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Ayotzinapa

Estos días vivimos un México literario y festivo que jamás olvidaremos los que acudimos a la FIL 2014, al encuentro de escritores de Puebla o a las jornadas que la UNAM dedicó a la literatura canaria. Tampoco olvidamos nunca a los desaparecidos de Ayotzinapa. Donde quiera que te movieras siempre estaban presentes. Los profesores, los estudiantes, los escritores o los ciudadanos con los que pegabas la hebra siempre terminaban condenando ese cruento suceso que creo que supera todo aquello que uno pueda imaginar sobre la crueldad humana. Recuerdo el templo de la Virgen de Guadalupe con miles de personas el domingo por la mañana y las palabras de quien oficiaba la misa mientras nosotros lo visitábamos. No había medias tintas y la iglesia condenaba esas desapariciones con la misma contundencia con que lo hacían los estudiantes que se manifestaban casi a diario por las calles. Todos los escritores que participamos en la FIL nos unimos a las palabras de condena de Claudio Magris o de Elena Poniatowska. Esta vez no habrá olvido en México. La sociedad civil no lo va a permitir. No perdonan la connivencia del Estado en esas desapariciones y la cercanía entre los narcos y muchos de los gobernantes. No hay vuelta atrás, y los que estamos fuera de México debemos alzar nuestra voz siempre que podamos para apoyarles y para exigir que se depuren responsabilidades y que se garanticen los principios mínimos de un estado democrático. De momento, todos seguimos esperando. A los cuarenta y tres estudiantes se los llevaron vivos. No es posible un mundo habitable si no se aclaran esas desapariciones. Estos días en México me he sentido siempre como en casa. Y quiero unirme a ese dolor y a esa lucha contra la injusticia como mismo me uniría si sucediera en la esquina de mi calle. Cualquiera de ellos pudo haber sido cualquiera de nosotros.

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El otro Magris

Suscribo cada una de las palabras que Claudio Magris pronunció en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara denunciando la atrocidad que vive México por los estudiantes desaparecidos. Habló con la misma coherencia con la que hablan sus libros. Hay que leer a Magris y acercarse al Danubio que nos cuenta para que nos entendamos un poco mejor y dejemos de dar vueltas sobre tantas palabras vacías de contenido.
Al regresar a Gran Canaria me encontré por Vegueta a un hombre exactamente igual que Magris. Era imposible que fuera el escritor triestino porque aún seguía por México. Allí dijo que “escribir es un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar -deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable- cada vida”. El otro Magris se dirigía a un comedor social. Iba con la mirada baja, pero juraría que los ojos eran los mismos que yo había visto unas horas antes en el otro lado del mundo. Todos podemos ser el otro, alguien que con nuestros mismos ojos está caminando por otro lugar del tiempo.