Publicado el

Escalofrío

Hay palabras que siempre escribe a mano. Son muy pocas, pero antes de pasarlas al ordenador necesita sentir su trazo en el papel. Una de ellas es escalofrío. Y además la separa siempre por sílabas: es-ca-lo-frí-o. Ese hiato final es como el temblor que él siente cuando acaricia la piel que ama.

Publicado el

La brisa del Leteo

Todos desaparecen en ese cuarto de baño. Yo nunca miro al espejo cuando entro. Estoy seguro de que desaparecen tras ese cristal engañoso. Luego llegan otros. Dicen que se han ido porque se terminan los contratos temporales, pero yo los veo cuando se acercan al baño y nunca más regresan a su mesa. Soy el único que lleva más de dos años trabajando aquí. No quiero dejar el trabajo. Muchos mueren o desaparecen cuando ya no trabajan. A veces siento como que no tengo ojos y que solo veo desde un vacío infinito que se abre en mis cuencas cuando miro fijamente. Pero aquí no nos miramos nunca los unos a los otros. Solo se miran en los espejos y desaparecen. Todos los muertos. Los que van y vienen a lo largo del tiempo. Alguna vez me llega la lejana brisa del Leteo, ese río de aguas tan cristalinas que se terminan confundiendo con los espejos.

Publicado el

La historia

Conocemos lo que sucedió entre el Tigris y el Éufrates hace miles de años, sabemos el nombre de los faraones egipcios, somos capaces de trazar en los mapas los recorridos de Alejandro Magno, las travesías de Cristóbal Colón o las fronteras que fue atravesando Marco Polo. Podemos nombrar los escenarios de la revolución francesa y casi podríamos decir que, entre los libros y las películas, nosotros formamos parte de las expediciones que conquistaron el Oeste norteamericano. Somos la historia que nos enseñaron y gracias a ella aprendemos a interpretarnos y a saber de dónde venimos, aunque casi siempre olvidamos que procedemos de un mono loco que tuvo la ocurrencia de ponerse de pie ante las muecas burlonas de los otros monos que quisieron quedarse caminando a cuatro patas.De esos pasos, que parecen alocados, fuimos llegando a lo que somos, cuando alguien descubrió el fuego, la música, la palabra o se atrevió a surcar las aguas atando dos maderas o improvisando velas que luego nos fueron entremezclando con los vientos del azar y del tiempo.

Pero luego hay otra historia que no conocemos. Muy cerca de donde vivo se celebran varias bodas cada sábado. Cuando paseo con el perro o voy de camino a alguna parte veo llegar coches modernos o clásicos engalanados, calesas, mariachis, sopranos, tunas, personas cargadas de flores o de paquetes de arroz que luego se comen las palomas, hombres y mujeres vestidos con trajes de noche a las cinco de la tarde, niños que corren con corbata de pajarita, niñas con tirabuzones y adolescentes que estrenan sus primeros trajes largos. Últimamente todos se sacan fotos con el móvil, se retratan a sí mismos o a los novios cuando llegan en los coches o cuando salen de la iglesia. Hay bodas horteras, clásicas, elegantes, temáticas; pero en todas ellas se repite casi siempre la misma foto. Es mentira que las bodas no estén de moda, o por lo menos en esa plaza por la que paso a diario no se han enterado las palomas que han dejado de casarse los humanos que siguen soñando con el amor eterno. Y de esas bodas vienen estas palabras. El otro día me puse a pensar en cómo tuvieron que ser las bodas de mis más lejanos antepasados. No hay fotos ni nadie me ha contado nunca nada, pero alguna vez en una plaza parecida, en una iglesia perdida en alguna ciudad lejana, o en una ermita de esas que se asoman solitarias en una montaña, hubo hombres y mujeres que soñaron una felicidad parecida de la que no tenemos más noticias que el fondo de nuestros ojos cuando nos miramos en los espejos. En esos reflejos, en esa mirada profunda que nos observa desde otro lado, están todos ellos,  los que fueron escribiendo nuestra propia historia, los que se enamoraron cuando los faraones levantaban pirámides o cuando Alejandro Magno guiaba a sus tropas camino de Éfeso o de Persia.