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Transfusiones

En aquellos años no hacían falta transfusiones para vivir otras historias. La gente leía o se contaba cuentos cuando se sentaba en una terraza o delante del fuego de una hoguera. Poco a poco se fue perdiendo el hábito de leer y de contar. Lo cambiaron por películas en las que ya aparecían las caras de los personajes o por virtualidades que les ahorraban mucho tiempo a la hora de imaginar un lugar desconocido. Se volvieron cómodos e indolentes. En los colegios fueron desechando cada vez más los libros y las operaciones matemáticas. Nadie valoraba a quien escribía. Se dejaron de vender sus libros o se pirateaban impunemente. Llegó un momento en el que ya nadie leía. Los escritores pasaban tantas necesidades que no tuvieron más remedio que vender la sangre cuando se la pidieron. Unos investigadores de una universidad de Melbourne habían descubierto que las historias no son más que células que corren por nuestra propia sangre hacia el cerebro hasta crear una ficción que las hacen parecer ciertas. Pagaban muy bien la sangre, a mucho mejor precio que los libros y las conferencias, y casi todos los escritores de aquella época fueron dejando bolsas de sueños en los congeladores de las universidades. Ahora solo tienes que pedir una transfusión de Paul Auster, de Murakami o de Coetzee para vivir en primera persona cualquiera de los argumentos que escribieron. Si te doy un libro, incluso un viejo libro electrónico, no sabrías qué hacer con él porque no serías capaz de interpretar ninguna de sus letras. Yo era muy niño entonces, pero recuerdo ver a mis padres y a mis abuelos leyendo a todas horas. Ya luego su propia sangre era la que terminaba reinventando los cuentos. Sus venas todavía eran abstractas.

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Palíndroma

Cada vez que se levantaba a desayunar, las palabras se le movían de sitio y cambiaban las frases. A veces trataba de defenderse de esos juegos buscando palíndromos como anilina o kayak que se leyeran igual desde la izquierda y desde la derecha; pero incluso esas palabras alteraban sus letras y pasaban a contar otras historias. Al principio se desesperaba a todas horas. Llamó a un par de informáticos para que miraran el ordenador e incluso probó con unos conjuros aztecas por si era cosa de espíritus burlones. No hubo nada que hacer. Eso sí, cuando venían los informáticos o trataba de hacer una prueba delante de sus amigas más cercanas nunca pasaba nada. Escribía, se alejaba un rato del ordenador y al volver estaba todo exactamente igual. Decidió no seguir contando a nadie esas alteraciones textuales al ver la cara que estaban empezando a poner sus conocidas.
Ya últimamente ni siquiera se esforzaba en buscar metáforas o historias más o menos sorprendentes. Se levantaba de la cama, tecleaba al azar durante un rato y luego se iba a desayunar a un bar cercano sin agobios y sin pensar, como había hecho durante años, en los argumentos que estaban en marcha. Cuando llegaba ya tenía escrito el relato, el capítulo de una novela o el artículo que debía entregar esa misma mañana. Probó a escribir a mano alguna vez y le sucedía lo mismo. Todos destacan el salto de calidad de su prosa. Nada que ver con la aburrida y plúmbea escritora de estos últimos años. Mientras desayuna recuerda aquellas historias que siempre había soñado escribir. De vez en cuando encuentra alguna de ellas cuando regresa y lee lo que el azar ha querido hacer con sus letras. Se llama Ana Medem. Su nombre y sus apellidos suenan igual se lean por donde se lean. Es una palíndroma que cuando desayuna sigue escribiendo.

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El enigma de la llegada

Aprovecho el título de un libro de V.S. Naipaul altamente recomendable para adentrarme en las llegadas y en las muchas idas y venidas que vamos protagonizando a lo largo de nuestra vida. Realmente llegamos cada día a un paisaje distinto que nunca se parece al de ayer aunque nos parezca siempre el mismo. Nos sorprenderíamos si repasásemos las muchas llegadas acontecidas en los años que llevamos habitando este mundo. La más enigmática es la que nos trajo a la vida, ese momento clave de cada uno de nosotros que nunca valoramos como deberíamos. Sin esa llegada no hubiera sucedido nada más, y si llegamos aquí debe ser para que hagamos algo que merezca la pena. Se entiende que vinimos para amar y para disfrutar intensamente cada segundo. Todo lo que no se viva intensamente es tiempo perdido, por eso no podemos renunciar nunca a nuestras vocaciones, a nuestras querencias y a lo que nos apetecería hacer para que nuestra vida fuera intensa y plena. No habrá segundas oportunidades. O vivimos, o nos dejamos llevar como autómatas productivos hasta que volvamos al mismo enigma del que partimos.