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Ahogados

Hace más de cuarenta años casi me ahogo en el Puerto de Las Nieves de Agaete. Una corriente extraña, una especie de parálisis, y de repente me hundí más allá de las rocas que solo pasaban los osados. Siempre fui osado en el mar y lo seguí siendo con los años, pero ya con más cuidado, haciéndole caso en todo momento a aquella especie de letanía que repetían los pescadores: al mar no hay que tenerle miedo, pero sí mucho respeto. Vuelvo siempre que puedo a la orilla y me sumerjo en el océano como quien regresa al líquido amniótico del útero materno. Me ha costado vivir en ciudades sin playas. Y estos días de verano siempre es una fiesta el regreso a la espuma de las mareas y a ese estruendo que acalla todo lo que uno arrastra desde el invierno.
Pero en esa fiesta siempre recuerdo aquella vez en que casi perdí la conciencia debajo del agua. Tenía seis o siete años y desde entonces aprendí que la vida se puede perder en cualquier momento y que el tiempo que no intentemos ser felices es tiempo perdido, camino baldío, pasos que no tienen sentido porque cada segundo es único e irrepetible. Aquella experiencia me lleva a recordarles a los demás que el mar también es peligroso si uno no toma ciertas precauciones o no conoce las corrientes. El otro día me llamó un amigo periodista que también sufrió un ahogamiento cuando era niño en Bañaderos. Este compañero se empeñó hace un tiempo en lanzar una campaña para concienciar a quienes se acercan a las playas sobre esos peligros que nadie se imagina cuando contempla un piélago azul casi perfecto. Sebastián Quintana me comentó que solo en lo que llevamos de año han muerto casi cincuenta personas ahogadas en Canarias. Y que cada año mueren decenas de bañistas por no ser conscientes de esos riesgos de la mar que tan bien conocen los marineros más avezados y los que frecuentan las costas. Por eso ha puesto en marcha la campaña “Canarias, 1.500 km. de costa”. A mí me salvó la vida Nico. Vio las burbujas que dejaba mi hundimiento y saltó desde la avenida a sacarme del agua. Me lo contó años después. Luego Nico tuvo malas rachas en Agaete, y aún hoy lo encuentras siempre sentado en un banco, como si la vida fuera cosa de otros. Si él no me salva, yo no hubiera conocido París, ni hubiera leído Madame Bovary. Tampoco hubiera escrito ninguna de mis novelas, ni hubiera tenido una hija, ni mil vivencias irrepetibles. Hay un poema de Carver que cuenta todo eso. Se titula La propina. Chano y yo tuvimos suerte, pero otros muchos se quedaron para siempre en el fondo de las aguas. Por eso le dije que podía contar conmigo para esa campaña, sobre todo ahora que estamos en agosto. El mar es lo más cercano al paraíso que conocemos los que vivimos la infancia entre rocas y mareas; pero como todo paraíso también tiene sus riesgos. Y conviene no olvidar que ninguno de nosotros es eterno.

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Amberes

Aquí siempre llueve en el mes de julio. Si no lloviera no sería verano. No te creas lo que te cuentan de otros estíos. Aquí el verano es una nube gris que oscurece un poco más el asfalto y difumina la silueta lejana de los barcos que entran en el puerto. Más allá está el Sur, siempre azul, con esas playas luminosas llenas de gente que sueña que es eterna entre las olas y la arena. Tenían que haberte contado cómo era Amberes. Los que llegan aquí ya saben que están oscureciendo. Amberes también puede ser un puerto en mitad del Atlántico por el que un día se adentraron normandos y bereberes.

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Horario de verano

La hora ya se cambia sola. Hace años por lo menos podía controlar el tiempo dándole hacia atrás o hacia delante a las manecillas de los relojes. Le parecía casi milagrosa aquella sensación de saltarse los pasos necesarios para seguir avanzando o retrocediendo. Ahora el tiempo le importa poco, o ya sabe de antemano que no existe más allá de la necesaria dependencia del ser humano. Según él, no se puede controlar lo incontrolable. Los segundos, los minutos, los días o los años no son más que mendaces asideros para no extraviarnos. Incluso desdeña los cumpleaños porque dice que no tienen sentido en seres que nacen cada vez que tienen la suerte de poder seguir adelante. Lo de menos son las fechas o las horas que marquen las pantallas. Hoy anochecerá un poco más tarde. Si pudiera elegir se quedaría siempre con la posibilidad de atardecer en horario de verano. Dentro de ese engañabobos que para él es la medición del tiempo asegura que los días más largos consiguen que nos creamos un poco más eternos.