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Sellos

Hace un momento soñaba con sellos. Supongo que un freudiano diría que hoy he estado durmiendo con alma volandera, o que se avecinan viajes o noticias importantes que pueden cambiar mi vida. Yo coleccioné sellos entre los doce y los dieciséis años. Es verdad que compraba series recién salidas en Correos o pequeñas colecciones en aquellas filatelias que casi han desaparecido del paisaje de todas las ciudades; pero lo que más le gustaba a aquel niño soñador eran los sobres que le dejaban los familiares y los vecinos más cosmopolitas. Cuando tenías entre las manos un sobre matasellado en Cuba, en Inglaterra o en Argentina ponías en marcha toda tu capacidad creativa tratando de imaginar el recorrido paisajístico de aquellas cartas. El sello no era más que el medio que despertaba los sueños viajeros, el papel luminoso que daba fe de aquellas aventuras por océanos, cielos o países lejanos. Ahora un adolescente soñador no creo que guarde los correos electrónicos en ninguna parte, y si los guarda no cuenta con destellos brillantes que lo acerquen a los sueños. Hace años que no regreso a mis colecciones filatélicas. No tienen ningún valor económico, pero es que entonces no pensábamos en valores económicos o revalorizaciones. Nos gustaban los sellos más exóticos y más lejanos, y nos sentábamos delante de ellos con una lupa que no hacía más que agrandar nuestros deseos de viajar fuera de nosotros mismos: el mundo no era más que un espacio que recorrías siguiendo el rastro de un pequeño sello coloreado de sueños.

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El enigma de la llegada

Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.

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Migraciones

Si miras hacia el cielo verás pasar bandadas de aves sin nombre que siempre andan persiguiendo al verano. Los pájaros saben que la vida es un vuelo y que una jaula es un engañabobos con el que a veces tratan de engatusarnos. Me gusta verlos junto a las charcas que encuentran cada año en las mismas costas o revoloteando cerca de los acantilados. Ni siquiera conocemos sus nombres. Nos llaman la atención el color de sus plumajes o los trinos con los que celebran la llegada de la mañana. A veces es el mar el único que sabe que detienen sus vuelos oceánicos. Sus sombras, como las nuestras, también navegan la inmensidad de las aguas.