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El cubo de Rubik

La vida tiene truco, y el amor, y hasta ese destino que nos cambia el escenario de arriba abajo en cualquier momento. Me veo con el cubo de Rubik entre las manos. Estudiaba Primero de BUP y aquel caos de colores se parecía mucho al futuro que tenía por delante. No sabía lo que quería ser en la vida y tampoco me importaba. Digamos que vivía los días sin agobios, con los primeros enamoramientos y tratando de ordenar los colores diarios según los iba encontrando cada mañana. Pero, de repente, aquel cubo desapareció de las tiendas y de las manos de los jóvenes, y ahora vuelve, como regresa casi todo: mi hija lo trajo hace unos días y fui confiado a ordenar los colores: no completé ni una sola cara. No recordaba los movimientos para que todas las piezas encajaran. Me quedé como me quedo en la vida muchas veces, moviendo piezas casi a ciegas, como tratando de encontrar aquellas salidas fáciles de los quince años.
Pero quien sí ha sabido darle sentido a todo ese galimatías es la poeta Tina Suárez Rojas. Admiro hace muchos años su capacidad para crear imágenes y su dominio del lenguaje desde la sutileza y la ironía, desde la ternura y también desde la sapiencia de una lectora que busca como nadie entre los libros esa poesía que no sigue modas efímeras y casi siempre interesadas. Tina acaba de publicar en la editorial Baile del Sol un libro titulado Mi corazón es un cubo de Rubik desordenado. Pocas veces un título cuenta tan bien un poemario. La poeta divide el libro en colores y en sensaciones, y uno reconoce la emoción y la intensidad de unos versos que cuentan con la ventaja de sus años de observadora de la vida que acontece en sus adentros y de esa otra que encontramos fuera. Aquí escribe de su corazón como ese cubo que tratamos de ordenar todo el tiempo: “Lo manoseo para darle forma, /busco en vano la simetría de sus colores,/ lo lastimo, lo acaricio, lo abandono, /cruzo de un lado a otro su piel de aristas/ con la ufanía de quien sabe manejarlo.” Uno pasa las páginas de ese libro como si atravesara pasillos oscuros con grandes claridades en el horizonte. Siempre se llega a un lugar seguro, o se intuye la belleza más allá de lo que tenemos delante. También lo cuenta la poeta: “Mi memoria surca a menudo/ los plácidos cauces de un tiempo perdido.” La poesía, cuando logra atravesar esas estancias que tratan de esconder la insolencia, la fealdad o la arrogancia, nos devuelve al remanso en el que sabemos que estamos a salvo, o que todo está en orden mientras estamos leyendo o resuenan esos ecos que dejan algunos versos más allá del tiempo. Lo escribe Tina Suárez Rojas con rotunda evidencia poética: “Todo vuelve a su origen. La brasa expira.” Y el que no ha vivido tiempo ha tenido. Si no logramos salvarnos de la mediocridad y la insolencia, todo se lo llevará la rutina y el tedio.

