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La misma gente

Su abuela le había enseñado que los sinvergüenzas tienen la mala suerte de la mala conciencia. Ella tampoco podía dormir. Llevaba un tiempo aguantando esos embates cíclicos que de vez en cuando amenazan con echarlo todo abajo. No era la primera vez que pasaba por eso. Había vivido en varios países y en cada uno de ellos había encontrado los mismos perfiles y parecidos roles.
Aprendió con Quevedo que nadie cambia su suerte si no cambia su forma de vivir. Era como era, una buenaza incapaz de devolver ninguno de los golpes. Su abuela se lo repetía siempre. Era como ella y sabía que iba a sufrir por los abusos de la mala gente. La primera vez huyó y se fue lejos, pero al poco tiempo descubrió que los buenos eran parecidos a los de su entorno más cercano y que los malos, como en las viejas películas del Oeste, se repetían y actuaban con la misma desfachatez que aquellos sinvergüenzas de los que le hablaba su abuela para protegerla.
También estaba toda la buena gente que había conocido. Cuando tuvo que elegir, aun perdiendo, se quedó con los que jamás harían daño a sus semejantes. Para eso ha tenido que cambiar de ciudad muchas veces. Hoy está desvelada porque no sabe cómo va a pagar su alquiler mañana. Confía en la suerte. Siempre ha sido una mujer con mucha suerte cuando nadie lo esperaba. Mantiene a salvo su sonrisa y sabe que ese insomnio será pasajero. Los otros, como también decía su abuela, lo sufrirán incluso cuando ya crean que están muertos. Recuerda su sonrisa y su mirada sabia. Ella sabe que al final eso es lo único que queda.

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En ninguna parte

Nada es lo mismo. Nunca. En ninguna parte. Parece que se repite muchas veces, pero siempre es diferente. Me asusta lo que leo en los periódicos estos días. He vivido en varios países y he visto aparecer algunas crisis, y también una gran guerra. Nada llega de repente. Y casi siempre son otros los que van encendiendo todas las mechas. Cuando te quieres dar cuenta te ves tomando partido o huyendo de casi todas las contiendas. No me queda mucho tiempo en este planeta y no tengo más que un par de libros y una pequeña pensión que me permite pagar esta residencia.
Vuelvo a leer en los titulares que unos quieren independizarse sin saber hacia dónde están yendo realmente o que los otros pretenden amedrentar y someter al ciudadano con leyes retrógradas y casi militares. Luego están los que siempre se han ido enriqueciendo en todos los desastres. El fascismo y el racismo han vuelto a asomarse con descaro en muchos países europeos. Me podría dar igual por el poco tiempo que me queda, pero justamente es la conciencia de ese poco tiempo lo que hace que me desespere todavía más. No entiendo cómo hemos podido volver otra vez a todo esto. No lo hablo con nadie, pero veo rezongar a los otros viejos cuando nos ponen los telediarios. Muchos de ellos también tuvieron que marcharse lejos para trabajar. Ahora ven cómo se tienen que marchar muchos de sus nietos.
Me gusta escribir estos pensamientos para ver si logro entender algo. No hay manera. Cuanto más escribo más me pierdo en caminos sin salida, aunque si sé con absoluta certeza que el único camino de salida que tenemos está en la educación y en las letras. Pero también quieren acabar con eso. Aquí no viene nadie a preguntarnos. Si vinieran les avisaríamos con tiempo. Nosotros tampoco fuimos a consultar a nuestros viejos. Nunca sucede nada de repente. Jamás. En ninguna parte.

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El sainete

Si yo viviera lejos de España y me asomara de vez en cuando a sus periódicos pensaría que este país es un sainete grotesco en el que cada día imputan a un banquero, a un político e incluso, para que la comedia parezca ya un vodevil con música de cámara, a uno de esos miembros intocables de la monarquía que se supone que no tenían necesidad de meter la mano en ninguna parte. La verdad es que todos los imputados que aparecen en los medios estos días tenían esta vida, y muchas más si pudieran resucitarse, resueltas; pero hay algunos humanos que ya metidos en la harina de la ambición no se detienen ni ante las leyes ni ante los titulares de los periódicos. Cómo va a ser España una marca de confianza en alguna parte si además lo que ofrecemos es la nacionalidad a cambio de que inviertan millones de euros en el país, y nos da lo mismo que esa guita venga del tráfico de armas o de la trata de blancas, lo único que se busca es más parné para poder continuar especulando y afanando. Y siguen ahí, imputación tras imputación, hasta que llegue un juez y los absuelva, o hasta que los acabe amnistiando algún Consejo de Ministros. O entran a la trena y salen por donde mismo entraron pagando lo que haya que pagar. No sé cuánto tiempo más va a durar este esperpéntico engaño. Incluso las mejores obras de teatro se acaban o terminan cansando al espectador que las ve muchas veces seguidas. En cualquier momento alguien empezará a lanzar los tomates. Forma parte de la trama de la historia, de la vida y del teatro. Los malos actores nunca logran engañar a nadie desde ningún escenario. Ellos creen que nos creemos sus patrañas y sus predicciones económicas; pero llega un momento en que se les ve hasta las costuras remendadas con eufemismos y con esa prepotencia del que ataca a diario para no ser atacado.