Publicado el

La cabina

Los objetos que pierden su función en nuestras vidas suelen desaparecer de nuestro entorno sin estridencias y sin que casi nos demos cuenta de ese abandono. Los coches de hace treinta años, las primeras batidoras, los ventiladores enormes que veíamos en todas partes o aquellas primeras computadoras que nos parecían de ciencia ficción se borraron de repente de nuestros paisajes cotidianos. Siempre hay alguien con un espíritu de Diógenes que se niega a tirar esos artefactos, pero sus casas se llenan de polvo o se quedan habitadas solo por esos mecanismos a los que la bulimia tecnológica va dejando fuera de todos los usos.
El otro día estábamos viendo el mediometraje de La cabina que dirigió Mercero. En aquella claustrofóbica y desastrosa historia que protagonizaba José Luis López Vázquez todos nos sentíamos protagonistas porque habíamos entrado a esas mismas cabinas infinidad de veces. En casa de esos amigos, el hijo pequeño, de ocho años, nos preguntó que qué eran esos aparatos y que dónde los podía encontrar. Nos miramos unos a otros y nos dimos cuenta de que casi no quedan cabinas, y que los pocos teléfonos públicos que encontramos ya están fuera de aquellos armatostes con los que Mercero nos agobió prodigiosamente. Aquel niño no entendía la razón de esas cabinas que en Londres forman parte del paisaje más reconocible aunque casi nadie llame a ninguna parte desde ellas. Las pocas que vemos están desvencijadas, pintadas por todas partes y saqueadas por quienes buscan monedas para sus dosis diarias. Quienes asistíamos a aquel asombro del pequeño teníamos entre cuarenta y cinco y cincuenta años, y todos, sin necesidad de decirnos nada, visualizamos decenas de cabinas en las que nos contaron muchas de las noticias que cambiaron nuestra vida. Dentro de esos aparatos juramos amor eterno, estuvimos pendientes de resultados de notas escolares o seguimos el destino de un familiar ingresado en un hospital. Los que hemos vivido en ciudades lejanas tenemos aún más complicidad con esas cabinas que ahora desconocen quienes se mueven en la pantalla táctil mejor que cualquiera de nosotros. Casi me sentí como el protagonista de Mercero cuando lo dejan en aquel lugar lleno de cabinas con hombres perdidos para siempre en sus adentros. Nosotros también seguimos marcando números en esos teléfonos, esperando a que alguien nos responda al otro lado y a que en la casa de nuestra novia adolescente no contesten nunca sus padres. Le explicamos al niño lo que era una cabina como nos explicaban a nosotros lo que era el cambullón o el estraperlo. Y él nos escuchó con la misma cara con la que nosotros escuchábamos aquellas explicaciones de nuestros abuelos. Como si le hablaran en chino o le cantaran canciones con músicas perdidas en el tiempo.

Publicado el

Ojales

A veces entro a comprar botones en las mercerías para que no desaparezcan. Quedan pocas. Realmente quedan pocos comercios pequeños en Las Palmas de Gran Canaria. En Vegueta, por ejemplo, había hace unos años hasta cinco tiendas de comestibles entre Santa Ana y Santo Domingo. Solo queda una. Esas tiendas les daban un encanto especial a las calles y al mismo tiempo contribuían a que se relacionaran los vecinos. Ahora casi todas las compras son asépticas, y ni siquiera miramos a los ojos de las cajeras que nos cobran en los supermercados.
Hace tiempo, y no estoy hablando de décadas sino de unos pocos años, uno caminaba por la calle y encontraba a otros paseantes pendientes del color del cielo, de las características de una fachada o sencillamente de su propia sombra o de la sombra de los otros caminantes. Ahora casi todo el mundo va mirando pantallas o hablando por teléfono sobre supuestas cuestiones vitales que no admiten demora. El otro día me decía un amigo que parecía que todos los paseantes tenían acciones que vender en Wall Street o familiares graves en los hospitales. Se nos va la vida creyendo que somos importantes en el fondo de las pantallas, y sin embargo pasamos de largo ante todo lo que nos podría enseñar a vivir con más tino y más acierto. Yo a veces compro en esos negocios que casi están a punto de cerrar para que no dejen huérfanos los paisajes que reconocemos desde niños y que también reconocieron nuestros abuelos y nuestros padres. Quedan pocas mercerías, casi nadie cambia botones u ojales, y es poca la gente que busca esos ovillos que nos permiten seguir los hilos de Ariadna. El otro día estaba en una de esas pocas mercerías que todavía quedan en Las Palmas de Gran Canaria mientras una señora buscaba ojales para chaquetas. La llamaron por teléfono y contestó delante de la dueña y de mí. La dueña me conoce y creo que sabe por qué compro en su establecimiento. Se da cuenta de que la mitad de las veces ni siquiera sé qué es lo que voy buscando y que es ella misma, yo creo que para que no lleguemos a las confidencias que nos terminen delatando, la que me termina ofreciendo algún trozo de tela o cualquier cachivache que los dos sabemos de antemano que no tiene ninguna importancia. La señora del teléfono era una remilgada con aires de grandeza. Le dijo a quien le llamaba que en ese momento no podía contestarle nada porque estaba haciendo una gestión muy importante. Sin darse cuenta puso esa cara de impostora que ponen tantos políticos cuando salen en los telediarios tratando de hacernos creer que están decidiendo nuestro destino o nuestra felicidad diaria. Pero esa señora, sin darse cuenta, creo que decía la verdad aunque ella quisiera mentir para que la otra pensara que estaba en una reunión importante: elegía ojales. A estas alturas elegir ojales es algo importante.

Publicado el

Termómetros

Algunas mañanas se conectaba a Facebook como quien se coloca un termómetro debajo del sobaco. A medida que pasaban las horas y se iba despertando la gente comenzaba esa fiebre diaria de mirarse y de seguirse por todas partes. Nunca acababa bien el día si no había sido capaz de desconectarse a tiempo. La hipertermia textual iba unida casi siempre a una hipotermia cada vez más preocupante de los sentimientos.