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Volver a clase

Nunca dejamos de aprender. Quien se niegue a ver una flor nueva en el jardín por el que pasa a diario se está perdiendo el milagro de la naturaleza, la aparición de lo bello donde anidó la paciencia, el tiempo, el agua, el sol y la insistencia en seguir brotando, en querer nacer después del frío invernal o de la canícula del verano. Lo bello no aparece casi nunca de la nada: hay que aprender a mirar primero, a tener esa paciencia, a insistir, a darle oportunidades a la vida y al tiempo, aun cuando a veces parezca que se nos cierran todas las puertas.
Nunca es tarde para llegar a ninguna parte si estamos vivos. Siempre hay tiempo para cambiar y para seguir reinventándonos. Precisamente cuanto más aprendes, más asumes la condición transitoria de la existencia. Siempre ha sido así, y siempre ha habido que buscar nuevas respuestas cuando parecía que habíamos llegado a alguna meta, cuando nos cambian las cartas de la partida, cuando todo comienza de nuevo y solo nos queda lo que aprendimos, lo que vivimos y lo que miramos con detenimiento mientras paseábamos por las calles, esa flor que casi nunca vemos entre las prisas y ese ruido cotidiano que nos aleja tantas veces de lo que realmente es importante.
Estos días vemos a los niños en sus primeras semanas de colegio, y también vemos llegar por vez primera a muchos estudiantes a las universidades. A estas alturas yo solo creo en la educación y en la constancia de la enseñanza, pero no solo en la educación que nos dieron a nosotros. Me quedo, claro, con lo mejor de aquellos años, con profesores que cambiaron mi existencia y con el aprendizaje del esfuerzo, y también con el valor de la cultura. Pero estos nuevos tiempos requieren una apuesta por lo humano y por unas enseñanzas acordes a este mundo tan caótico que tenemos. También es necesario, como ya se hace en muchos sistemas de enseñanza, que se valore a cada niño de manera individual, que se descubran y se potencien sus virtudes, que se estimule su creatividad y que su desarrollo no se vea lastrado por no entender las matemáticas, por no ser bueno memorizando o por no manejarse del todo bien con el lenguaje. Se pueden suplir esas dificultades alentando lo que se tiene de bueno y de grandioso, regalando confianza para que luego sea más fácil acceder a lo que no entendemos. Necesitamos niños y niñas que crean en su fuerza creativa y en su capacidad para cambiar lo que tienen delante, que apuesten firmemente por sus sueños y que viajen lejos, todo lo lejos que puedan, aunque ese viaje lo hagan desde el salón de su casa con un libro o admirando el nacimiento de esa flor que cambia el color de la mañana de quien aprende a mirarla. Eternos aprendices, o aprendemos eso, para seguir aprendiendo, o nos convertiremos en estatuas de sal cuando menos nos demos cuenta.

