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Septiembre

Septiembre era el mes en el que amainaba el viento y se apuraban los amores de verano. El otoño aún parecía una estación lejana, y los días no sabían si agarrarse a la mano de octubre o seguir sesteando entre los rescoldos de agosto. Ella paseaba por la orilla a primera hora de la mañana. Cumplía un sueño. A veces los sueños se cumplen cerca de la playa.

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Los clásicos

La infancia era como una playa que no acababa en ninguna parte. Las obligaciones llegaban en otoño con las clases, los horarios y los días más cortos y alejados de esa orilla en la que se confundía la brisa del mar con el griterío de amigos improvisados que se soñaban robinsones de un tiempo inventado entre las olas. Pero posiblemente lo único idílico sea el recuerdo que mantenemos de esa niñez que creemos siempre que era un paraíso.
Ahora regresamos al mar y nos bañamos en las mismas playas, y a veces revivimos esa sensación de paraíso que queda después de sentir el contraste frío de las aguas y ese rumor de los fondos marinos que termina adentrándose en nuestros propios sueños como pecios que quedaron olvidados en un océano sin nombre y sin pasado. Con el paso de los años vamos cambiando lo prioritario por lo rutinario, y lo que era una exaltación diaria de la vida por ese dejar que sean otros los que conduzcan nuestro destino sin decirles jamás lo que realmente deseamos. Estos días de agosto están siendo extraños, me acerco al mar con una niña que me recuerda cómo era yo cuando aún no tenía memoria, ni escribía, ni había empezado siquiera a ir al colegio. Todo en su mirada es alegría y la playa no es más que un Edén interminable en donde nunca quiere salir del agua. Por otro lado, estos días a un amigo le han diagnosticado una de esas enfermedades que siempre pensamos que les tocan a los otros, sin saber que esos otros también eran como nosotros hasta que alguien les cuenta que han de pasar por un quirófano y por sesiones de quimioterapia. Ese amigo entonces te cuenta que se arrepiente de todo el tiempo que ha perdido haciendo cosas que no le interesaban. Después de un derrumbe inicial está dispuesto a luchar para tener una nueva oportunidad de ser feliz y de regresar a la playa todo el tiempo. Uno asiste desde la distancia a esos contrastes diarios que nos regalan los días, y aprende que al final solo se trata de apostar al número que nosotros queramos, aun a sabiendas de que nos podemos estar equivocando. Solo aprenderemos de nuestros propios intentos, como esa niña que da las primeras brazadas ante un océano inabarcable mientras sonríe con la sonrisa más limpia y más feliz que uno pueda imaginarse, seguro que tan parecida a la que nosotros tuvimos a su misma edad en otros veranos perdidos entre la espesura del tiempo. Mi amigo me dice que si sale de esta vivirá la vida sin volver a ponerle nombre a los días en el almanaque. Está leyendo a Séneca. Me cita algunos párrafos. Cuántas veces olvidamos a Séneca o a Marco Aurelio. Despreciamos a los clásicos por cuatro aparatos informáticos; pero cuando has de verte cara a cara ante tu propio espejo, solo te quedan los sabios para recuperar esa alegría que una vez vivimos delante de una playa en la que creíamos que nunca terminaba la infancia.

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Náufragos cercanos

No sobrevivió ninguno de ellos. Ni siquiera aparecían entre las cifras estimadas de muertos. Viajaban en las bodegas del «Titanic español» que se hundió frente a las costas de Brasil en la madrugada del 5 de marzo de 1916. Habían subido a bordo en el Puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria. Venían de Guía y de Gáldar. Llevaban meses juntándose para organizar todos los detalles del viaje. Uno de ellos tenía un conocido entre la tripulación del Príncipe de Asturias que, a cambio de unas pocas pesetas, les ayudaría a colarse en la bodega del barco. Querían llegar a Buenos Aires. Ya habían fondeado unas horas en Río de Janeiro. Durante todo el tiempo que estuvieron en la ciudad carioca no dejaron de escuchar los ecos festivos y bullangueros del carnaval. Les hubiera gustado asomarse como mismo lo hacían los pasajeros que iban en los camarotes. El barco chocó contra un arrecife en Punta Pirabura poco tiempo después de salir de Río de Janeiro. No sobrevivió ninguno de los pasajeros registrados que subieron en Las Palmas de Gran Canaria. De los que iban en las bodegas ni siquiera hubo noticias. Todos tenían menos de veinticinco años. Nunca le contaron a nadie que se iban a embarcar rumbo a Argentina. Se llamaban Anselmo Sosa, Baltasar Miranda, Rogelio Moreno, Miguel Díaz y Bernardo Quintana. Los pecios no son solo hierros que recubren los corales.