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Lugares y procedencias

Todos buscamos nuestro espacio en medio de las calles y de los paisajes, en las habitaciones de una casa o entre la multitud. Necesitamos un lugar, por pequeño que sea, para ponernos a salvo. Y ese lugar no es siempre el mismo, como no son las mismas las ciudades que buscamos. Tú eres tu única patria, el que reconoce sus límites allí donde el corazón se sienta como en casa. Un día necesitas mar, otro montaña, otro bullicio de grandes ciudades y otro el silencio de un páramo deshabitado. No le pongas nunca obstáculos a tu propia necesidad errante, a esa búsqueda que ha ido sembrando a los humanos por todos los rincones del planeta. Los que vivimos en islas sabemos desde el principio que venimos de todas partes.

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El hombre que invitaba a la risa

Ayer me lo encontré otra vez en la calle hablando a voz en grito y asustando a los paseantes más despistados con su insistencia. Se acercaba y les decía que había que reír y que a qué diablos estaban esperando para esbozar una sonrisa que borrara los rastros de tristeza que a veces van dejando los días en nuestras miradas. Él reía a carcajadas, casi sin dientes y con una barba de anacoreta extraviado dentro de sí mismo. No sé de dónde viene ni tampoco en qué lugar habrá pasado esta noche. No nos paramos a pensar nunca dónde pasan las noches los locos y los mendigos que nos vamos tropezando por las calles. Repetía sin cesar que era feliz y que quería que todos los demás también lo fueran, que ya estaba cansado de tanta derrota y de tanto paro, sí, no paraba de repetir todo el tiempo la palabra paro, o bien la cambiaba por corrupción o por crisis. De vez en cuando se acercaba a un banco donde estaban otros dos borrachos habituales que uno encuentra desde primera hora aparcando coches en la zona y sacaba un tetrabrik de morapio peleón que bajaba por su gaznate apagando momentáneamente sus palabras. Luego se alejaba de nuevo y volvía con su retahíla de la felicidad y de las carcajadas. No me gustaría estar en su pellejo cuando hoy abra los ojos, pero ayer sí que me detuvo su insistencia hedonista. Solo pedía que nos riéramos. Cuánto hace que no nos reímos. En la tele y en los periódicos se han propuesto que la risa desaparezca a corto plazo de nuestra herencia genética. Y si no reímos nos acabaremos extraviando en nuestras preocupaciones diarias sin que haya nada que compense la desazón y la pena. Tras esas tardes de euforia suele estar tres o cuatro días bebiendo en silencio y medio cabizbajo en ese banco que tácitamente ya todos sabemos que no nos pertenece. No sé con qué talante me lo encontraré dentro de un rato.

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Intuiciones

Nadie te va a invitar nunca a saltar al vacío de tus propios sueños. La mayoría de las veces los dejamos pasar de largo por no asumir riesgos y por hacer caso a esos consejos siempre timoratos de quienes nunca se están jugando nada. Solo alguna vez, quizá en el desespero, o en uno de esos momentos osados que te regala la vida, conseguimos apagar el eco de todos los agoreros y lanzarnos a ese vacío que nunca sabes adónde te terminará llevando. Cuando tenemos menos de veinticinco años contamos con la energía pero nos falta la urdimbre de la madurez y la pausa, y cuando maduramos nos detiene la responsabilidad de todo aquello con lo que nos hemos ido comprometiendo a lo largo de los años. Llegado el momento, cada cual ha de elegir la seguridad o esa osada pirueta que no sabes si terminará elevando tus ilusiones o si las dejará todavía más maltrechas. Somos nosotros los únicos que conocemos los vientos de nuestras propias intuiciones; pero no siempre nos atrevemos a sacar las velas apropiadas para navegarlas.