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Los viejos edificios

Cada uno de nosotros tiene fachadas en las que la memoria escribe mucho más de lo que seríamos capaces de recordar si no contáramos con esos asideros que dibujan escenas de nuestro propio pasado. La casa en la que vivimos, el colegio en el que estudiamos las primeras letras, aquel palacio junto al que pasábamos cada día cuando vivíamos en una ciudad lejana, la universidad o la vieja casona a la que nadie miraba y que nosotros mantenemos viva en nuestro recuerdo. A veces uno tiene la impresión de que sigue de largo, pero que la sombra se va quedando en el reflejo de los charcos o cuando se proyecta sobre cualquiera de esas fachadas que nos hacen volar en el tiempo.
Los que vivimos en Guía de Gran Canaria (aprovecho para reivindicar de una vez este nombre que siempre fue el de mi pueblo hasta que un alcalde decidió ponerle Santa María de Guía en los años sesenta) tenemos el edificio de los Salesianos como una imagen recurrente. No estudié nunca en ese colegio. Estuve en las Dominicas (otro inmueble que debe recuperar el pueblo) y me tocó inaugurar el Nicolás Aguiar. Sí iba cada año a los Salesianos porque organizaban una especie de encuentro, y me colaba en el edificio siempre que podía. Lo conozco bien, pero sobre todo lo conoce mi memoria si cierro los ojos y recreo los contornos de mi pueblo. Lleva años presentando una imagen lamentable. Algunos vecinos se han unido para tratar de que no se venga abajo y para que se dedique a fines sociales. Me he unido a ese grupo desde la distancia porque puedo dar fe de la integridad y de la buena fe de sus integrantes. Queremos que el Obispado respete la voluntad de quien donó esos terrenos y lo ceda a la comarca norte. De entrada se plantea destinarlo a residencia sociosanitaria, algo parecido a lo que puede ser El Sabinal o la antigua Clínica del Pino. Hay una gran demanda en el Norte de muchas personas que no logran plaza en las residencias y que viven una situación muy difícil. No desdeñamos ninguna otra propuesta social. Tratamos de que ese inmueble tenga una utilidad social y, al mismo tiempo, intentamos que la imagen del edificio aparezca siempre en el horizonte con aquella majestuosidad que conservamos los que lo vimos en sus mejores días. Creo que es lo menos que podemos hacer por quienes nos precedieron y por quienes lleguen en el futuro. Y que es lo que deberíamos hacer en cada calle y en cada pueblo. Si dejamos que la belleza se venga abajo para que especulen con ella tendremos un mundo cada día menos habitable. Esta iniciativa nace, y eso es lo hermoso, de un grupo variopinto de ciudadanos que se han unido para intentar que no triunfe siempre la especulación y la indolencia. Les iremos contando. Así recuerdo que empezaron hace muchos años quienes abanderaron El Pino es Nuestro. Y gracias a ellos El Pino es hoy de los que más lo necesitan.

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Sabios anónimos

Los que estudiamos el bachillerato de hace unos años nos vimos decidiendo nuestro futuro casi sin darnos cuenta. Con apenas quince años nos obligaban a elegir Ciencias o Letras. Había opciones mixtas que permitían estudiar latín y matemáticas, pero eran casi anecdóticas porque desde que empezabas a aprender las primeras letras y los primeros números siempre había alguien que te colocaba en uno de los dos bandos. Con el paso del tiempo, los que éramos de Letras nos dimos cuenta de que nos faltaban muchas matemáticas para entender el mundo, y los de Ciencias echaban de menos muchas etimologías y muchos poemas para comprender vivencias que no se resolvían con ninguna fórmula numérica. Unos y otros tuvimos que ir complementando todo aquello que se empeñaron en separar los que no entienden que los números y las letras van siempre de la mano.
Solo creo en el mestizaje, tanto en la vida como en la enseñanza. Esas separaciones nos dejan con una mirada sesgada que muchas veces nos impide entender nuestras propias verdades. Por eso he admirado tanto a esos grandes matemáticos que se acercaban a las letras o a los grandes hombres de letras que no desdeñaban la ciencia. Siempre he tenido un par de ejemplos cercanos que me enseñaron que ese milagro era posible. Uno de esos ejemplos era el catedrático de Matemáticas Francisco Ramírez. Falleció hace unos días en Gran Canaria, pero sigue vivo en todos los que tuvimos la suerte de conocerle. Era un hombre de Letras y de Ciencias, un sabio, uno de esos seres con los que aprendes de ese mestizaje y de esa elegancia interior que regala la cultura a quienes no desdeñan nada que contribuya a sacar su mejor versión como ser humano. Hay mucha gente como Paco Ramírez, y esos ejemplos son los que creo que debemos seguir para no extraviarnos. Sin educación no hay futuro posible para el ser humano. Tampoco libertad. Sin esa cultura básica nadie puede elegir luego su destino o lo que el azar permite que hagamos cuando reparte sus cartas. Somos de Ciencias y somos de Letras, y también nos nutrimos de la contradicción de ambos saberes esenciales. Dependemos de esos profesores que se esfuerzan a diario en las aulas para no quedarnos idiotizados por las pantallas. Un poeta puede ser un programador informático, y viceversa. Que no sigan delimitando los campos del saber. Tuve una profesora que consiguió que me gustaran las Matemáticas tanto como me gustaban la Literatura y las Ciencias Sociales. Era de la misma escuela de Paco Ramírez. Se llamaba Encarna Reverter. Un día me preguntó que por qué no entendía las fórmulas y se sentó conmigo a enseñarme ese juego prodigioso de los números como si fueran letras. Perdí los miedos y aprendí que no hay nada que uno no pueda conseguir si cuenta con una mano sabia y cómplice que le enseñe.