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Papeles olvidados

Algunas mañanas paso junto a las ventanas de la hemeroteca del Museo Canario, en la calle Doctor Verneau de Vegueta. Las ventanas tienen esas celosías típicas de las casas canarias que hacen que uno no sepa nunca si están abiertas o cerradas. A través de esas celosías muchos han visto pasar la vida de los pueblos como quien se asoma a una pantalla. A veces caminas por las calles vacías de algunos pueblos que parecen abandonados y de repente escuchas un golpe de tos o un bisbiseo detrás de esos postigos que mantienen a salvo a los voyeurs y a los que quieren mirar sin ser vistos.
Pero cuando caminas junto al Museo Canario sí eres capaz de saber si las ventanas están abiertas o cerradas. Cuando se abren, te llega el olor de miles de periódicos viejos. En los días de invierno ese olor se parece al del pan recién horneado o al de las brasas que crepitan en una hoguera, casi podría decir que es un aroma que logra quitar el frío que uno siente a veces cuando camina por las aceras. Sin embargo en verano, o en los primeros días de ese otoño de estío que tenemos en las islas, ese olor caldea aún más la calle y la vuelve más señera, como si toda la realidad que se contó en esos papeles saliera a pasear un rato bajo el sol de la mañana. Hay muchas vidas en una hemeroteca, muchos divos olvidados que ya nadie recuerda. También se guardan sucesos que paraban a la gente por la calle, ganadores de loterías que se hicieron millonarios de la noche a la mañana, cantantes de otros tiempos o goles que ya no importan ni a quienes los marcaron. Hay portadas con grandes caracteres, hitos históricos, el final o el principio de una guerra, el hombre llegando a la luna, el asesinato de Lennon o aquel suceso de los niños que murieron cuando iban a buscar un balón en una tubería que se los llevó para siempre. Hay miles de nombres, periodistas que creían que sus exclusivas serían distintas a todas las noticias que ya nacen pasajeras desde que son escritas, políticos que ya nadie recuerda o que solo asociamos a una calle en la que está el colegio de nuestros hijos. Ese olor que a uno le llega cuando pasea al lado de ese museo también se parece al de la ceniza de aquellas hogueras en las que quemábamos todo lo que sobraba para celebrar un nuevo solsticio. Alguna vez he entrado a esa hemeroteca que deberíamos preservar incluso con más ahínco que nuestros propios recuerdos. Todos esos testimonios de otros tiempos necesitan de esos papeles para colocar cada cosa en su sitio, para recordarnos cómo éramos en esa tinta que amarillea como esos castaños que dejan el suelo sembrado de hojarasca. Ahora escaneamos los papeles viejos, pero nosotros hace tiempo que sabemos que un papel viejo necesita el tacto y el olor casi tanto como esa letras que se sueñan inmortales cuando nos cuentan.

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Flecos

Fue a buscar el periódico. Tenía flecos, como si la guillotina que corta las hojas se hubiera empeñado en afilar más de la cuenta los bordes. Tiró de uno de esos flecos y poco a poco se fueron desmigajando todas las noticias por la calle. No quedó nada, solo pequeños papeles que luego movió el viento en medio de las palomas, el polvo y las sombras de la gente que pasaba por la calle.

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Mara González

Nos queda la voz, ese eco que confunde luego el pasado con el presente, las vivencias que nos llevan de la mano por el tiempo si cerramos los ojos y dejamos que resuenen los recuerdos. Yo soy un hijo de la radio más que de la televisión. Cuando era niño, en la tele estaba casi todo el tiempo la Carta de Ajuste y solo había un canal en blanco y negro. La radio, en cambio, sonaba a cualquier hora, en todas las casas, en las barberías, en las tiendas, en los bares y donde cosían las modistas entre confidencias y dedicatorias musicales. El fútbol estaba unido a la radio, y quizá por eso se convirtió para muchos de nosotros en algo más épico y emocionante que cuando lo vemos en directo. La radio era la magia que por más que te explicaban no llegabas a entender, o no querías entender justamente para que no acabara esa misma magia con la que llegábamos a todas partes sin movernos de nuestra casa.
Hubo muchas voces, pero sin duda la de Mara González fue una de las que más marcó a muchas generaciones de esta provincia. Nos acostumbró a escuchar cuentos desde por la mañana, a conocer que había muchos niños que no tenían nuestra suerte y a entender un poco más aquel mundo de los setenta que estaba cambiando tantas cosas sin que apenas nos diéramos cuenta. En aquellos programas de Mara también tenían voz los que no salían en ninguna parte, y sobre todo se contaba lo cotidiano, lo que muchas veces emociona por sencillo, aquello que no sale en grandes titulares y que va cambiando a diario la sociedad que vivimos. Cuando yo era niño, estaba todo el día marcando el teléfono de Radio Las Palmas. Lo conté cuando hace años me tocó presentar en Guía el acto en el que Mara fue reconocida como Hija Predilecta de su pueblo. Todos se extrañaron de que yo aún recordara aquel número que marqué tantas veces con once o doce años. Gané algunos concursos y dediqué canciones como tantos niños de aquellos años, también conté cuentos y me imaginé muchas veces a los que estaban al otro lado del transistor como seres casi legendarios. Ahora Mara González se retira de la radio, pero no de nuestra memoria. Seguiremos escuchando su voz por las mañanas como cuando tomábamos el café con leche a toda prisa antes de salir para el colegio. Hablamos largamente hace unos días y coincidimos en que quien tiene suerte de hacer aquello que le gusta vive muchas más veces que el resto de los mortales. Ella ha tenido esa suerte y nosotros hemos sido unos privilegiados por haber disfrutado tantas veces con sus emociones y con esa pasión diaria que transmitía a través de las ondas. No me gustan las despedidas. Cuando uno cierra los ojos y logra que resuene una voz como si la tuviera delante está eternizando en su recuerdo la memoria de quien habla. Mara González será siempre una de esas voces que llevaremos en nuestra memoria a todas partes.