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Silencios y finales

No porque gritemos más alto nos van a terminar escuchando más claro. A veces es el silencio el único que logra atravesar todas las fronteras. Los pájaros que cada mañana aparecen en mi azotea cantan con el mismo tono los domingos sin tráfico que los lunes caóticos y laborables. Y todos sabemos que hay miradas que lo dicen todo sin necesidad de que se pronuncie ninguna palabra. Son los ojos los primeros que presienten los abrazos y también los que descubren antes que nadie que un amor se ha terminado. Todo lo que somos lo acabamos reflejando en quienes nos miramos. También las palabras, cuando se escriben, trazan proféticamente lo que todavía nosotros ni siquiera imaginamos.

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Papeles viejos

Ayer rebuscaba entre periódicos viejos, tan viejos que parecía mentira que hubiese pasado tanto tiempo, y me encontré con que muchas de las páginas habían sido devoradas por la carcoma. Casi todos los que salían en grandes titulares han desaparecido de los medios de comunicación y también todos aquellos sucesos que parecía que iban a quedar para siempre en nuestra memoria colectiva. Ahora no será la carcoma la que se coma el tiempo que dejamos escrito. Las propias pantallas ya traen incluida la asepsia del olvido. Quizá el papel era más evidente y metafórico, o por lo menos uno puede todavía constatar que importa poco el pasado, y que aunque algo esté escrito no hay renglón que logre refrenar la bulimia de los insectos y de los calendarios. Esas hojas de periódico que se deshacen entre los dedos se asemejan a la arena de la playa cuando la marea la separa de nuestras propias manos. Hay palabras que van dejando rastros de cenizas cuando pasan, crepitan y emocionan cuando las leemos y luego se pierden como aquellos papeles de las hogueras de infancia. También hay amores que se alejan de un día para otro sin que nadie logre entender nunca ese malhadado destino que se cruza a veces entre dos amantes.