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Charcos

Me habló de todos los charcos en los que se había visto reflejado en París, en Londres, en Nueva York o en la aridez de los desiertos. Nos despedimos y me dejó pensando en todas las miradas que ha ido borrando el sol a lo largo del tiempo. Comenzó a llover de nuevo y contemplé mi media sonrisa en uno de los charcos que se formó en el barranco de Guiniguada. Imagino que allí me quedaré siempre, en ese infinito insondable de los charcos que creemos que desaparecen cuando se secan y que no son más que el reflejo de cielos lejanos.

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Prevenciones

Muchas veces tendemos a pensar que en el pasado se vivía mejor. Pero como dice un amigo mío, el pasado, por muchos recuerdos que uno acumule, no es más que una ficción de la mente que cada uno puede transformar a su antojo. Antonio Machado escribió que hoy es siempre todavía, entre otras cosas porque Machado era un hombre sabio que también sabía que el futuro no es más que otra entelequia que creamos a nuestro antojo cuando necesitamos escapar de la realidad por algún camino.

En esos pasados que recreamos nosotros siempre éramos menos sabios y no conocíamos lo que ahora mismo tenemos delante, pero cuando nos vamos aún más lejos en el tiempo y creemos que en Roma o en el Egipto de los faraones se vivía mejor que ahora entonces sí es completamente cierto que todo es más literario de lo que parece. Recuerdo otro amigo que me dijo un día que él querría haber vivido en el mismo momento histórico que don Quijote, y que su sueño era coincidir con él en esos caminos de la caballería y la aventura. Hablaba de Alonso Quijano como si fuera un personaje real, y de alguna manera, por eso hablo todo el rato de ficción, es verdad que Alonso Quijano es más cierto que el propio Miguel de Cervantes Saavedra.

Donde sí me contradigo cuando hablo del pasado es en la comida. Todas las madres dicen que el potaje no les queda igual que el de nuestras abuelas, y nosotros decimos que nuestros potajes no se parecen a los que hacían esas mismas madres cuando éramos pequeños. Vale que puede que nuestros ancestros tuvieran más jeito para lo culinario, pero para mí que la clave está sobre todo en la materia prima. Ni las zanahorias, ni la carne, ni las papas tienen el sabor que tenían hace años, y tampoco tenemos todas las prevenciones que tenían entonces, aquellas especias que guardaban como oro en paño y cuyas mezclas conseguían que cada comida supiera diferente al resto. Las prevenciones las tenemos casi olvidadas, y es una palabra bella de nuestro acervo que además acierta con lo que cuenta. También tenemos olvidada otra palabra de la que me habló un amigo por Triana hace un tiempo. Yo no la conocía, pero el otro día pregunté por su significado a unos mayores y todos acertaron sobre la marcha con lo que indicaba. Hablo de encetar. Una palabra bella que memoricé sobre la marcha para no perderla en ese escotillón por el que estamos perdiendo el léxico de nuestros abuelos. Encetar es comenzar a catar o a probar algo. Y de eso se trata, de ir encetando nuestros propios días para que ninguno de ellos se nos vaya de las manos. También hay que tener siempre escondidas en alguna parte esas prevenciones que nos salven en los malos momentos. Valen libros, canciones, abrazos o paisajes. Y si no ahí están las ondas gravitacionales que predijo Einstein. Lo que tú mismo generes será al final lo único que encuentres.

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El pato de la cortina

Cada mañana le sonreían los patos de la cortina del baño. Ella se desnudaba delante de ellos antes de entrar en la ducha. Yo era uno de esos patos. Ya sé que no me creen. Nadie cree a quien dice que fue pato de cortina de bañera antes que humano. Pero ella sí me creyó cuando la paré la primera vez en la calle. Le dije el número exacto de lunares que tenía en su cuerpo. Y le conté que había renunciado a ser un pato sonriente de cortina solo para saber qué se sentía tocando aquella piel que yo veía erizarse cada vez que el agua fría mojaba su espalda.