Publicado el

El rumor del agua

Nos conocimos hace unos cuantos años en una cena en la que coincidimos Teresa Iturriaga, Juancho Armas Marcelo y Emilio González Déniz, todos grandes amigos de ella. Yo ya conocía su obra, me atraían mucho sus pinturas y veía siempre algo más allá de lo que tenía delante cuando me asomaba a sus fotografías. Era una mujer tremendamente sensible y con una atávica tristeza en el fondo de su mirada. Juancho decía siempre que era una de las mujeres más bellas que había conocido en su vida. Hoy me he quedado helado al enterarme de la muerte de Sira Ascanio. Hubo más encuentros con esos amigos comunes, más risas y más momentos bellamente vividos.
Pero desde el primer día, Sira y yo reconocimos que teníamos un mismo paisaje de infancia idealizado, un paisaje que ella buscaba en sus lienzos muchas veces y que yo trato de encontrar también detrás de las palabras. Y nos unían los ojos azules de mi abuela Bárbara, la cadencia de aquellas conversaciones sabias que nos habían marcado a ambos con algunos años de diferencia. Ella conocía aquellos paisajes antes de que yo hubiera nacido. Sira se pasaba muchas temporadas, sobre todo en verano, en la casa de mi abuela, en Las Barreras de Guía, donde me imagino que coincidiría alguna vez con el poeta Manuel González Sosa, vecino, casi puerta por puerta, de mi abuela. Manuel González Sosa, al morir, quiso que sus cenizas quedaran debajo de un álamo que estaba justo delante de aquellas casas. Sira recordaba siempre el mismo sonido de aquel riego por el que no dejaba nunca de correr el agua como esos sueños de infancia que luego rebuscamos en todas partes. Y recordaba los nispereros, los muros de piedra, los riscales que estaban enfrente, el Teide lejano, todo aquel pequeño Edén que uno no sabe que lo habita hasta que desaparece o pasan los años. No queda casi nada de aquel paisaje, pero yo lo encuentro en muchos de los cuadros de Sira, en los colores, en las formas y, sobre todo, en las sombras que solían acompañar a sus retratos.
Sira se fue en silencio. Así vivía, y así la encontrabas casi siempre, con esa liviandad y esa mirada curiosa y tierna de la buena gente. Dije al principio que sus ojos eran tristes. Me equivocaba. Sus ojos son como decían que eran los ojos de Marcello Mastroianni, ojos que reían, o que iluminaban los espacios donde brillaban. Nos queda su obra y su recuerdo, y el eco de aquel riego por el que corría el agua como la vida que nos va llevando.

Publicado el

El tren delantero

Todo tiene sentido. Siempre. A veces hace falta que te avisen con palabras, con caricias, con gestos o con una mirada. Reaccionamos a la belleza y al cariño. Y quien no reacciona es porque no ha encontrado jamás esa mano amiga que le ame o porque no ha tenido la suerte de leer para saber que hasta los nudos más complicados se terminan desatando milagrosamente. Yo he aprendido mucho de la vida leyendo a Emilio González Déniz. Me acerqué a su obra hace treinta años y luego he tenido la inmensa suerte de conocer al autor y de descubrir que su obra no es más que consecuencia de su bonhomía y de su mirada diaria a la vida que encuentra por las calles.
Emilio ha presentado estos días la edición digital de su última novela. Se titula El tren delantero y la publica en ATTK Editores. Leemos en pantalla y en papeles y los que escribimos también solemos movernos en ambos formatos con la misma naturalidad. Por eso no entiendo los debates. Y me gusta el reto de Emilio con una novela erótica en versión digital. Ya luego habrá ediciones en papel más adelante, pero de entrada su obra se universaliza y la pueden comprar en Nueva York o en Tokio desde el momento en que sale de esa carpeta en la que suelen reposar las novelas antes de ser salvadas o borradas para siempre por no pasar la criba del tiempo. Acabo de escribir novela erótica. Tendría que haber escrito novela. Los subgéneros y las etiquetas son casi siempre reclamos publicitarios. Pero lo bueno es que en esta novela, el autor de obras maestras como Hotel Madrid o Bastardos de Bardinia, se adentra en historias que discurren paralelas y que intercambian señales hasta complementarse como mismo se va completando el rompecabezas de nuestras propias vidas con el paso del tiempo. La novela tiene una música reconocible desde el primer párrafo, un tono casi cinematográfico que te va enredando con sus ritmos y sus imágenes. Viene de muchas historias que confluyen en la misma trama como confluyen esos ríos que arrancan de diferentes cordilleras para encontrarse en un mismo océano en el que cabe todo lo que uno quiera soñar mirando al horizonte. No es fácil escribir novelas en unas islas en las que ya sabes de antemano que la cultura importa menos que cualquier pachanga deportiva o seudomusical de fin de semana, en una sociedad de políticos mayoritariamente ágrafos y de empresarios que casi presumen de su incultura. Emilio ha escrito como un galeote todos estos años aun a sabiendas de esas circunstancias. Y seguirá escribiendo. Y los que vinimos luego le agradecemos esa constancia y ese empeño en apostar por la literatura más allá de las etiquetas o de esas modas que han visto entrar y salir a tanto genio de paso por la república de las letras. Y nos queda su generosidad. Y todos los libros que quedarán cuando de nosotros solo queden las cenizas del recuerdo.

