También Umbral tuvo allí su mesa de trabajo. Entonces el joven buscaba a los prosistas en un Madrid en el que todos seguían un rastro de poetas. Ahora acaba de leer que también cierra el Comercial. Y cuando regresa, en el Ruiz ponen música electrónica y el Manuela no es más que un gran salón de juegos con jóvenes que tiran dados en las mismas mesas en las que el joven paró con Chicho Sánchez Ferlosio, con Moncho Alpuente, con Carlos Gurméndez o con Pepe Hortas, y en donde vio cómo Moustaki cogió una guitarra y cantó Le meteque delante de aquellos espejos en los que se confundían todas las caras entre el humo y el alcohol de noches interminables y bohemias.
Con el cierre del Comercial se clausuran muchas de nuestras vivencias. Nos sentimos más viejos y no somos capaces de imaginar qué será de la Glorieta de Bilbao cuando bajemos Luchana o Fuencarral y ya no encontremos aquella especie de trasatlántico de luces en medio de las noches de invierno. Dentro pedías vino y ya te creías Aldecoa, o hablabas con las sombras que supongo que ahora habitarán cualquiera de esas franquicias que van matando todos nuestros escenarios literarios.

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Érase una vez

Más de veinte años después regresó con Olvidado rey Gudú. En todo ese tiempo había atravesado esos sombríos paisajes del alma que tantas veces derrotan a las palabras. Cuando volvió a asomarse a las librerías con ese nuevo libro escribió que lo dedicaba a todo lo que había perdido y a todo lo que había olvidado. Quien escribe sabe de antemano que lo que no se cuenta queda extraviado en esa tierra de nadie que acaban poblando las ausencias. La vida hubiera sido mucho menos habitable sin las ficciones y sin páginas como las que ha dejado escritas Ana María Matute. Como mujer y como escritora fue siempre unos pasos por delante. Incluso su muerte parece más física que literaria, quizá porque entendemos que sigue viva en los anaqueles y detrás de cualquiera de sus personajes.
Formó parte de una generación marcada por la Guerra Civil. Cada vez que pasa el tiempo admiro más la literatura que escribió la Generación del 50. No solo era poesía; también en prosa fueron grandes contadores de historias. Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, Sánchez Ferlosio, García Hortelano o Ana María Matute supieron escribir sobre la desesperanza y sobre aquel halo gris de la posguerra que solo era posible contar poniéndose en el lugar de un personaje. Muchas veces nos olvidamos del realismo inicial de Ana María Matute y de unos relatos magníficamente escritos en unos años en los que el relato casi no se estilaba en la literatura española. Ya luego añadió a su escritura elementos fantásticos y altos vuelos de la imaginación. Para mí su fantasía no tiene nada que envidiar a la de Tolkein y se adelantó muchos años a esos libros que ahora están de moda gracias a las series televisivas. Lo que uno encuentra en Juego de Tronos ya lo habíamos leído mucho antes en sus libros. Quizá porque ella volvió a los clásicos, a H.C. Andersen, a Jacob y Wilhem Grimm o a Charles Perrault, para reinventar su fantasía a través de ellos. Una vez le escuché que toda su vida cambió cuando oyó por vez primera Érase una vez. A partir de esas tres palabras uno puede viajar a cualquier parte o mirarse en un espejo diferente cada mañana. Tras ese comienzo de los cuentos ella atisbó una salida en medio de la grisura y del astracán de aquella España triste de posguerra. Por eso decía hace un rato que iba siempre unos cuantos pasos por delante. Su literatura la reconoceríamos sobre la marcha entre cientos de libros. A mí también me gustaba mucho su elegancia y esa forma que tenía de llevar los años como si no escondiera ninguna tristeza bajo sus párpados. Creo que fue la mejor escritora que entendió a Lewis Carroll en castellano. También ella atravesó el espejo. A veces la fantasía es lo único que nos salva. Ana María Matute no ha muerto. No te extrañes si al adentrarte en cualquiera de esos espejos te encuentras con una mujer de pelo blanco y serena mirada.