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El inventor del pasado

La gente no le hace caso, pero a mí me gusta que me pare por la calle. Es verdad que cada día desvaría un poco más. Al principio empezó contando mentiras que podían ser creíbles, aunque poco a poco nos dimos cuenta de que era imposible que le tocara ser el protagonista de todos los acontecimientos. Lo mismo se tropezaba con el futbolista Pelé saliendo de una cafetería que con Bob Dylan en la puerta del supermercado. Si todavía estuviéramos en Londres, en París o en Nueva York a lo mejor podría resultar creíble, pero aquí no es fácil que uno tenga esos encuentros. Empezó con Pelé y luego acabó trayendo hasta personajes que ya habían muerto. Recuerdo cuando dijo que había estado con Napoleón en la playa o que había besado a Ava Gardner en una plaza del barrio viejo. No lo rechazo porque logra que la vida no aburra nunca. Los otros se burlan de sus trolas. Es cierto que ahora le ha dado por contar apariciones de fantasmas o por jugar a la metamorfosis como si fuese Ovidio o Kafka. No escribe. Ni siquiera aprendió a leer en la escuela. Se escapaba de clase y lo metieron a trabajar en una panadería cuando tenía ocho años. Jamás inventa el presente. Solo cambia el pasado, lo que fue ayer, o lo que uno imagina que quedó de todo lo que realmente pudo estar sucediendo. Un día me preguntó que qué diferencia había entre el pasado inventado y el que supuestamente fue cierto. No supe qué contestarle.