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Cadenas de montaje

Los coches vienen con las roturas programadas desde que salen de la cadena de montaje. A ella se le rompió el manguito un día de lluvia camino del trabajo. A la misma hora, con el mismo modelo de coche, y a más de dos mil kilómetros de distancia, a él se le rompió la misma pieza pero en un día soleado y cuando regresaba a su casa. Habían recorrido los mismos kilómetros por paisajes diferentes. Los dos se habían divorciado hacía tres meses después de estar casados diez años. Aún les quedaban cinco meses para coincidir poniendo gasolina en la misma estación. Él cambiaba de trabajo y de ciudad. Viviría a dos manzanas de ella, la conocería en la gasolinera y se daría cuenta de que era la mujer que llevaba buscando toda la vida. Los dos coches estarían estacionados frente a frente, con las luces encendidas, como cuando los probaron al mismo tiempo recién salidos de la cadena de montaje. Compartirían plazas contiguas en el garaje y estarían juntos los mismos años que ellos se amaran.

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El exprimidor

No quería cambiar el exprimidor. Le decían que comprara uno eléctrico porque se ahorraría esfuerzos y trabajo, pero ella seguía empeñada en sacarle todo el jugo a las naranjas con las manos. Necesitaba esa sensación mañanera para luego enfrentarse a las rutinas y a las guerras diarias. Iba cortando las naranjas cuidadosamente y luego las apretaba sin dañar nunca la cáscara para obtener todo el jugo posible de lo que quedaba dentro. Cada naranja era un enigma. Como la propia vida. Pero ella sabía que si dejaba ese proceso en manos de una máquina acabaría olvidando.

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La cabina

Los objetos que pierden su función en nuestras vidas suelen desaparecer de nuestro entorno sin estridencias y sin que casi nos demos cuenta de ese abandono. Los coches de hace treinta años, las primeras batidoras, los ventiladores enormes que veíamos en todas partes o aquellas primeras computadoras que nos parecían de ciencia ficción se borraron de repente de nuestros paisajes cotidianos. Siempre hay alguien con un espíritu de Diógenes que se niega a tirar esos artefactos, pero sus casas se llenan de polvo o se quedan habitadas solo por esos mecanismos a los que la bulimia tecnológica va dejando fuera de todos los usos.
El otro día estábamos viendo el mediometraje de La cabina que dirigió Mercero. En aquella claustrofóbica y desastrosa historia que protagonizaba José Luis López Vázquez todos nos sentíamos protagonistas porque habíamos entrado a esas mismas cabinas infinidad de veces. En casa de esos amigos, el hijo pequeño, de ocho años, nos preguntó que qué eran esos aparatos y que dónde los podía encontrar. Nos miramos unos a otros y nos dimos cuenta de que casi no quedan cabinas, y que los pocos teléfonos públicos que encontramos ya están fuera de aquellos armatostes con los que Mercero nos agobió prodigiosamente. Aquel niño no entendía la razón de esas cabinas que en Londres forman parte del paisaje más reconocible aunque casi nadie llame a ninguna parte desde ellas. Las pocas que vemos están desvencijadas, pintadas por todas partes y saqueadas por quienes buscan monedas para sus dosis diarias. Quienes asistíamos a aquel asombro del pequeño teníamos entre cuarenta y cinco y cincuenta años, y todos, sin necesidad de decirnos nada, visualizamos decenas de cabinas en las que nos contaron muchas de las noticias que cambiaron nuestra vida. Dentro de esos aparatos juramos amor eterno, estuvimos pendientes de resultados de notas escolares o seguimos el destino de un familiar ingresado en un hospital. Los que hemos vivido en ciudades lejanas tenemos aún más complicidad con esas cabinas que ahora desconocen quienes se mueven en la pantalla táctil mejor que cualquiera de nosotros. Casi me sentí como el protagonista de Mercero cuando lo dejan en aquel lugar lleno de cabinas con hombres perdidos para siempre en sus adentros. Nosotros también seguimos marcando números en esos teléfonos, esperando a que alguien nos responda al otro lado y a que en la casa de nuestra novia adolescente no contesten nunca sus padres. Le explicamos al niño lo que era una cabina como nos explicaban a nosotros lo que era el cambullón o el estraperlo. Y él nos escuchó con la misma cara con la que nosotros escuchábamos aquellas explicaciones de nuestros abuelos. Como si le hablaran en chino o le cantaran canciones con músicas perdidas en el tiempo.