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ArteMisia

No todo el mundo atraviesa un bosque de la misma manera, ni siquiera un bosque metafórico, un sendero que a veces se adentra tanto entre las sombras que no queda más remedio que confiar en la magia de las palabras. Pero cuando atraviesas ese camino entre espectros y extraños ruidos, te sientes como quien llega a una ciudad nueva en la que te puede estar esperando el amor de tu vida o ese paisaje que llevas soñando desde que te adentraste más allá de esos árboles que siempre ocultan el bosque lejano. Estos días se ha presentado en Gran Canaria un libro conjunto en el que confluyen siete mujeres atravesando ese bosque inmenso de la vida a través de la poesía y de las imágenes.
Hace unos años, un grupo de creadoras encabezado por Macarena Nieves Cáceres y Eduvigis Hernández puso en marcha un proyecto al que llamaron Rumores de ArteMisia. Poco a poco han ido consolidando un encuentro de poetas y artistas visuales que con el paso del tiempo estoy seguro de que será una referencia a la hora de encontrar qué buscaban muchas artistas cuando recreaban imágenes o cuando trazaban versos para no zozobrar en ningún naufragio. En esta ocasión la línea temática del proyecto era atravesar el bosque de la mano de las poetas Elena Garbisu, María José Vidal Prado y Yaiza Martínez junto con las imágenes, prodigiosas y sorprendentes, de Karina Beltrán, Magda Medina, Rocío Arévalo y Davinia Jiménez. Todas confluyen en una cuidada edición, a cargo de Silvia Ponce, llena de sugerencias, de pistas necesarias y de senderos tan reales e imaginarios como los que transitamos entre el asfalto y ese cielo que nos mira como si fuéramos animales extraviados en algún lugar del tiempo. Yaiza Martínez recorre un bosque de imágenes y sugerencias, de “cuando los agujeros negros te hablaron/ del nido infinito”. De ese camino que vamos tanteando cuando a veces oscurece en nuestra alma también escribe María José Vidal Prado, y nos recuerda que vamos “cortando nuestra propia hierba/para poder dar otro paso”. Esa necesaria poda de nuestro camino es lo único que nos permite encontrar alguna felicidad en el horizonte de la mañana siguiente, cuando llegamos a una nueva ciudad rodeada de bosques humanos. Y es Elena Garbisu entonces la que traza lo esencial, la que sabe que el verbo amar es importante, pero que lo es más todavía el verbo caminar y, sobre todo, ese otro verbo que olvidamos porque lo activamos sin darnos cuenta todo el rato: escribe Garbisu que “respirar es un acto de rebeldía”. Las mujeres se han tenido que rebelar durante siglos para poder respirar y crear en sociedades que quisieron cortar sus alas alejándolas de la cultura y de esa educación que es al final el único asidero, y también la única brújula, que realmente vale para no extraviarnos para siempre entre las sombras de los bosques de la vida.

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Elsa López

La poesía es lo que queda más allá del tiempo y de las propias palabras, ese eco que no hace falta memorizar para que se eternice en el alma. Estos días ha llegado a mis manos el último libro de poemas publicado por Elsa López. Lo edita Hiperión y se titula Viaje a la nada. Elsa es una poeta de larga trayectoria, de muchas búsquedas, justamente premiada hace unos días con la Medalla de Oro de Canarias y con muchos viajes de ida y vuelta hacia dentro y hacia fuera de sí misma. De esos viajes se nutre este poemario, de lugares lejanos y de esa cercanía que da la madrugada cuando uno se reconoce a sí mismo en la desnudez de ese espejo que nos regala el paso de los años.
Hay muchos versos que nos detienen y nos deslumbran “debajo del cristal de la espera”, allí donde todo es armonía y al mismo tiempo revoltura de olas en nuestros propios océanos. Hay mucho salitre entre sus letras, porque “así es la nada: blanca, gris y silenciosa./ Solo el mar para nombrarla.” A esos versos solo se llega cuando se han dado muchos pasos sabios. En las antologías poéticas, como cuando leo los periódicos, siempre empiezo por el final: en los periódicos por esas manías que uno adquiere desde niño, cuando quería llegar lo antes posible a las páginas de deportes, y en la poesía, porque suelen ser esos versos de los últimos años los que nos cuentan realmente a quien escribe. Llegado ese momento hay un despojo de toda la faramalla, de los ditirambos y de esas palabras huecas que no cuentan nada. Solo queda la esencia, y esa esencia, como la que encontramos en Viaje a la nada, es la que al final nos conmueve y nos detiene en cada verso, o mucho más allá de ese abismo lleno de preguntas que dejan algunos puntos y aparte. “Solo el silencio que llevamos dentro”, ese verso de Elsa creo que define nuestro único enigma y al mismo tiempo, como si fuera un oxímoron, la única voz que nos queda, ese espacio en blanco que estará entre nuestra vida y la vida de los que vengan más tarde a buscarle sentido a su existencia en este planeta lleno de pájaros juanramonianos que seguirán cantando cuando ya no estemos. Pero lo bueno de los libros es que nunca llegan solos. Hay como una corriente que los empuja, los entrecruza y en algunos casos los complementa. Mientras leía los versos de Elsa López se cruzaron los últimos diarios que escribió Sándor Márai, y estoy seguro de que al escritor húngaro que murió en el exilio norteamericano le hubieran emocionado los versos de Elsa López. En ese diario Márai escribía estos renglones. “El camino que conduce de la vida a la muerte es oscuro, voy trastabillando de la nada a la nada, y en ocasiones sucede que, en el trayecto, una palabra o un concepto resplandece como las luciérnagas en un bosque oscuro”. En este libro de Elsa encontraremos muchas de esas luciérnagas que dan sentido a la vida y a la literatura.