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Galdosianos

Hoy 10 de mayo sería su cumpleaños. En 1843 nació el que para mí es el canario más universal y más importante, el espejo en el que trato de mirarme para no perder el norte y para saber que hubo alguien que sin ordenadores, casi ciego y arruinado, no paró de escribir nunca. En las novelas de Pérez Galdós se aprende mundología y nos acercamos a esa psicología humana que va repitiendo papeles por mucho que pasen los siglos. Supo asomarse a la vida y aprender de las voces de la calle, viajó todo lo que pudo y leyó hasta perder la mirada siguiendo el rastro de los personajes de Cervantes, de Dickens o de Balzac.

Decía que la literatura era un trabajo de galeotes que nunca pueden dejar de remar si quieren llegar a alguna parte. Fue maltratado por los mezquinos de su época y por todos esos que buscaron el poder político cuando vieron que el talento no les alcanzaba para llegar a la altura de genio. Le robaron el premio Nobel y le dejaron morir ciego y arruinado, pero su cortejo fúnebre sacó a miles de madrileños a las calles y sus libros siguen teniendo miles de lectores en todos los puntos cardinales del planeta. Esos personajes cuyos nombres se van cruzando con nosotros por las calles de Schamann también están más vivos que todos los que quisieron silenciar a su autor desde los despachos, o desde esas covachuelas en las que siempre se han reunido los mediocres para matar al que sobresale. Leamos a Galdós para seguir aprendiendo. En su día, sus propios paisanos lo vejaron y lo traicionaron, y muchos años después de su muerte intentaron rematarlo con mentiras y con maldades como aquella de los zapatos. No se crean nunca a los malvados. Cualquier personaje galdosiano los vuelve ridículos solo con las armas del abecedario.

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El olor del texto

Escribía siempre a mano y luego dejaba reposar los textos. No para corregirlos con perspectiva. Tampoco para saber si, ya lejos de la euforia inmediata, valían realmente para algo. Él esperaba encontrar el olor de cada texto, el aroma que dicen que dejan las palabras que realmente sirven para algo. Siempre nos decía que los textos que realmente valen la pena son aquellos que terminan oliendo como olería un día de primavera en medio de un páramo helado de Siberia.

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Papiroflexia

Una vez le escuché a Rafael Azcona (¡cómo echamos de menos el humor de Azcona ahora que España se infantiliza o se escandaliza con tan poco talento!) que había comprado un paquete de quinientos folios para encerrarse a escribir un guion en un ático de Roma. Se sentaba delante de los folios en blanco y no le salía absolutamente nada. En esos casos, en lugar de insistir, lo que solemos hacer quienes escribimos es dar una vuelta por la calle, leer un rato, escuchar música y luego regresar con argumentos y con energías renovadas. Cuando venimos de regreso, sí es cierto que muchas veces soñamos con encontrarnos el folio escrito, o por lo menos querríamos hallar algunos trazos de los que poder ir tirando. Nunca sucede ese milagro, aunque sí es cierto que en los paseos por las calles es donde hallamos los nutrientes de casi todos los argumentos que luego acabamos contando. Azcona lo que hizo fue empezar a construir aviones de papel con esos folios que estaban llamados a descubrir nuevos personajes cinematográficos. Dicen que su felicidad era enorme cuando contaba que uno de esos aviones de papel llegó a estar siete minutos sobrevolando los tejados romanos.
Siempre admiré a los amigos que eran capaces de construir toda clase de figuras con esos mismos papeles que nosotros llenamos de letras para no extraviarnos. La papiroflexia con la que Miguel de Unamuno pasaba las horas muertas sin saber que era cuando más estaba filosofando, enseña esa paciencia necesaria para lograr que algo sea bello o que detenga una mirada. También envidiaba sanamente a los que lograban diseñar aviones que planeaban por los cielos de la infancia durante largo rato. El destino final de un papel debe ser el de volar lo más lejos que pueda, y quizá por ello un buen día lo empezamos a llenar de metáforas, adjetivos, sustantivos y toda clase de verbos que nos puedan servir para entendernos o, por lo menos, para poder contarnos más allá de cómo nos ven los otros mientras caminamos por las calles. Las pantallas están muy bien, pero uno se queda siempre con la magua de no poder estrujar con las manos aquello que ya no vale, o de no poder escuchar cómo los papeles arrugados se acaban asemejando a esos insectos que no dejan nunca de mover las patas o las alas.
Lo que se borra en las pantallas se pierde; en cambio lo que arrugamos siempre podemos recuperarlo. Las hojas que desechamos porque no fueron capaces de regalarnos las palabras que andábamos buscando, también pueden convertirse en cualquiera de esos aviones de papel que sobrevuelen por unos segundos los cielos de las ciudades que habitamos. Nunca sabemos nada del destino final de ningún objeto ni de ningún ser humano. Puestos a elegir, yo también optaría siempre por un vuelo ligero como el que dibujan esos papeles, escritos o en blanco, que luego acaban aterrizando mansamente en las aceras que vamos pisando.