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Una marea de palabras

1333535500_395133_1333554603_noticia_normal.jpgLa única patria de un escritor es la página en blanco que tiene delante de sus ojos. Y también, como decía Heidegger, es el lenguaje, cada una de esas palabras que nombramos y que nos nombran desde que empezamos a reconocer el mundo. Benito Pérez Galdós es universal y canario, o canario y de todas partes. Lo de menos es dónde se sitúen las historias. Es isleño por el fondo de su mirada y por la sutileza con la que traza casi todos sus personajes. Cuando lo leo reconozco el habla de mis abuelas o de los viejos que escuchaba en mi pueblo de infancia. Uno es el idioma que lleva a todas partes, el lenguaje que resuena con todos los recuerdos, con los viajes y con el eco de todas las voces que fueron dejando aquellos que nos acompañaron. De Galdós me quedo también con su compromiso con la literatura, algo que le llevó a perderlo todo, a vivir en soledad y a terminar medio ciego tratando de orientarse solo con las luces que iban proyectando sus personajes.
Se escribe para eternizar la infancia y para no perder nunca la curiosidad por donde vamos pasando. Galdós fue niño entre las mismas calles que ahora recorremos nosotros a diario, y aquí aprendió sus primeras palabras, soñó escribiendo los textos que publicaría luego y descubrió que el mar lo relativiza absolutamente todo. Por eso cuando llegó a Madrid supo ver más allá de lo que tenía delante. Venía de contemplar horizontes oceánicos y barcos cargados de sueños con hombres de distintas razas y relatos en los que se entremezclaban las culturas de lejanas orillas. Y venía de un lugar con una influencia cosmopolita y portuaria, y con esos ingleses que mezclaron su fina ironía con la mordaz socarronería canaria. Todo eso conforma luego el lenguaje de Galdós y su capacidad para recrear situaciones y escenarios tan distintos al de otros escritores castellanos. Manejaba prodigiosamente la ironía y la sutileza, supo contar a la mujer como ningún otro de sus contemporáneos y en sus Episodios Nacionales logró que entendiéramos lo que estaba pasando a través del alma cada uno de sus protagonistas.
De Galdós admiro su disciplina diaria, ese tesón que le llevó escribir titánicamente sin desfallecer jamás, sabiendo que lo que no se escribe se lo lleva el olvido para siempre. Me conmueve su imagen final en la famosa fotografía que le sacó Alfonso en su casa de la calle Hilarión Eslava de Madrid. Aparece casi ciego, viejo, solitario, con un abrigo que uno adivina ajado y con una gran bufanda enredada en su cuello. Acaricia un perro enorme como los perros que aparecen en una foto de unos años antes en la finca que su familia poseía en la zona de Los Hoyos, en Gran Canaria. Estoy seguro de que entonces, cuando casi no veía, escuchaba el rumor de los callaos que de niño vería rodar muchas tardes en la trasera de calle Triana. Uno casi llega a oler el mar que parece estar vislumbrando mucho más allá de los espejuelos de sus gafas. Y cuando un isleño hace resonar el mar que lleva dentro siempre está recreando su propia infancia. Luego se sentaría y trataría de atrapar esa nostalgia de sebas y de mareas bajas en esos otros trasmallos de sueños que son siempre las palabras.
(Este artículo fue publicado ayer en el suplemento cultural Pleamar de Canarias 7)

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Reinicios

A la orilla siempre se llega por vez primera.
Cuando pisas la arena se detiene el tiempo
y tu huella se confunde con la de los pájaros
que llegaron antes que tú a escuchar el rumor del océano.
No hay marea que no borre todo para empezar de nuevo.