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El otro Garrincha

Vivía en San Juan y era muy bueno jugando al fútbol. La cojera con la que a veces amanece le viene de aquellos años. Le rompieron la tibia y el peroné de una patada. Todos decían que si no lo hubieran lesionado hubiera llegado lejos. Le llamaban Garrincha. Los días de mucho frío apenas puede dar un paso cuando se levanta. Alguna vez le pregunté que cómo se llamaba el jugador que le había lesionado. Siempre decía que no se acordaba, pero es imposible que alguien olvide el nombre de quien le destroza todos sus sueños de una patada. En aquellos años jugaba en los juveniles de la Unión Deportiva Las Palmas. También tuvo mala suerte con los médicos. Le dijeron que podía estar agradecido por no haberse quedado cojo de por vida. No podría seguir jugando al fútbol pero sí hacer una vida normal. Por eso pudo trabajar de camarero. Solo le duele cuando cambia el tiempo. Hoy en día, con una lesión como la que tuvo, cualquier jugador vuelve a los terrenos de juego.

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El penalti

Quería fallar aquel penalti. No sabe qué le pasó por la cabeza. Final del Mundial. Tiempo de descuento. Cero a cero. Lo pensó en el momento en que colocaba el balón sobre la mancha de cal. El portero se acercó y le miró con cara de pena. Él sabía que se tiraba siempre para el mismo lado. Sus compañeros le nombraron a un entrenador que había muerto hacía un año, le hablaron de sus hijos, de sus padres, de la historia que les aguardaba y del paseo triunfal por la capital. Siempre ponía el balón donde quería. Lo quiso colocar a pocos centímetros del poste para que el fallo no fuera clamoroso, pero el imbécil del portero se tiró por vez primera hacia el lado derecho y en medio de la confusión de la caída acabó metiendo el balón en la portería. No celebró el gol. Todos dijeron que era por la emoción del momento. El meta desapareció para siempre después de aquel partido. Lo agasajan y lo veneran en todas partes; pero él solo piensa en qué habrá sido del portero que aquel día decidió tirarse hacia el lado equivocado.

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Uno de esos días inolvidables

Hay días en que uno se levanta y solo está pendiente de que pasen las horas. No sabes qué hacer porque no te quieres ir lejos del lugar al que esperabas acudir desde hace años. No hablo de amor. El amor es siempre una cita inaplazable, pero también lo es el fútbol cuando uno está unido a unos colores desde la infancia, o desde mucho tiempo antes de venir al mundo. Ya mi abuelo era de Las Palmas cuando casi no dormía pendiente del destino del Victoria de Pacuco Jorge o de Alfonso Silva. Y mi padre también era de la Unión Deportiva antes de que se fundara el equipo uniendo los destinos de los cinco grandes rivales de la isla. Un equipo que nace de un sacrificio como ese ha de ser siempre algo más que un club de fútbol. No es fácil conciliar colores, sentimientos y recuerdos. La Unión Deportiva cuenta con una historia que se remonta mucho más allá de 1949. Cuando yo nací, en 1967, estaba en Primera División; pero ya digo que yo era de la Unión Deportiva mucho antes de venir al mundo o de que nos jugáramos el ascenso contra el Real Zaragoza.
No sabía qué hacer el domingo. Llegué a acudir al santoral a ver si encontraba algún vaticinio que me sosegara. Se celebraba el día de san Apolinar y el de san Leufrido. Eran santos que no me decían nada, pero les juro que me encomendé a ellos como quien se agarra a un clavo ardiendo. Y no digo que san Leufrido o san Apolinar hayan logrado el ascenso; pero les aseguro que jamás olvidaré que el 21 de junio se celebran sus onomásticas. Tampoco olvidaré a mi abuelo, el mayor aficionado de la Unión Deportiva que haya conocido nunca. Murió en 1974, pero le recuerdo contándome las gestas amarillas o explicándome por qué Las Palmas era su equipo. Yo ahora me siento como me imagino que se sentiría mi abuelo cuando ganamos en el Nou Camp con los goles de Germán y de Niz, o como cuando eliminamos al Torino. También he recordado lo que me contaba de Silva y de Mujica, y de todos aquellos años que Armas Marcelo cuenta en esa prodigiosa novela que lleva por título Cuando éramos los mejores. Ayer volvimos a ser los mejores. Y regresamos a Primera División. Y tuve la suerte de celebrar el ascenso con mi padre como cuando él me llevaba de niño y nos abrazábamos después de un gol de Germán o de Brindisi. Pero todo eso, como decía al principio, lo venía celebrando mucho antes de que aconteciera. Han sido muchos años con este sueño metido en la cabeza. Otra vez volveré a mirar en el calendario de la Liga buscando los enfrentamientos con el Real Madrid, con el Bilbao o con el Barça. Siempre fue así cuando era niño. Me alegro especialmente por los niños que podrán mirar dentro de unas semanas ese calendario poblado de mitos. Y también por todos esos aficionados que hace un año lloraron el quebranto de un gran sueño. Soy feliz. Tan feliz como ya presentía que lo iba a ser antes de venir al mundo. De amarillo, por supuesto. Como mi abuelo, como mi padre.