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Quique Setién

A veces el fútbol nos sigue dando razones a los que creemos en algo más que el resultado. Buscamos el mito, la épica y una recuperación de la infancia. Quique Setién ha defendido siempre el balón como si fuera un ánfora,  y también a todos aquellos que logran hacer algo diferente cuando lo tienen entre sus piernas. Eso le ha costado despidos, incomprensiones y ataques de todos los pragmáticos.

Una y otra vez nos hablaba de Cruyff a los amigos, de su filosofía del fútbol y de la belleza como concepto para entender lo que no se concibe por quien no entiende este deporte como algo más que un juego. Hoy me alegro mucho de su fichaje  por el Fútbol Club Barcelona. En Las Palmas nos regaló los mejores momentos de fútbol que yo he vivido en los últimos cuarenta años, y eso es algo inolvidable para muchos de nosotros, sobre todo aquel gol, coral y poético, contra el Villarreal: para mí el gol más bello de la historia de la Unión Deportiva por la cantidad de pases previos y por la culminación, casi circense e imposible, de Viera, Tana y Boateng.

Ahora tendremos la suerte de ver ese juego en el Barça. Los que me conocen saben de mi innegociable afición a la Unión Deportiva Las Palmas (aunque estoy alejado desde que, justamente, los prepotentes se empeñaron en matar  lo que nos enamora a los que amamos el fútbol canario de toda la vida, el que Setién logró recuperar durante unos meses inolvidables). Mi otra cercanía futbolera es el Real Madrid. Por tanto, me lo pone difícil Quique Setién; pero por una vez, menos cuando juegue contra Las Palmas o el Madrid, querré que gane el Barça si despliega en el terreno de juego la filosofía, arriesgada y preciosista, que estila el entrenador cántabro. Si le va bien, nos irá bien a todos los que vivimos el fútbol como algo más que un juego de veintidós jugadores corriendo detrás de un balón. Me siento feliz de que un amigo logre cumplir un sueño que se ha ido gestando pacientemente, sin prisas, sabiendo siempre que lo importante de este juego, como en el poema de Kavafis, y como en la propia vida, es el camino. Un catalán como Josep Pla describió lo que busca Setién mucho antes de que llegáramos nosotros: “la mínima distancia entre dos puntos -dijo- no es la línea recta sino el arabesco.” Ese arabesco, que con Messi en su equipo se concibe casi como un destino inevitable, será sin duda la esencia que busque Setién en cada uno de los partidos. Si tiene suerte, creo que nos aguardan momentos memorables en los próximos meses.

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Benito Pérez Galdós

“Todo es navegar. Todo es una continuada lucha. (…) Arte y valor para no ahogarse”. (Benito Pérez Galdós).

Cien años después de su muerte, la obra de Benito Pérez Galdós nos sigue enseñando a vivir mucho más allá de las palabras. Su universalidad, su reconocimiento y su vigencia es su gran triunfo. Sus enemigos, y todos los que cíclicamente pretendieron silenciarlo, fueron transitando, poco a poco, hacia el olvido y el anonimato; pero sus novelas nos siguen deslumbrando por su viveza y por su capacidad para contar el alma humana con todas sus grandezas y todas sus contradicciones.

Gracias, maestro, por cada uno de tus personajes y por cada uno de los días que estuviste rebuscando argumentos y sueños ante una página en blanco. La vista que perdiste en esos tránsitos creativos, es ahora la luz con la que muchos tratamos de no extraviarnos.

 

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Los finales

Nunca sabes dónde se acabará trazando la línea que termine sumando todas tus vivencias. Vamos inventando pequeñas sumas temporales para no extraviarnos y para tratar de saber si el camino que recorremos es el que querríamos estar transitando. Los finales de año son el corolario de esas pequeñas operaciones que incluyen los buenos y los malos momentos de un dígito que ya formará parte de nuestra biografía más personal y cercana. Hay años en los que la suerte está de cara y otros en los que parece que todo lo que hacemos nace como un preludio del fracaso. Uno nunca sabe cuál será su punto y final; ni siquiera cuando escribimos podemos prever ese fin que cierra las tramas. Llega casi sin que te des cuenta, y suele ser el propio ritmo narrativo el que te detiene en una palabra que no tenías pensada de antemano.
Dicen que Goethe pedía más luz cuando llegó el final de su vida o que Turner acabó diciendo que el sol era Dios. Sí es cierto que podemos dejar escritos nuestros epitafios, pero nunca sabemos si en el último momento acabaremos contradiciendo esas palabras en las que cada cual trata de buscar esa genialidad que logre detener al que camine por un camposanto. Yo prefiero siempre que los finales sean abiertos y que acabe siendo el propio lector quien termine de inventar las historias. También soy partidario de cambiar de arriba abajo un argumento cuando veo que no funciona o que me enredo sin llegar a ninguna parte. En la vida podemos aprovechar estos finales de año para dejar atrás todo aquello que nos distrae y que no nos deja seguir andando por donde queremos.  Petrarca escribía que un ser mortal jamás podrá crear algo inmortal y eterno. Esa condición de lo efímero creo que es clave para evitar cualquier endiosamiento. También lo es la lectura y la observación de lo que nos rodea. A veces subo a la azotea y miro las sábanas tendidas, las nubes que pasan dibujando formas sorprendentes, la silueta de la ciudad con sus iglesias y sus edificios altos o el océano que siempre acabas encontrando cuando la mirada se pierde lejos. De vez en cuando sigo el vuelo de las palomas que alguien ha soltado en los palomares de San Juan o San José. No dejan de dar vueltas por el cielo y, cada vez que se acercan, escucho nítidamente el aleteo que solo percibes desde la altura y el silencio. La ciudad queda abajo y queda lejos. Me propongo en el año nuevo acercarme cada vez más a las azoteas, a las orillas de la playa y a los campos en lugar de empezar el día asomándome a las pantallas. Seguiré buscando los rastros de mí mismo en los libros que lea y apostaré mi suerte a esas cosas sencillas que logran que la vida no pase de largo por ninguna acera.