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El violinista

Acababan de cumplir las bodas de plata. Siempre fue una pareja feliz. Ella acabó Historia del Arte al mismo tiempo que él finalizaba Derecho. Se casaron y tuvieron tres hijos. Uno de ellos ya es idéntico al violinista del cuadro. Ella eligió a su marido porque era exactamente igual que un violinista de un cuadro del siglo XIX que se exhibía en un museo al que iba casi cada día desde adolescente. El día que vio a su futuro marido reconoció al violinista de inmediato, y cuando tuvo su primer hijo le acercó un violín casi antes de que aprendiera a caminar. Hoy es el vivo retrato del cuadro. Lo mira durante horas mientras ensaya. Su marido, a medida que ha ido envejeciendo, ha perdido parte de aquel parecido que le atrajo cuando lo encontró por primera vez en la cafetería de la ciudad universitaria.

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L’ amour est un oiseau rebelle”

Escuchaba a través de los auriculares “L’ amour est un oiseau rebelle”, compuesta por Bizet para la ópera Carmen, interpretada por Maria Callas. Caminaba por la calle, despistado como casi siempre, dejándose llevar por la música y por sus pasos, cuando escuchó a un violinista que tocaba exactamente lo mismo que él estaba escuchando. Detuvo sus pasos y comprobó que la sincronización era perfecta. El violín se confundía con la voz de Maria Callas. Fue a depositar una moneda en la funda del violín que el músico callejero había dejado delante de donde estaba tocando. No había más paseantes en aquella calle, extrañamente vacía a esa hora de la tarde. Siguió su camino escuchando el aria. Cuando acabó la Habanera se dio la vuelta y vio que no había nadie, y que no estaban ni su moneda ni la funda del violín. Solo había un pájaro donde mismo estaba el violinista, un pájaro rebelde, como aquel amor que contó Bizet en el siglo diecinueve.

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Menuhin

Su padre le decía cuando era pequeño que la música sonaba mejor con los ojos cerrados. Le despertaba con Yehudi Menuhin tocando en el violín las sonatas de Bach. Él se quedaba en la cama y recuerda que casi volaba detrás de todos aquellos acordes. Su padre venía a veces y le daba la mano. Hace años que no ve a su padre. Vivieron juntos toda la vida. La madre murió cuando él tenía tres años. Estudió música en el conservatorio. Su padre soñaba con verlo alguna vez sobre el escenario del teatro en el que trabajaba como acomodador desde que había cumplido los veinte años. Él toca en una esquina de una ciudad lejana. Siente el sudor de muchos días en su camisa cada vez que levanta el arco o cuando tensa las cuerdas del violín en un escorzo casi imposible. Su padre cierra los ojos cuando tocan los violines de la orquesta cada sábado. Su hijo solo está pendiente del sonido de las pocas monedas que le van echando en el plato los transeúntes de esa ciudad lejana.