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Plumas lejanas

Estos días encuentro cientos de plumas en las plazas y en las calles. No las ves si no te fijas en ellas, si no caminas con la mirada perdida y con la mente abierta para poder sorprenderte de cada detalle cotidiano que se renueva, porque todo es nuevo y cada día es diferente: nunca es la misma fachada ni la misma puerta por la que pasas a diario, casi siempre sin darte cuenta, cambia el color, el desgaste inevitable del tiempo y todo lo que se añada a cada instante, el perro que pasa cerca, la niña con la bicicleta que atraviesa ese espacio como una flecha o tu misma sombra, que jamás es la misma que tenías unos segundos antes de que te pusieras a caminar buscando argumentos.

Tengo un amigo que siempre dice que esas plumas que mueve el viento, o que se amontonan en una esquina de la plaza entre las hojas muertas de los laureles de indias, son de todos los ángeles que nos sobrevuelan sin que nos demos cuenta, que cuantas más plumas veamos más se conoce que estamos necesitados de ángeles alrededor nuestro para poder enderezar todo este escenario que cada día entendemos un poco menos. No le voy a quitar la razón a mi amigo: hay días en que uno solo puede confiar en esos ángeles y en las  cábalas del tiempo, o en la sabiduría de la propia vida, en todas esas mareas del destino que no entendemos hasta que pasan los años y todo se coloca más o menos en su puesto.

Si nos fijamos, y miramos para el cielo de vez en cuando, nos daremos cuenta de todas las aves que nos sobrevuelan a diario, de las gaviotas que transitan entre la costa y los vertederos, de las palomas que sueltan en los cientos de palomares que todavía existen en la azoteas de la ciudad o de todos esos pájaros exóticos que quedaron varados en los parques o en los barrancos tiñendo de colores llamativos las sombras de sus vuelos. De todas esas aves, sobre todo de las gaviotas y de los alcaravanes, son esas plumas que encontramos luego en las aceras o en los patios de nuestras casas. También hay muchas plumas de colores diferentes, mucho más grandes y resistentes, que llegan de todas esas bandadas de aves que atraviesan los continentes desde hace miles de años buscando siempre el calor de los paisajes, la supervivencia atávica, todos esos aleteos que, como los nuestros, nos llevan de un lado para otro confiando siempre en nuestra propia suerte y en un porvenir más halagüeño. Estos días de plumas son, curiosamente, los más silenciosos cuando amanece. Ya casi no se escucha el bullicio de los mirlos y de los otros pájaros mañaneros. Para muchos es la época de muda, y en esos días se quedan en silencio, ese silencio siempre necesario para cantar con más fuerzas y con un sonido nuevo a la próxima primavera. Los humanos deberíamos mirar un poco más a la naturaleza para entender nuestras propias bajamares y esos días inevitables en que parece que ya no vamos a ser capaces de cantar de nuevo. Quizá, como escribía Blas de Otero, nosotros también somos ángeles, pero con grandes alas de cadenas.

 

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El diálogo

Los malentendidos acaban con amores, con amistades y con lazos familiares que parecían acerados e inquebrantables, generan conflictos bélicos cruentos e incomprensibles y hacen que muchos seres mortales se crean eternos en sus empecinamientos y en sus venganzas. Todo por no hablar, por no sentarse a entender el otro punto de vista, por no dialogar, por no buscar palabras como se buscaban pepitas de oro en aquellos ríos de las películas del Oeste que nos ponían en las sobremesas sabatinas.

Hoy casi todo el mundo grita, tiende al cruel monosílabo o envía un emoticono en lugar de contar lo que le pasa. Otros optan por dejar de hablar con quien consideran culpable de un agravio. Cada vez hablamos menos entre nosotros, y el diálogo necesita el mismo entrenamiento que una carrera fondo y se parece a esos instrumentos que solo suenan bien después de cientos de horas de paciencia y práctica. Cada vez vivimos más desorientados justamente por no remover certezas y dudas en los diccionarios. Creo que en los colegios habría que conseguir que los estudiantes entendieran ese milagro que hace años estilaron nuestros viejos y que nosotros hemos ido dejando en manos de las pantallas.

Pero para hablar hay que alejar los resquemores y las pasiones exacerbadas, y sobre todo hay que admitir que la razón es imposible que esté siempre de nuestra parte, que la otra persona también tiene su punto de vista y que cada uno se mueve por su propia circunstancia. Ceder no es perder, ni en una negociación empresarial ni en un acuerdo amistoso. Ese creo que es uno de los grandes errores de esta sociedad tan desnortada. Todo el mundo quiere ganar, y los arrogantes se sienten satisfechos si nadie los contradice, y por eso los ves caer irremisiblemente como caen todas las torres, así sean de marfil o de cemento, más tarde o más temprano. Promover el diálogo es promover el futuro de una civilización. Aupar solamente a los supuestos vencedores, sin mirar más allá de las medallas o de los laureles, es promover la competencia desmedida, el sobresaliente del memorión que no era capaz de conmoverse ante el maltrato de un perro, y dejar atrás a quienes quedan fuera del foco de la moda de cada momento y del ruido mendaz de los decibelios de los estadios. Todos valemos para algo. Todos ganamos y todos perdemos. Pero para llegar a esa certeza tenemos que retomar cuanto antes el camino que conduce a las palabras.

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La carcasa

Decidió no hacerse más preguntas. Se dejó llevar. En el amor hay veces en que no te queda más remedio que dejarte llevar para descubrir hasta dónde te conduce la corriente. Había caído muchas veces por inesperadas cataratas que dejaron malherida su alma, pero también había conocido muchos remansos inesperados. Cuando era niño destrozó los mejores juguetes por querer averiguar sus mecanismos de funcionamiento. Comprendió tarde que el juego consiste justamente en no indagar nunca mucho más allá de la carcasa.