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El mar y la catana

El ser humano sigue siendo un animal sorprendente, individual, único en su especie porque no hay dos idénticos, y estos días lo está demostrando, con radicalizaciones en sus comportamientos y con algunos desbordes en sus conductas y en sus andares. No sé si  los otros animales también se creen tan eternos, o si como ha pasado en la ciudad que habito se adentran con coches en paseos peatonales, aventan una catana como si los samurais salieran del barranco Guiniguada o se pasean desnudos por calles portuarias. Yo, como ser humano, tengo pocas certezas, y una de ellas es el mar, tan sabio, tan poco asombrado de nuestras gestas y de nuestros desastres que sigue haciendo que resuenen las piedras de la orilla como lo hacían hace millones de años. Los humanos pasan de largo. Tampoco observan el destino cíclico y proteico de sus mareas, porque el mar nunca duerme, ni tampoco se detiene en ninguna parte aunque a veces creamos que está dormido cuando lo miramos desde paisajes lejanos. Hoy amanecía con un sol difuso que iluminaba la ciudad del hombre de la catana y de todos los humanos que ahora mismo sueñan e incluso se enamoran por sus calles.

 

San Cristóbal. 31 de julio. 07:55 horas

 

 

 

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Divergencias

Nunca coincidieron. Cuando él estaba solo ella andaba lejos o seguía casada, y cuando era ella la que hubiera podido amarle era él quien se acababa de enamorar de otra o quien tenía que partir de repente. Toda la vida se estuvieron esperando mutuamente sin que el destino les dejara reencontrarse. Se habían jurado amor eterno cuando se enamoraron a los diecisiete años, pero no contaron con esos avatares de la suerte que muchas veces nos llevan o nos traen mucho más allá de donde nosotros queremos.
Esa corriente que nos lleva hace que al paso de los años nos olvidemos de los primeros amores y de las primeras promesas. Los dos se casaron y se divorciaron; pero en ciudades distantes y sin saber nada el uno del otro durante mucho tiempo. Es cierto que él pintaba sus cuadros soñando siempre con que ella los viera, y que ella escribía sus poemas teniendo presente en todo momento a ese lector que fue quien primero conoció sus versos. Pero ni ella vio sus cuadros, ni él leyó nunca sus poemas. Fueron otros los que admiraron su talento y los que creyeron que los versos eran para ellos.
También eran otras las que aparecían en sus cuadros y se sentían casi como unas diosas cuando veían la belleza que él había sabido encontrar en una mirada o en un escorzo. Nunca supieron que detrás de todos los ojos estaba la mirada de aquella primera novia con la que se paseaba por la zona más apartada de la costa. Y que cada movimiento no era más que el aleteo del recuerdo que seguía teniendo de ella.
Nunca le contaron nada a sus otras parejas. No lo hubieran entendido. Les amaban; pero jamás hubo amor como aquel que no consiguió partir de ese puerto siempre lejano que es la adolescencia. Ella logró que uno de sus hijos se llamará como él, y él logró que su hija pequeña se llamara también como ella. Nunca hablaron de tener hijos, pero de haberlos tenido habrían elegido los mismos nombres. Con los primeros amores no se habla casi nunca de descendencia y tampoco hay amante primerizo que no se sienta eterno. Después pasa la vida como pasó por ellos, y llegan los trabajos, los compromisos, las renuncias y los cumpleaños cada vez con más velas y con menos fuerzas. Los dos tararean siempre el mismo bolero cuando están contentos. Él a veces prefiere ir silbando la melodía por donde pasa. No se cansa nunca de escucharla porque en cada acorde aparece ella como era cuando aún no sabía que la vida le iría alejando una y otra vez de su presencia.
No pierden la esperanza. Ella tuvo tres hijos y dos nietas, y él dos hijas y tres nietos. Una de las nietas de ella y uno de sus nietos se acaban de mirar por vez primera entre los columpios del parque de San Telmo. Aún no saben que están matriculados en la misma guardería, que irán al mismo colegio y que a los diecisiete años, en el viaje de fin de curso, se darán el primer beso de amor en Venecia.

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La deriva inglesa

Vivía allí hace años y vuelvo siempre que puedo. A lo mejor idealizo, pero hace tres décadas no eran así. Es verdad que cuando hacía frío o cuando quería ser periodista de mundo me iba a las sesiones de la Cámara de los Comunes y me encontraba a muchos Boris Johnson, histriónicos, vocingleros y teatrales, sobre todo teatrales; pero aquello parecía más una escenificación para el turismo que otra cosa. En la calle, en la vida diaria y en las decisiones, los ingleses eran personas sensatas y coherentes. Vale, es cierto que ya estaban los otros, los que han aupado a los que estilan mensajes excluyentes, soflamas racistas y mendaces arengas que les acabarán llevando a la ruina, pero eran pocos y nadie les hacía caso.

Inglaterra me enseñó a convivir con todas las culturas y todas las razas, en un vagón de metro o en un edificio de apartamentos, en las academias, en los museos y en la vida diaria. Vale, también es cierto que ya entonces se disparataban y se mataban en las gradas de los campos de fútbol y que tenían mala bebida dentro y, sobre todo, fuera de sus fronteras; pero no pensábamos que serían esos los que acabarían llevando a Inglaterra al desastre y a la incoherencia, que llegarían todos los payasos al poder y que su política pudiera ser tan catastrófica y tan insolidaria. Yo intuía, antes de las reuniones, que no los iban a convencer con lo del corredor sanitario seguro con Canarias y Baleares, entre otras cosas porque a la mayoría de ellos habría que llevarles otra vez a la escuela para explicarles dónde están Canarias y Baleares. Se iban a negar porque todo eso forma parte de su política de destrucción de la Unión Europea, aun a costa de quedarse ellos sin playas y sin borracheras de discoteca, y porque necesitan tapar sus desastres a la hora de gestionar esta pandemia, aquellas negaciones del propio Boris Johnson hasta que terminó en la UVI, y el desatino de su sistema sanitario desde hace muchos años.

Pero no son todos los ingleses, como tampoco somos todos los españoles los que estamos dando esa imagen de país incapaz de cumplir las normas y de ser responsables con nuestros pasos para evitar el desastre. En este caso hay un choque frontal entre los vocingleros e incultos ingleses y los vocingleros e incultos españoles que nos va a llevar a todos al caos. Allí y aquí urge una vuelta a la escuela para que no nos volvamos a encontrar con una generación de irresponsables. El golpe al turismo ha sido letal, y ahora, además de buscar todas las ayudas que logren paliar este desastre (o por lo menos amortiguar el golpe y evitar el hambre), también tendremos que afrontar cuanto antes un alejamiento de esos monocultivos que, una y otra vez, dejan a Canarias sin más salidas que la propia salida hacia otra parte.