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Los ahogados

Siempre que se cortaba el pelo comenzaba a llover. Daba lo mismo la estación o el mes. Desde que sus cabellos caían todo se volvía otoño en cualquier mes del año, y los otoños se volvían aún más más lluviosos, casi invernales, con precipitaciones violentas e inesperadas, si sentían el temblor de sus cabellos en el suelo. Su peluquero era el único que sabía lo que acontecía con sus pelos. Era él quien llamaba a las aguas cuando los rozaba. Hubo un tiempo lejano en que los dos murieron ahogados en un mes de noviembre, con sus cabellos enredados de algas flotando en un océano que entonces ni siquiera tenía nombre en los mapas.

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El oráculo de las mareas

Las costas de la ciudad eran golpeadas con saña por el océano. Casi todos dormían. Él paseaba por la avenida de la playa o por la otra más larga que iba recorriendo el trazado del puerto. El viento viraba las proas de los barcos. Veía las luces de algunos de esos taxis que recorren las calles solitarias o escuchaba los gritos beodos de algún grupo de chonis desnortados por la madrugada. Casi no dormía. Le bastaba con tres horas de sueño para recuperar su cuerpo y para borrar los pasos de los días que iban pasando. Hace años escribía con tiza en las aceras. La ciudad amanecía llena de poemas anónimos. No hacía falta que los borrara nadie. Se iban difuminando poco a poco hasta no dejar ningún rastro. Estaba empeñado en que todos los versos deberían escribirse siempre con tiza porque la poesía te va dejando en evidencia a medida que envejeces. Ya casi no escribe, y cuando lo hace se conforma con trazar algunas palabras sueltas que va dejando en la arena antes de que suba la marea. Su cuerpo se altera al mismo tiempo que el océano. Hace años no sabía por qué se levantaba convulso o sereno algunas mañanas. Pensaba que eran resquicios de alguna pesadilla. Todos los que ahora duermen no saben que dentro de un rato se despertarán tan inquietos como esas olas que ahora acunan sus sueños. Tampoco reconocen que los días en que abren los ojos serenos y contentos es porque el mar es ese piélago inmenso que casi no se mueve alrededor de las rocas. Los días de mareas revueltas intenta quedarse en su casa. Todos salen atropellando sombras a las calles. No hay oráculo que supere la predicción de una marea. Siempre explica que nosotros también somos agua a merced de la luna y de todas las corrientes. Si te acercas a la orilla justo antes de que amanezca lo verás volver como si viniera siempre de muy lejos. El salitre también se parece a la tiza que escribe con manchas blancas lo que ya no tenemos.

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Bucios y promesas

Los bucios, cuando se escuchan en la lejanía, viajan hacia un pasado remoto, mucho más allá de la historia que está escrita y de la que intuimos antes de que trazáramos con letras y números las grandes gestas o la memoria de los humanos que buscaron eternizarse en estatuas, en batallas o en laureadas glosas. El eco de los bucios viene desde la noche de los tiempos y atraviesa paisajes ahora sumergidos en los océanos del olvido. Nos devuelve a lo atávico y a lo que estuvo antes de que llegáramos nosotros con los automóviles y las pantallas. El bucio sigue sonando en las cumbres cubiertas de neblina, entre la bruma de los barrancos y en cualquiera de esas playas de arena negra, roca y callaos que mueve el agua como si fueran dados en el azar del tiempo.
Hace muchos años, en mi pueblo, una plaga de langostas arrasó todas las cosechas y no dejaba que creciera nada nuevo en los campos. Había hambre y miseria, sueños rotos y esa sensación de fragilidad que encuentra el hombre cuando se enfrenta a los desastres de la naturaleza. Una plaga de langostas era en la biblia una de las puertas de entrada al apocalipsis, un final inevitable, el ser humano como un frágil animal a merced del siroco y de ese mal fario que reaviva las desgracias y las catástrofes.
En aquel momento, los agricultores salían a las fincas haciendo sonar sus bucios y golpeando cajas de guerra, esos tambores que también resuenan en nuestro estómago con el estruendo lejano de la selva. En la oscuridad de los campos, el eco de los bucios era lo único que podía espantar a las langostas que aparecían en grandes nubes que nublaban de repente el cielo y angustiaban a quienes dependían de aquellas cosechas para alimentar a sus hijos y a sus sueños. Muchos años después, los descendientes de aquellos agricultores siguen saliendo a los campos y a las calles de mi pueblo cada tercer domingo de septiembre. Ayer fue la Bajada desde Vergara y hoy se celebrará la romería que renueva una promesa a la Virgen de Guía que pasa de padres a hijos. En esa romería, y ayer en la bajada camino de Ingenio Blanco y de San Roque, el sonido regresa al pasado de aquellos mayordomos que hacían sonar esos mismos bucios entre las langostas. Pero ese pretérito es todavía más lejano y nos devuelve el eco de quienes estaban antes de que llegaran los conquistadores. Bucio viene del portugués Búzio, una palabra bella que cuando suena atraviesa siglos y océanos. Uno imagina a Tenesor Semidán en Guayedra, después de haber perdido la batalla y el paraíso, escuchando el lamento de esos bucios procedentes de Tamadaba o de Faneque. Si hoy acuden a Guía viajen lejos cuando escuchen el sonido de esas caracolas que un día estaban entre las rocas golpeadas por olas que aún siguen empeñadas en horadar las orillas de estas ínsulas remotas.