Publicado el

Gonzalo Celorio

Hay principios de novela que impiden que nos detengamos hasta no llegar al final de lo que se cuenta. Y ese final no tiene que ser el desenlace de ningún nudo argumental. A veces leemos a partir de la música de esa primera frase o siguiendo la estela de todas las pistas que van descubriendo las palabras. Recuerdo el principio de Ana Karenina: “Todas las familias felices se parecen; las desdichadas lo son cada una a su manera”. Tolstoi sabía que con esa frase no había lector que no quisiera saber un poco más de los Karenin y de todos los que tenían que ver con ellos. La familia siempre ha sido uno de los grandes argumentos de la novela, un manantial inagotable en el que siempre encontramos personajes, contradicciones, amores extraños, olvidos y esos recuerdos que luego vestimos de ficciones para que no nos reconozcan.
Uno de los grandes escritores actuales en español es el mexicano Gonzalo Celorio. Hablar de su extensa obra y de su repercusión me llevaría varias columnas como esta. Si quieren saber más de él se pueden acercar el próximo martes, 12 de enero, a la Casa Galdós, en un acto organizado por la Cátedra Vargas Llosa. Allí estaremos Emilio González Déniz, José Luis Correa y un servidor charlando y aprendiendo de un escritor que en sus dos últimas novelas bucea por sus familias con esa perspectiva que solo da el tiempo y la experiencia literaria. Disfruté enormemente leyendo Tres lindas cubanas, una aproximación a la familia materna que conecta con Gran Canaria, y que cuenta esos viajes de ida y vuelta de nuestros antepasados más cercanos. En ese libro, y en toda su obra, aparece la influencia oral de su madre canaria en la forma de contar, en el humor y, sobre todo, en la música con la que va narrando sus historias. Recomiendo vivamente esa novela, como también recomiendo la que me estoy leyendo ahora, El metal y la escoria, en donde Celorio rastrea en la familia paterna, de origen asturiano, también integrada por personas que acaban siendo personajes que fueron a la búsqueda de un futuro que no sabían que alguna vez terminaría escribiendo alguien de su propia sangre. Esta novela nace cuando el escritor descubre que uno de sus hermanos padece Alzhéimer y teme que el olvido se lleve alguna vez toda la memoria de esas raíces paternas y de su propia biografía, o por lo menos de todo ese pasado que se acaba colando en nuestros gestos, en nuestro carácter y hasta en nuestra manera de asomarnos a los espejos. Gonzalo Celorio se asoma a esos espejos tratando de que la ficción le ayude a entender todas las zonas oscuras que se enmarañan con las falsas leyendas o con recuerdos que uno cree que fueron de otra manera. La literatura, al fin y al cabo, no es más que un cabo suelto con nombres de mujeres y hombres que se escribieron como si fueran otros para tratar de entenderse o para entender a aquellos que les precedieron.