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Linternas y sombras

Hay historias que se quedan para siempre en los sueños, personajes remotos que una vez leímos o reconocimos en algunas madrugadas. Goethe pidió más luz cuando moría sin saber que posiblemente esa oscuridad que ya atravesaba no era más que la antesala de otro nuevo argumento que también acabaría olvidando.
Recuerdo un hombre obsesionado con las linternas. Las tenía de todos los colores y de todos los tamaños. Casi nunca las encendía. Si le preguntabas, te respondía que las iba guardando por si alguna vez se acababa la luz en el mundo. Decía que las velas no eran de fiar olvidando que las pilas y las baterías también se desgastan al paso de los años como mismo se apagan todas las miradas. No sé qué habrá sido de aquel hombre y de aquellas linternas. Tampoco sé en qué lugar del tiempo se habrán quedado tantos personajes que he soñado o leído en las madrugadas. Posiblemente nuestra propia sombra no sea más que un reflejo literario.

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El despacho

Se había apagado. Escuchaba otras voces en los despachos cercanos; pero él había perdido el brillo de su piel y de su mirada. Vio cómo entraron corriendo en su despacho y cómo lo sacaron en camilla. Él seguía sentado como si todo aquello fuera un sueño. No se había movido de su sitio y ya su espacio lo estaba ocupando otro empleado que llevaba años soñando con su puesto. Era gris, pero no estaba tan apagado como él. Metió todas sus pertenencias en una caja y se las entregó a un conserje cojitranco que no paraba de maldecir todo el rato. También le dio su abrigo. Él tenía frío. Nadie habla nunca del frío de los muertos. El que ocupaba su silla le decía a otro con el que hablaba por teléfono que él acababa de morir de un infarto fulminante y que lo estaban velando en la sala siete del nuevo tanatorio. Estaba de pie, junto a la ventana. Afuera la gente seguía paseando como si no hubiera pasado nada.

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La relatividad de la suerte

Desde que le había salido el Rey en el roscón del seis de enero no levantaba cabeza. Tocaba madera y le daba calambre, y si pisaba mierda se torcía un tobillo. Aquella mañana todos envidiaron la suerte del dulce navideño. Entonces todavía vivía con su mujer y sus tres hijos. También le abandonaron. Lleva el Rey Mago del roscón en el bolsillo a todas partes. Le habla, le acaricia la barba blanca y todavía confía en que le cambie la vida. Está empeñado en que todo lo que le pasa no es más que el anticipo de todo lo bueno que le espera. Antes de la última mañana de Reyes no había campaña publicitaria que ideara que no llegara a la gente sobre la marcha. Las agencias se lo rifaban. Su última propuesta casi había arruinado a la marca de cerveza que anunciaban. Todos dijeron que tenía tintes misóginos y racistas. Él aseguraba que no la estaban entendiendo. No lo quieren volver a ver por la agencia. Vive solo en una pequeña pensión situada en el barrio chino de la ciudad. Lo raro es que no le hayan dado un navajazo al salir a la calle. Se acuesta con la figurita del roscón junto a la almohada. Todas las noches le cuenta cada uno de sus sueños y luego se duerme hasta el día siguiente. Hasta este año no habían comprado el roscón en casa. Su hijo mayor estaba empeñado en que había que comenzar enero tentando a la suerte. En todos los años pasados se había negado a aceptar una tradición que jamás vivió cuando fue pequeño. Ahora solo le queda ese rey de plástico ya medio despintado. Es lo único que realmente tiene en estos momentos. Su mujer ha conocido otro hombre y sus hijos ya no quieren verlo.