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Las palmeras

A lo mejor solo vine para estas palmeras un día de noviembre de 2018. Esas palmeras llevan en el barranco cientos de años. Han visto pasar a muchos caminantes cabizbajos, altivos, serenos, ansiosos, grandes y pequeños. Estos barrancos llevaban agua hace muchas décadas. El sol ya se asoma entre las palmas humedecidas por la tarosada. No sé qué me ha hecho levantar la mirada. He pasado muchas veces debajo de estas palmeras sin mirar hacia arriba. Canta un pájaro. Amanece. No se escucha nada más en el barranco. A veces la vida se muestra con esa desnudez que tanto olvidamos corriendo tras el ruido mendaz de lo que creemos importante.
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La tierra mojada

La lluvia no era noticia. La lluvia mojaba los zapatos y embarraba los campos. Ahora cuando llueve parece como si llegara el gran diluvio o como si nunca hubiéramos visto llover detrás de los cristales, y siempre llueve y llueve, como en aquella Balada de Otoño de Serrat, como escucharían llover Alejandro Magno y su palafrenero, como escucharían Atidamana o Abenchara desde las cuevas, o como resonaría un chaparrón en un patio mientras Mozart trazaba símbolos sobre un papel pautado. También imagino a Marcel Proust recostado en una cama, viendo llover en los campos para que esa lluvia mantuviera a salvo el sabor de la magdalena mojada en el té de su infancia.
Ahora miramos los móviles y vemos las posibilidades de lluvia en lugar de mirar al cielo o de perder la vista en el horizonte del océano para comprobar si las nubes están recogiendo el agua como nos enseñaron nuestras abuelas. Y llueve y todos sacan fotos o escriben en las redes sociales preocupados por cómo van a llevar a sus hijos al colegio o por cómo llegarán a sus trabajos, o por cómo caminarán por las calles sin resbalarse cada tres pasos. A medida que nos volvemos tecnológicos vamos perdiendo la capacidad atávica e innata de convivir con la naturaleza y con el paisaje. Recuerdo los días de lluvia en mi infancia, el barro por los caminos, la naturalidad con la que salíamos de casa con el paraguas o con la gabardina sin mirar ninguna aplicación de móvil y sin que nuestros padres andaran de un lado para otro preocupados por una lluvia que entonces casi se celebraba como una bendición de los dioses. Llueve, y lloverá mañana, y el año que viene, y dentro de mil años, y la lluvia nunca hará el ridículo como lo hacemos nosotros a veces cuando la miramos a través de las pantallas. La lluvia sí es una certeza, la vida real, el olor del tiempo en la tierra mojada.

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El lirio

Francis Scott Fitzgerald le escribió una vez a su hija un verso de Shakespeare para que entendiera la vida y sobre todo el derroche del talento y de la belleza, o quizá la dejación de la virtud, esa tentación de dejar que todo se venga abajo y de derrochar el propio talento como hizo Fitzgerald tantas veces a lo largo de su vida. El verso de Shakespeare te detiene en ese límite casi imposible al que a veces llegan algunas palabras: “El lirio que se pudre huele peor que la maleza”.
No se vive eternamente; quizá el único camino para alcanzar la felicidad sea el que acepte nuestra condición efímera sin apocalipsis y sin dramatismos que la destruyan antes de tiempo. Una vez asentado ese final inevitable, lo único que daría sentido a la existencia sería la búsqueda de la belleza y del amor. Si dejamos que esa flor que era única y casi sagrada se pudra, estaremos muriendo antes de tiempo, y cada cual decide ser flor o ser maleza. La podredumbre no solo tiene que ver con el tiempo.