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Playas y fronteras

La playa es la única frontera reconocible. Nunca es la misma porque nosotros tampoco somos los mismos todo el tiempo. Cada vez que anochece despedimos una orilla que se lleva nuestra mirada y cada uno de los pasos que fuimos dejando enterrados en la arena. No porque pises más fuerte ni con más empeño lograrás perpetuar tu huella en la arena de la playa. Los trazos de las gaviotas que encuentras en la orilla escriben con más sutileza que las palabras el tránsito efímero de todas las pisadas. Ayer, a última hora de la tarde, antes de que oscureciera y volviera a subir la marea en la playa de Las Canteras, caminaba reconociendo los miles de pasos que se soñaron inmortales en la arena. Hoy, con la primera bajamar, no quedan más que las huellas de las gaviotas que se posaron en La Cícer antes de que el sol y los humanos llegáramos a reconocer esa playa que, lejos de limitar el horizonte, te enseña que todo comienza siempre de nuevo y que hay que intentar que nuestros límites se adecúen a las mareas que van conformando nuestras propias fronteras.

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Caballos blancos

Siempre recuerdo un relato de Raymond Carver que se llenaba de caballos blancos. Contaba la historia de uno de esos extraños amores que se acaban y que casi nunca logran sobrevivir a las segundas oportunidades. Aún me sobrecoge la solemnidad de los caballos en mitad de la noche. También me conmueven aquellos amantes que acababan claudicando ante la inevitable infidelidad del tiempo que termina maniatando casi todas las caricias. No había más trama que la propia sensación de fracaso, el amor que naufragaba ante el vano intento de quienes aún soñaban con poder salvarlo. La vida se escribe muchas veces como en el desasosiego de los relatos de Carver. No la entendemos; pero tenemos la certeza de que lo único que nos salva es seguir buscando en otros abrazos el amor que se está escribiendo mucho antes de que nosotros lo terminemos encontrando.

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Estiaje

El verano es una estación de la que nunca se termina de alejar la infancia, playas que huelen a sandía y a membrillo, días casi eternos, mareas que van adormeciendo nuestras miradas y primeros enamoramientos apasionados. La música siempre suena de otra manera en agosto, y el pasado domingo, en Agaete, muchos saltaron por las calles, felices por estar a salvo unas horas de esa ciénaga cada vez más insondable que nos vamos encontrando en los titulares de la prensa diaria. Uno quisiera confundirse eternamente entre el olor a eucalipto y a poleo que deja en las calles el paso de La Rama para no olvidar nunca que la vida, también con todos sus días nefastos incluidos en los almanaques, no es más que un baile en el que hay que aprender a moverse con alegría si no queremos que se nos escape lastimosamente entre las manos. No digo que vayamos por las calles dando saltos como orates desnortados; pero sí que deberíamos intentar que todos nuestros pasos se dirigieran hacia las metas que realmente deseamos.
El estiaje es el caudal de agua que disminuye cada verano, la bajada del nivel en los ríos, en los pantanos o en los barrancos. Cada uno de nosotros también vive cada año su particular estiaje. Y es necesario vernos a veces así de parcos y de desnudos para que luego, cuando el caudal llegue de nuevo rebosante, no nos volvamos locos pensando que esas aguas durarán eternamente o que jamás volveremos a la inevitable sequedad de las pausas necesarias. Viene bien una cura de humildad de vez en cuando. La vida no hace más que imitar a la naturaleza todo el rato. Igual que los campos cambian varias veces al año con las estaciones, también nosotros vamos cambiando varias veces cada mes, cada día o a veces cada minuto que pasa. Somos inevitablemente efímeros y constantemente mudables. La bajada del caudal nos deja ver partes del barranco que antes no se apreciaban. En nosotros, esos descensos también valen para redescubrir que valíamos muchísimo más de lo que realmente pensábamos. Aparecen nuevas ilusiones, otros proyectos y descubres que cuando languidece lo que supuestamente era importante se alejan muchos parásitos que solo querían vivir a costa de tus caudalosas aguas. Cuando llega el estiaje es cuando uno agradece la presencia de quienes ya sabes de antemano que no vienen a buscar absolutamente nada. La sequía puede durar mucho más tiempo del que creías al principio, y puede que a veces desesperes mirando al cielo todo el rato; pero la naturaleza, la tuya y la que lleva millones de años dibujando los campos, sabe siempre lo que se trae entre manos. Si no desesperas, tú también acabarás comprobando que toda sequía no es más que una necesaria catarsis. También aprenderás que las aguas bajas permiten que los ecos alarguen su distancia.