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El cuadro del Rey

Mi generación vivió el paso de la Dictadura a la Democracia con el cambio de un cuadro en las aulas. Desapareció la imagen de Franco y apareció la de un señor joven que no daba tanto miedo como el otro, y además, con ese cambio, los profesores empezaron a gritar menos y ya no nos hacían desfilar militarmente en las clases de gimnasia.

También recuerdo aquel último mensaje de Franco y el nuevo mensaje de Juan Carlos que estaba enmarcado en muchos lugares, como si fuera un país de santos, de creencias esotéricas y de necesidad de seres iluminados, casi mesiánicos. El nuevo Rey aparecía en los sellos, en las monedas y antes de comernos el turrón en Nochebuena. En aquellas noches casi parecía el padre perfecto de aquellas muñecas de Famosa que se dirigían al portal. Y lo dejamos estar, y llegó el 82 y el PSOE, y entramos en Europa, y tuvimos un Mundial y unas Olimpiadas, y parecía que la Monarquía estaba ahí sin molestar, haciendo gestiones internacionales, decían, abriendo la puerta a nuevas inversiones y garantizando la Democracia. Lo del 23F nunca estuvo claro, y al final parece que fue el pirómano y el bombero al mismo tiempo, pero bien estuvo lo que terminó bien o lo que no colocó de nuevo otro cuadro de un dictador junto a las pizarras.

Y así hemos ido pasando los años, Juan Carlos haciéndose abuelo y nosotros padres, y poco a poco ya fuimos descubriendo las tramas de Urdangarin, los despilfarros de Marichalar y la sucesión de amantes y de silencios comprados para no comprometer al Emérito. Hoy se va de España, justo cuando España puede estar viviendo uno de los peores momentos de su historia, con millones de ciudadanos que no saben ni qué comer mañana, ni dónde van a encontrar un puesto de trabajo. Y no se pueden ir porque esta vez no hay lugares donde aten los perros con longanizas o donde el dinero caiga como llovido del cielo. No creo que el campechano se vaya a un piso pequeño en Estoril o en Estocolmo. No era el momento para la huida como tampoco debió ser nunca el momento para las comisiones, las cacerías y las amantes. Soy republicano y ansío una España laica y sin gobernantes elegidos desde la cuna; pero no era este el momento para complicarnos aún más la vida diaria y los desencantos. No quedará bien a los ojos de la historia. Se terminó la imagen de aquel monarca que parecía que nos había regalado una Democracia. Olvidamos entonces las fotos en el yate del dictador y las carantoñas con el sátrapa. Ahora queda como otro Borbón más que sale de España con el rabo entre las piernas.

 

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Panza de burro

La literatura siempre se impone, reaparece, sorprende, sortea crisis y avatares inesperados, letra a letra, palabra a palabra, milagrosamente renacida cuando muchos la querían dar por muerta, después de mucho silencio o tras el bullicio de los fastos y las fiestas, en la soledad de una mirada y en un libro, en el silencio, como un conjuro sabio que alguien nos confió para que la vida fuera siempre algo más que una sucesión de noches y de amaneceres.

Panza de burro es una novela de Andrea Abreu, su primera novela, que llega para refrendar ese milagro que se renueva siempre, desde la oralidad de los cuentos más lejanos, con el atavismo de las sombras que llevamos dentro, un prodigio, un milagro del ritmo, de la música, de lo que pudo ser trivial y burlesco y que, de repente, con una combinación de palabras, con una capacidad envidiable para escuchar y para transcribir lo escrito como si fuera algo nuevo, se convierte en un libro fascinante, sorprendente.

Busquen Panza de burro y disfruten de ese aire nuevo que hace que uno siga creyendo en la literatura a pesar de los malos augurios de quienes creían que no era posible una epifanía, la llegada de una forma nueva de contar cogiendo de la mano las formas clásicas y los argumentos de quienes ya habían escrito antes, una música, porque al final todo es música, que te hace olvidar que estás pasando páginas, que logra que las páginas vuelen y trasciendan, esa música que engrandece o echa por tierra la aventura de todas las novelas, la que viene de la poesía, porque este libro no se entendería sin la voz de una poeta, la que recoge los ecos de la calle y los guarda para siempre como lo que son, expresiones para entendernos y para emocionarnos, creaciones de alguien que unió letras para decirnos algo, para contar los estados de su alma o de sus cuentas, con esa abstracción que generan las palabras cuando se logran enlazar como un rompecabezas perfecto partiendo de algo nuevo, sin más asideros que la intuición y la creencia en ese sonido que puede quebrar o conmover en cualquier momento.

Andrea logra que esa música no chirríe nunca, y lo hace con sutileza y con valentía, a veces obviando la puntuación y otras escribiendo el sonido de lo que parecen expresiones burdas y para salir del paso: ella logra sublimar todo lo que toca porque uno tiene la sensación de que escribió esta novela en estado de gracia, en uno de esos viajes por la memoria, la infancia, la rebeldía y la reivindicación de la belleza, la belleza en todos los paisajes y en la fealdad de quien no logra ver un poco más lejos, mucho más allá de lo que tiene delante. Cabrera Infante logró ese prodigio en Tres Tristes Tigres y en La Habana para un infante difunto, lo que ha conseguido Andrea Abreu, la oralidad, la cadencia, en este caso con los canarismos y los neologismos, los anglicismos, las voces de la televisión o de los videojuegos, y también con las palabras  ancestrales de nuestras abuelas: para Andrea todo es válido para conmover y para que transitemos por su libro dando saltos de alegría y de sorpresa todo el rato, admirados, profundamente agradecidos por ese logro literario, por el aire nuevo que trae, por su valentía narrativa y poética. No quiero escatimar elogios. Me da lo mismo que me llamen exagerado. Solo deseo transmitirles la alegría y la fiesta que he vivido leyendo Panza de burro. Andrea, no lo he dicho, vive en Madrid y nació en Icod de los Vinos en 1995, y el libro también es el primero que edita Sabina Urraca, su editora, a la que hay que agradecer que apostara como lo ha hecho por esta novela. No, la literatura no estaba muerta, ni se había acabado lo que se daba. Renace siempre, se reinventa y se nutre de su tiempo y de quienes saben buscar las palabras para seguir contándonos, esa música que resuena en Panza de burro para que continuemos bailando al son de la belleza, sobre ese alambre en el que sentirnos vivos aun en el vértigo de todos los abismos y de todos los desastres.

 

Artículo publicado el domingo  2 de agosto en la edición de papel de Canarias 7.

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El héroe

Recogía una mariposa monarca

en medio de la carretera.

Estuvieron a punto de atropellarlo

pero logró salvarla de las ruedas de los coches.

Le costaba volar y él se dio cuenta.

Dejó el carro de la compra en la acera

y no dudó en saltar la valla.

Un hombre que se juega la vida

por salvar una mariposa es siempre un héroe.

Vi luego cómo la colocó en un parterre,

cuidadosamente, como si fuera a romperse.